05/04/2021
Desde el año 1833 nuestras Islas Malvinas estuvieron ocupadas por los británicos y los reclamos Argentínos acerca de su soberanía sobre esas tierras nunca tuvieron éxito.
En el contexto del “Proceso de Re-organización Militar”, ejercido bajo un régimen dictatorial desde el Golpe de Estado de 1976, Argentina ocupó sus tierras usurpadas en las Islas Malvinas luego de vencer una débil resistencia británica el 2 de abril de 1982.
La reacción de Gran Bretaña no se hizo esperar. El 1 de Mayo las fuerzas británicas iniciaron el bombardeo aéreo y el 2 de Mayo, la Armada de ese país hundió el crucero General Belgrano. La guerra había comenzado.
Con el paso de los días comenzó a sentirse que nuestros soldados estaban siendo lastimados y que íbamos perdiendo. La mayor parte de nuestro ejército estaba formado por jóvenes inexpertos que, sin apoyo de tecnología bélica, fueron al frente y dejaron la vida en la lucha por la soberanía territorial.
A mediados de Junío, la tecnología de guerra y el entrenamiento de los soldados británicos junto con el apoyo de EEUU y la OTAN, hicieron que el desenvolvimiento de
Gran Bretaña fuera notablemente superior, obligando a Argentina a presentar su rendición el 14 de junio del mismo año.
Con el fin de la contienda llega también el fin de la dictadura militar.
La Guerra de Malvinas es una historia plagada de desventuras personales, errores políticos, ignorancia diplomática e improvisación militar. La historia de las Islas, es una historia de usurpación, de arrebato, pero, sobre todo, una herida abierta en el corazón de muchos argentinos, que murieron por defender ese suelo tan extraño y querido, para que flameara nuevamente allí nuestra bandera. Pero hoy, no queremos hacer un culto al territorio perdido sino recordar y conmemorar, en un acto de respeto y empatía, a todos los jóvenes soldados que
participaron de una guerra que, en medio de tanto conflicto, dejó dolor y heridas en una Argentina que es nuestra obligación construir.
La sumatoria de errores y horrores no logran empañar la entrega, abnegación y el valor de quienes entregaron con sacrificio sus vidas. Un reconocimiento al honor, que perdura por sobre las circunstancias y la temporalidad del hecho histórico.
Sin duda, la situación del país en aquella década merece ser analizada, estudiada y comprendida para que no vuelva a suceder.
Nosotros, que nacimos en democracia y dentro de sus instituciones, tenemos la consigna y la responsabilidad de transmitir los valores de la mísma como forma de promover la libertad y la igualdad entre todos los hermanos que formamos esta patria.
Probablemente haya muchas razones, y cada uno de nosotros tenga las propias, para tomar partido en una situación interna tan dolorosa del pasado, pero las heridas no tienen que servir para eso, sino que deben convocarnos a la obligación de hacernos cada vez más sólidos en los valores que queremos vivir.