22/09/2015
Era el año 2010 cuando pise por primera vez el acceso a Udaquiola, 4 kilómetros para llegar a la escuela primaria donde daría clases de Plástica, esos cuatro mil metros fueron los suficientes para saber que ese sería un lugar del cual no podría alejarme tan fácilmente, me enamore de ese lugar, de su gente, de los chicos, de sus caminos, de sus árboles; que mas podía pedir que un bello entorno donde trabajar. Una pequeña escuela, con un alrededor soñado, un tiempo detenido, una forma de hacer las cosas que te permitía poder escuchar, ver, sentir el silencio. Dos horas en la semana nunca serian suficientes, yo me quería quedar ahí respirando esa paz.
Un año después, entro una nueva directora, con muchas ganas de hacer cosas y una sonrisa que le salía del cuerpo, esa sonrisa que se mantuvo siempre, y que nos motivo tanto a nosotros los docentes como a los chicos, como a las familias, a la comunidad. Y es esa gente con la cual te resulta placentero trabajar, gente abierta, simple, de buen corazón, desinteresada, con vocación, con alma, con presencia, con una mirada alentadora, con tiempo para escuchar, con tiempo para todo (vos entendéis) y para todos.
Supongo que no es fácil ser un director, no es fácil ser la cabeza de una escuela, en una comunidad chica, donde todos los ojos están puestos en vos, pero a vos te sobro el coraje para hacerlo, orientando, conduciendo, posibilitando, confiando, iluminando, queriendo, consensuando, y destaco esto, porque hoy en día sobran los sellos pero falta el carisma, sobran los pañuelos en el cuello pero falta el dialogo, sobran los títulos y falta el consenso.
Afortunadamente te cruzaste en mi camino y en el de muchos, para enseñarme del compromiso, de humanidad, de esfuerzo, de comprensión, de justicia y por sobre todo aprender a sonreír todos los días, sé que es una palabra chiquita pero yo te quiero decir GRACIAS por poner el alma, la voy a extrañar. Besote ;)