04/05/2021
José, el aburrido
A pesar de contar varios años de mi vida, aún recibo a cientos de personas interesadas en conocer la fórmula secreta de José. Desde mi ventana pueden verse largas y ruidosas filas esperando por ingresar a mi morada. Es noticia que al abrirse las cortinas y cebar el primer mate, el viejo ya estaría listo para contar la historia de este gran amigo.
Luego de un eterno silencio, nuestro pacto llegó a su fin cuando su muerte aconteció. Aquello que con tenacidad ocultó durante su corta vida, podía parirse. En realidad, fue también parte del pacto. Me delegó la responsabilidad de comunicar al mundo, los resultados de su extraordinario experimento. Su asombroso trabajo merecía ser compartido con aquellos que padecieran de similar sufrimiento. Nunca comprendí los motivos por mantener el misterio mientras su corazón latiera.
Recuerdo la primera vez que me dijo:
- Antonio, ¿te das cuenta que día es hoy? Ya es lunes otra vez.
Así empezó todo. Luego siguió con el martes, miércoles, jueves, viernes, sábado y domingo. En ese tiempo, no lograban ocupar mi atención estos comentarios ya que José siempre fue un tipo medio filósofo. Todos conocíamos su capacidad para divagar con la inteligencia. Pero, pronto empezaron a preocuparme sus razonamientos.
- No puede ser que una semana atrás, estábamos sentados en esta misma mesa, pidiendo un cortado con medialuna, hablando de fútbol, saludando al salame de la mesa de la vidriera.
- Si José. Venimos todos los sábados a tomar el café. ¿No tenés más ganas de venir a este bar?
- No es eso. ¡Ya pasó una semana!
- Si, ¿cuál es el problema?
- ¡Qué pasó volando el tiempo! –mientras golpeaba la mesa desparramando el café, los escarbadientes y las monedas de propina para el mozo.
José sufría del vertiginoso síndrome de “el tiempo pasa muy rápido”, como él lo llamaba. Una sensación que se acrecentaba a un ritmo preocupante. Rápidamente comprendió lo que le pasaba y se dispuso a encontrar una solución. En una tarde de fútbol, comenzó a desarrollar su investigación y la vacuna correpondiente, al mismo tiempo. Durante todo el partido le gritó a nuestros delanteros que bajaran a defender y les prohibió volver al arco rival. Nos empujó hasta el área chica e impidió que salgamos de allí. No hicimos goles y tampoco nos convirtieron. Fue un cero a cero espantoso, aburridísimo. José se fue satisfecho, conforme con lo sucedido. La perplejidad del equipo se transformó en desánimo cuando los partidos siguientes contemplaron el mismo escenario.
Por las noches solía ver televisión. Esto no llamaría la atención de nadie, salvo por un detalle: no la encendía. Largas madrugadas de películas sin ver. Solo, frente a una pantalla mu**ta. También me di cuenta de que había comprado un reloj pulsera. Cada tres minutos lo miraba y decía: “no pasa más la hora”.
Los temas de nuestras charlas también cambiaron. Su habitual interés por los conflictos sociales, los cuestionamientos filosóficos y la búsqueda incansable de incertidumbre giraron hacia la información estadística y la conversión de las experiencias en números.
- Antonio, ¿sabés cuántas veces al día mastico comida?
- ¿Qué?
- ¡975 veces! De promedio por supuesto. ¡Sabías que una persona promedio va al baño 73 veces a la semana!
- Dejate de joder - Ya me tenía repodrido.
Las maravillosas y largas tardes de apasionadas charlas, se volvieron una verdadera porquería. El aburrimiento me invadió como gangrena, ante su insulsa presencia. El tiempo se congelaba ante cada palabra, gesto y conducta de José. Al ingresar a su casa sentía en mi interior una frenada como luego de ir a 200 kilómetros por hora. Pensé seriamente, en dejar de verlo, sin embargo,nuestra amistad era tan fuerte, que parecía imposible romperse.
Fue una mañana en el bar cuando, definitivamente, me di cuenta de lo que estaba sucediendo en la vida de José.
- Gabriel. - dirigiéndose al mozo-. Traeme un cortado. Que esté frío, con una medialuna salada.
Primera observación que hice de José: siempre pedía medialunas dulces. La segunda y más preocupante fue que pidió un cortado frío. Esto era muy grave. ¡Este tipo estaba derrapando! Lo miré y me dirigí a él como quien fuera a dar un discurso en un congreso de medicina:
- Es hora de hablar, de parar la pelota. No sé qué te pasa. O mejor dicho, sé que te molesta que el tiempo pase tan rápido pero me preocupa mucho los cambios que tuviste estos últimos meses.
- Si, Antonio. Estoy haciendo un experimento. Quiero enlentecer el tiempo. Y funciona, creeme que funciona. Estoy tan aburrido que no me pasa más la hora.
- ¡Pero pedirte un cortado frío! Te estás pasando de la raya.
Así fue que José se transformó en un ser soporífero y monótono. Nuestra amistad se fue apagando al igual que su apetencia por las cosas divertidas. Antes de que nos distanciáramos pactamos conservar el secreto. El rumor de una fórmula capaz de frenar el libre baile del tiempo, se instaló antes de su muerte. Mi empresa por revelar esta locura tenía un fin, diferente al de José. Me empeñé en contar su historia pero con algunos detalles previstos por mí. Todos sabrían que José murió de aburrimiento.
Emanuel Zanuzzi.