24/09/2026
Estreno de la Cinemateca UNL
El sábado 26 de octubre, a las 19 horas, en el Foro Cultural UNL, se estrenará No matar documental de Juan Villegas (2026, 225 minutos), con la presencia de su realizador.
Presentación a cargo de Raúl Beceyro
La película de Villegas, centrada en la violencia política en los 60 y 70, en la Argentina, ha suscitado polémica, y ahora tenemos la posibilidad de ver el film en Santa Fe.
No matar, 2026, 225 minutos
Dirección: Juan Villegas
Guión: Juan Villegas
Producción; Juan Villegas, Mariana Erijimovich
Dirección defotografía; Gaspar Chaves
Montaje: Miguel de Zuviría
Con: Sergio Bufano, Aldo Duzdevich, Delia Lozano, Emilio del Guercio
La polémica
Hugo Vezzetti (Intelectual)
Lo más destacable en el documental de Juan Villegas es que se propone hacer coexistir memorias que casi nunca se han encontrado, la de la guerrilla y la de sus víctimas. Pero no hay diálogo, y quizá no era posible que lo hubiera. En lo central del ensayo fílmico está el contraste de esas memorias. De un lado, testimonios más o menos ajustados a un género político establecido a lo largo de siglo XX, la autocrítica, aportados por ex combatientes que incluso (como Sergio Bufano y Aldo Duzdevich), han dado forma escrita a su experiencia. Es una intervención que entronca con la larga discusión, abierta a la salida de la dictadura, sobre las condiciones, la justificación y las responsabilidades de la violencia revolucionaria. Por supuesto, no todo es político en esa palabra y, sobre todo en lo que cuenta Bufano, emerge una evocación más personal, vivida, de esos años.
Del otro lado, incluso con una nítida separación en los tiempos y las secuencias del film, se presentan memorias más privadas, individuales o familiares, de allegados directos de víctimas civiles de la guerrilla, una memoria sostenida sobre todo en la pérdida y en un duelo que no termina. Hay un tópico central que está ausente en lo explícito de la palabra de esos testigos y en la propia película, y que emerge de modo casi inevitable en el espectador: la memoria de las víctimas consagradas, las producidas por el terrorismo de estado, reconocidas públicamente, incluso en la escena de la justicia.
Albertina Carri (Cineasta)
Hace poco, dando clases en una escuela de cine, una joven directora me describió su próximo trabajo: un cortometraje de quince minutos realizado con nueve planos abiertos, dentro de los cuales pasaba poco y nada. Entonces le dije: «Ah, querés hacer una película aburrida». Lo negó con ahínco y toda la clase derivó en una conversación sobre la necesidad de conocer nuestras intenciones con respecto a esos otros que recibirán nuestras especulaciones sobre sus cuerpos. Me refiero a las y los espectadores. Y también en mi insistencia en que no está nada mal hacer una película aburrida; por el contrario, querer aburrir me parece una actitud de gran nobleza. En el aburrimiento surgen pensamientos y deseos que, en la sobreexcitación que generan otras emociones, no tendrían lugar. Además, no creo que el cine deba emocionar, como dicen muchos, ni tampoco que deba provocar emociones violentas como el asco, la rabia o la indignación, aunque también sean posibles. No creo que el cine «deba» algo, porque es un medio y un lenguaje lo suficientemente abierto como para darse incluso el lujo de aburrir.
¿Habrá sido esa, tal vez, la intención del equipo de No matar? ¿Será esa su operación política al mostrarnos testimonios sin ton ni son, sin relación argumental, sin tensión narrativa, sin ilación histórica ni formal, y ni siquiera reflexiva? ¿Nos aburren para que surjan en nosotras nuevos sentimientos de justicia? ¿O será este aparato propagandístico un intento de hacer una Shoah latinoamericana con un puñado de víctimas y un puñado de arrepentidos? No queda claro por qué este reducido equipo de tareas —audiovisuales, en este caso— nos invitó a una velada de aburrimiento tan total. No se entiende por qué, teniendo ese archivo impresionante de aquel mítico programa del polemista de derecha Grondona (casi el único momento de feliz tensión que presenta este panfleto), la película nunca se hace cargo de lo que significa un archivo en la construcción de la memoria colectiva. Y no se hace cargo hasta el punto de que no resulta claro si advierte que la película misma ya es un archivo de esta época tan poco elegante como poco ilustrada. Una obra digna de su época, que los cineastas del futuro podrán usar para dar cuenta de un tiempo que tiene más de cosplay y de chorreo que de ideología partidaria. Aunque detrás de la aparente no ideología hay una importante fuente epistemológica que alienta a este gobierno y que, aparentemente, también alienta a estos cineastas al trote: los mercados. La oportunidad de fundar esta nueva colonia por la que las élites económicas vienen derramando sangre desde que a este país lo llamaron banalmente república.
Nicolás Prividera, cineasta.
Si esta película se hubiera presentado hace diez años en el Bafici, habría sido una más de las que por entonces se escudaban en ser expresión de una verdad silenciada. (…) Estrenada poco después de cumplirse cincuenta años desde el inicio de la última dictadura, en el contexto de un gobierno que ha hecho del tema parte de su “batalla cultural”, la módica provocación ha devenido Historia oficial. De hecho no difiere demasiado del “largometraje” realizado por el funcionario Santiago Oría como comunicación de la presidencia, publicitada el 24 de marzo de este mismo año. Esa pieza sólo llamó la atención por su desacostumbrada duración, y lo mismo hace No matar con sus casi cuatro horas: Oría presentó dos testimonios que apenas simulan el mismo punto de vista. Villegas apela a algunos más con la misma falsa diversidad y parecido resultado.
Contesta Juan Villegas, director de No matar
Hay una regla no escrita: un director no debería responder a las críticas negativas. Siempre estuve de acuerdo, como crítico y como director. Me parecía que una película debía defenderse sola; que el trabajo del crítico es, entre otras cosas, el de opinar, a veces a favor y a veces en contra, y que el que se anima a hacer una película debe aguantar lo que venga.
Había decidido no contestar siguiendo esa regla y mi convicción. Pero sentía que necesitaba hablar. Si algo aprendí con No matar es que, si uno necesita decir algo, tiene que decirlo: es lo que explica Delia Lozano en la película, pero sobre todo lo que me empujó a hacerla. Pero además me di cuenta de que esta película no puede hablar sola. El contexto de críticas desfavorables que cuestionan la mera existencia de la película, aunque a veces simulan que están cuestionando su forma, me obliga a convertirla en una película abierta, que se siga explicando incluso a través de esas impugnaciones, pero también desde lo que yo pueda decir para defenderla.