05/06/2015
Estaremos en el Instituto de Formación Docente con Enzo Mottura
Adelanto un texto escrito por él.
Un escritor nuestro. Para reflexionar en profundidad desde la simplicidad
Adaptaciones
por Enzo Mottura, San Luis, librería Babel
(Monologo basado en la obra de teatro “Historia del Hombre que se Convirtió en Perro” de Osvaldo Dragún. En esta oportunidad quien personifica el monologo es una mujer embarazada)
Y se fue… corriendo se fue, corriendo en cuatro patas se fue; porque claro a esa altura ya no podía pararse, le dolía la cintura si se paraba. La gente lo miraba de una manera, como si fuera un bicho raro. Y bueno… un poco lo era también, pobrecito.
Todo comenzó de la manera más más corriente: hacia un mes que estaba desempleado y un día se decidió a salir, y buscar trabajo.
El primer día fue hasta un banco, con el estudio que tenía hasta podía ser gerente, pero le dijeron que no, que ya había. Entonces para sub-gerente, pero igual: ya había. Bueno, como tesorero podría andar también. Pero no. Ese era un asunto muy delicado y no iban a poner un desconocido: ¡fíjese! Como cajero, de última. Menos, si cajeros son los que sobran.
Ese día volvió, como quien dice, con el rabo entre las piernas. Pero no, todavía no, eso fue después.
Al día siguiente salió de nuevo, a una compañía aseguradora fue, y hasta le pidieron el número de teléfono, y le dijeron que cualquier cosa lo llamaban pero que no era nada seguro. Entienden, justamente, de una aseguradora. Días se pasó el pobre en el sillón al lado del teléfono, esperando, ¡pero nada!
--esto no puede seguir así, le dije, tenés que hacer algo. Nos van a echar de la casa.
Y él se decidió otra vez y fue hasta una fábrica. De lejos me conto que veía un cartel enorme: NO HAY VACANTES. Pero él entro igual. Tan resignado estaba que debió darles lastima, pobrecito, porque trabajo le dieron. Ese día volvió contentísimo, como perro con dos colas, como quien dice.
--¿y cuál es el trabajo? , le pregunte en la cena, ¿administrador?
--No
--Capataz
-- No
--¿entonces?
--De perro del sereno
--¡¿De perro del sereno?! Yo ya sabía que nada bueno podía salir de esto.
--¡Pero son 150 al mes y tengo la cucha del otro perro, y además la comida!
Aunque la comida, en verdad era puro hueso. Yo me mude a una pensión y entre una cosa y otra pasó un mes, pobrecito, a todo se acostumbra el hombre. Y de esa manera se me fue aperrando, como quien dice.
--esto no puede seguir así, le dije un día que vino y en vez de besarme me lamio la cara. ¡Tenés que hacer algo!
Y él fue y pidió el puesto de uno que se había jubilado. Pero no. Iban a cerrar esa sección. Y pasó otro mes y fue a pedir el puesto de otro que se había mu**to. Pero tampoco. Estaban haciendo recorte de gastos por la economía. Y pasó otro mes más y fue a pedir el puesto de alguno de esos que echaron por la huelga. Pero menos. Esos trabajos iban a quedar vacantes, como castigo.
Y así se me siguió aperrando, pobrecito.
Venía a verme a la pensión todas las mañanas y después se acostaba en su cucha, como a él le gustaba decirle. Se lo veía tan tranquilo cuando dormía.
Pero en el último tiempo ya estaba fatal: perseguía al cartero, le ladraba a los vecinos; yo creo que el sereno lo maltrataba porque varias veces le vi moretones en el lomo.
La gota que rebalso el vaso fue cuando en la pensión pusieron un cartel que decía: “En esta casa de bien no se permite la entrada, ni permanencia, de cualquier animal doméstico y/o salvaje”. Las palabras permanencian, animal y salvaje estaban subrayadas ¡con rojo!, yo no tengo mucho estudio pero entendí enseguida. Encima en este estado.
--Esto no puede seguir así, me dije, algo tengo que hacer.
Y lo lleve al veterinario: ¡Rabia!, me dijo, no puede ser otra cosa más que rabia. ¡Hay que vacunarlo!
Pero cuando él vio la aguja se puso como loco, propiamente rabioso, como quien dice. Y salió corriendo. Corriendo en cuatro patas se fue, porque –claro- ya no podía pararse.
Dicen que mordió a un hombre en la esquina y que se lo llevó la perrera porque no tenía collar, pero a esta altura ya no sé qué creer. Y encima en este estado me da un miedo terrible que no puedo ni dormir, porque para bien o para mal él es el padre de la criatura que llevo en mi vientre, y por eso tengo miedo, mucho miedo, de que también se convierta en un… perro.