16/04/2014
Ayer editamos el folleto informativo N° 111. En este hacemos referencia a dos fechas que se conmemoran durante el mes de abril. Y que a primera vista podrían parecer no tener relación entre sí: el día de la Madre Tierra y el accidente de Chernobyl. No obstante, esto no es tan así.
Según el calendario ambiental de la Secretaría de Ambiente y Desarrollo Sustentable de la Nación, en abril se conmemoran, entre otras fechas, el Día Internacional de la Madre Tierra y el aniversario de la explosión de Chernóbil, el 22 y 26 de este mes respectivamente.
Con el día de la Madre Tierra se trata de generar conciencia sobre diferentes problemas, como contaminación, biodiversidad, pérdida de recursos, y otras cuestiones relacionadas con el medioambiente.
La ONU (Organización de Naciones Unidas) plantea que la Tierra y sus ecosistemas son el hogar de la humanidad. Y plantea que está convencida que para alcanzar una equilibrio justo entre las necesidades económicas, sociales y ambientales de la generaciones presentes y futuras es necesario promover la armonía, con la naturaleza y el planeta, pero ahora.
Resaltando la necesidad de promover esa armonía, en 2009 la Asamblea General de la ONU designó el 22 de abril como Día Internacional del la Madre Tierra. La Asamblea reconoció que el de “Madre Tierra” es un concepto común en varios países y regiones. Este refleja la interdependencia que existe entre los seres humanos, otras especies y nuestro planeta.
Hace varias décadas que se conmemora esta fecha, con distintos nombres, pero no parece haber cambiado la postura de la mayor parte de la población. Ni de la ONU ni de los países que la integran, particularmente los más poderosos, que son también los que mayores daños causan mediante guerras, alteración y destrucción de ecosistemas, etc. Seguimos consumiendo recursos y energía, degradando al mismo tiempo el planeta, a niveles siempre crecientes.
Y como ejemplo de esto tenemos la segunda fecha que rescatamos del calendario ambiental: La explosión de Chernobyl.
Chernobyl es una ciudad de Ucrania, queda en el este de Europa. En 1986 formaba parte de la URSS. Por entonces una de las dos superpotencias, junto con USA, que dominaban en el mundo. A 18 km de esta ciudad se encontraba en funcionamiento la central nuclear Vladimir Ilich Lenin. El 26 de abril de 1986 se desató uno de los peores accidentes nucleares de la historia, y también un terrible desastre medioambiental.
Entre el 25 y el 26 de abril, operarios de la planta hicieron una prueba que pretendía mejorar la seguridad del reactor. Simularon un corte del suministro eléctrico. Un aumento súbito de potencia en el reactor 4 sobrecalentó su núcleo. El calor a su vez provocó que el hidrógeno contenido en su interior explotara. El proceso fue bastante más complejo que esto que te contamos, pero provocó la liberación de sustancias radiactivas muy tóxicas (dióxido de uranio, carburo de boro, oxido de europio, etc. Se estimó que la cantidad de material liberado fue hasta 500 veces más grande que el de la explosión atómica de Hiroshima, en 1945.
La explosión del reactor provocó la muerte directa de 31 personas. El gobierno de la Unión Soviética tuvo que evacuar cerca de 116000 personas. La radiactividad liberada al aire viajó por la atmósfera y fue detectada en 13 países europeos.
Las tareas de descontaminación y limpieza posteriores demandaron cerca de 600000 operarios. Se cerró un área de 30 km alrededor de la central, que aun sigue aislada. Gracias a los trabajos de esta gente se evitó, entre otras cosas, una segunda explosión que podría haber afectado seriamente a toda Europa.
Después de muchas negociaciones con el gobierno la comunidad internacional pagó los gastos del cierre definitivo de la central, completado recién en diciembre de 2000. Posteriormente se construyó un sarcófago para evitar escapes del material interior del reactor. Como los agentes atmosféricos y el propio material actúan, los trabajos de mantenimiento deberán ser constantes, probablemente, por los próximos milenios.
Acá vale la pena hacer un alto. Después del accidente se buscaron culpables. Seguramente hubo algún responsable técnico, o político, del error humano. Pero también podemos hilar más fino. Casi nadie se preguntó qué función cumplía esta planta: generaba grandes cantidades de energía eléctrica, que inmediatamente era consumida, a muy bajo costo. Es decir, uno de los principales culpables de este tipo de accidentes es la propia sociedad, que consume cada vez mayores porciones de energía y recursos, sin preocuparse por la vieja “Pacha Mama”. Más allá de los discursos, despilfarramos sin ningún cuidado. Sin embargo, ninguna persona va a sugerir que está a favor de la contaminación o la pérdida de biodiversidad. Vivimos en sociedades en las cuales el concepto de Madre Tierra está cada vez más lejano, significa cosas que nos cuestan entender. Gran parte del problema pasa por ahí. Repensar esta postura seguramente ayudaría a disminuir los problemas ambientales.
Estamos en un momento interesante de nuestra historia. Hoy la sociedad en general tiene un fuerte doble discurso: por un lado sabemos que necesitamos ahorrar energía, mantener biodiversidad, conservar recursos, contaminar menos. Pero esperamos (y exigimos) que otro lo haga por nosotros. Casi todos queremos consumir cada vez más, permanentemente eliminamos seres vivos por comodidad o conveniencias productivas, y generamos cantidades siempre crecientes de residuos.
No nos reconocemos como responsables de gran parte de los problemas actuales. Solemos adjudicar los desastres a problemas técnicos políticos o naturales, ajenos totalmente a nosotros. En 1986 fue Chernobyl, en 2011 Fukujima, en Japón. En abril del año 2010 se hundió la plataforma petrolera Deepwater Horizon, en el golfo de México, generando uno de los peores desastres petroleros de la humanidad. La lista de accidentes es muy larga. La inmensa mayoría fue en instalaciones energéticas, destinadas a producir en grandes cantidades y a bajos costos.
Continuamente los medios nos bombardean con mensajes de “salvemos el planeta”, campañas momentáneas de apagones o actos simbólicos a favor del ambiente. Estos parten de un supuesto falso. En realidad el mundo no necesita que lo salvemos. La biósfera es un sistema en funcionamiento desde hace millones de años, mucho antes que apareciéramos como especie.
Muchos seres vivos sobrevivirán en el planeta pese a cualquier acto que hagamos los humanos. Tenemos que dejar de afectar el ambiente, no por los demás, sino, porque, de seguir así, los que no se van a poder adaptar a las nuevas condiciones vamos a ser nosotros, los humanos. La biósfera seguirá su camino.
Debemos convencernos de la necesidad de utilizar racionalmente nuestras fuentes de energía. Y empezar a hacerlo. Todo el mundo sabe de lo inconveniente de una sociedad basada en el consumo de combustibles fósiles, no renovables y que se agotarán en algún momento. Tenemos que actuar en consecuencia.
Una sociedad que desprecia el ahorro de energía es inviable. Para el aprovechamiento de cualquier fuente de energía se necesitan recursos. Derrocharla se traduce, inevitablemente en un derroche de recursos.
Necesitamos cambiar los hábitos de consumo, ser más responsables y racionales con nuestras costumbres, ahorrar energía, no despilfarrar recursos. Los conceptos conservacionistas que parecen descubrir los modernos ecologistas, en realidad han sido planteados desde hace siglos por diferentes culturas.
La Pachamama de los antiguos incas resume claramente los postulados conservacionistas modernos. Sin embargo, seguimos produciendo desastres como el de Chernobyl.
José Luis Ponti
Ingeniero Forestal