Taller Literario Andés, Rosario

Taller Literario Andés, Rosario

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Vamos¡ conocé Pasaje "PAM"¡ te esperan las palabras Feng Shui, Reiki, ¿cómo olvidar esos nombres?

Fue una iniciativa personal allá por 1996,dejé las horas cátedras, me dediqué a Capacitaciones e proviincias del norte. Compartí con una gran pintora rosarina y después la casona de Paraguay 914 cobijó mi proyecto educativo con gente maravillosa .Profesores de Inglés ,Francés ,Portugués, Italiano,Matemática, Decoración de Interiores. Andrea García, Carlos Ponce, Paula Torres, Alejandra, Natalia Lo

Photos from Taller Literario Andés, Rosario's post 19/02/2017

TALLER LITERARIO “Andés” ¡te espera!
Desde el 15 de enero funciona los lunes de 18 a 20,30.
¿Qué esperas para iniciar?
Coordina: CRIS LESCANO
Planta Alta oficina 16. Pasaje PAN

Córdoba 954/ Santa Fe 955
153555413

Photos from Taller Literario Andés, Rosario's post 15/02/2017

TALLER LITERARIO "ANDÉS"

DONDE "VUELAN LAS PALABRAS"
COORDINA: CRIS LESCANO . ESCRITORA
CÓRDOBA 954 / SANTA FE 955
TALLER LITERARIO “Andés” te espera
Proponé un autor o varios para armar un curso
De ESCRITURA y COMPRENSIÓN TEXTUAL

Photos from Taller Literario Andés, Rosario's post 07/02/2017

Tzvetan Todorov
1 de marzo de 1939 Sofía, Sofía-Ciudad, Bulgaria
7 de febrero de 2017 París, Francia

Tzvetan Todorov: Profesor, filósofo, lingüista, historiador y crítico literario francés de origen búlgaro, autor de "Literatura y significación" (1967), "Introducción a la literatura fantástica" (1970), "La conquista de América" (1982), "Nosotros y los otros" (1989) y "El miedo a los bárbaros" (2008).
Comprender al enemigo quiere decir también descubrir en qué nos parecemos a él.
La literatura es la mejor mirada posible para la comprensión de la condición humana.
¿Cómo saber que una cosa es diferente a todas las demás si nunca se la ha comparado con nada?
Cuando uno atribuye todos los errores a los otros y se cree irreprochable está preparando el retorno de la violencia.
Las sociedades están hechas de grupos con intereses contradictorios y no se puede satisfacer a todos al mismo tiempo...
Hoy en día la democracia tiene mucho más que temer de las perversiones o desvíos del proyecto democrático que vienen del interior.
El juicio equitativo es aquel que tiene en cuenta el contexto en el que se produce un acontecimiento, sus antecedentes y sus consecuencias.
La inmensa mayoría de los crímenes colectivos fueron cometidos siempre en nombre del bien...Las causas nobles no disculpan los actos innobles.
Las afirmaciones hechas durante una campaña política no tienen como objetivo la búsqueda de la verdad, sino contribuir a la conquista del poder.
La tortura es algo tan vergonzoso, pero es aún peor si se convierte en la política oficial de una democracia. Es una contradicción y es inaceptable.
Lo fantástico es la vacilación experimentada por un ser que no conoce más que las leyes naturales, frente a un acontecimiento aparentemente sobrenatural.
Las sociedades esclavistas y los regímenes totalitarios, que institucionalizan la desigualdad entre los seres humanos, merecen ser condenados estén donde estén.

Photos from Taller Literario Andés, Rosario's post 15/01/2017

El decálogo Juan Carlos Onetti
I. No busquen ser originales. El ser distinto es inevitable cuando uno no se preocupa de serlo.
II. No intenten deslumbrar al burgués. Ya no resulta. Este solo se asusta cuando le amenazan el bolsillo.
III. No traten de complicar al lector, ni buscar ni reclamar su ayuda.
IV. No escriban jamás pensando en la crítica, en los amigos o parientes, en la dulce novia o esposa. Ni siquiera en el lector hipotético.
V. No sacrifiquen la sinceridad literaria a nada. Ni a la política ni al triunfo. Escriban siempre para ese otro, silencioso e implacable, que llevamos dentro y no es posible engañar.
VI. No sigan modas, abjuren del maestro sagrado antes del tercer canto del gallo.
VII. No se limiten a leer los libros ya consagrados. Proust y Joyce fueron despreciados cuando asomaron la nariz, hoy son genios.
VIII. No olviden la frase, justamente famosa: 2 más dos son cuatro; pero ¿y si fueran 5?
IX. No desdeñen temas con extraña narrativa, cualquiera sea su origen. Roben si es necesario.
X. Mientan siempre.
XI. No olviden que Hemingway escribió: “Incluso di lecturas de los trozos ya listos de mi novela, que viene a ser lo más bajo en que un escritor puede caer.”

Photos 13/01/2017

Taller Literario "Andés" te espera el lunes 16 de este mes . A leer, compartir, soñar la palabra y la libertad creadora!!!! De 18 a 20,30

Photos from Taller Literario Andés, Rosario's post 09/01/2017

Te espero!!!!!

Photos from Taller Literario Andés, Rosario's post 09/01/2017

ESTRATEGIAS DE ESTUDIO: estudiá con tiempo y buena guía. Te esperamos en Planta Alta Oficina 16. Pasaje PAN

Photos from Taller Literario Andés, Rosario's post 09/01/2017

En MARZO INICIO DE taller PINTURA para niños y jóvenes!!!!

Photos from Taller Literario Andés, Rosario's post 06/01/2017

En el umbral
[…] Mi abuelo, dijo Renzi, abandonó el campo y vino a vivir con nosotros a Adrogué cuando murió mi abuela Rosa. Dejó sin cambiar la hoja del almanaque en el 3 de febrero de 1943, como si el tiempo se hubiera detenido la tarde de la muerte. Y el aterrador calendario, con el bloc de los números fijo en esa fecha, estuvo en casa durante años.
Vivíamos en una zona tranquila, cerca de la estación de ferrocarril, y cada media hora pasaban ante nosotros los pasajeros que habían llegado en el tren de la capital. Y yo estaba ahí, en el umbral, haciéndome ver, cuando de pronto una larga sombra se inclinó y me dijo que tenía el libro al revés.
Pienso que debe haber sido Borges, se divertía Renzi esa tarde en el bar de Arenales y Riobamba. En ese entonces solía pasar los veranos en el Hotel Las Delicias, porque ¿a quién sino al viejo Borges se le puede ocurrir hacerle esa advertencia a un chico de tres años?
¿Cómo se convierte alguien en escritor, o es convertido en escritor? No es una vocación, a quién se le ocurre, no es una decisión tampoco, se parece más bien a una manía, un hábito, una adicción, si uno deja de hacerlo se siente peor, pero tener que hacerlo es ridículo, y al final se convierte en un modo de vivir (como cualquier otro).

La experiencia, se había dado cuenta, es una multiplicación microscópica de pequeños acontecimientos que se repiten y se expanden, sin conexión, dispersos, en fuga. Su vida, había comprendido ahora, estaba dividida en secuencias lineales, series abiertas que se remontaban al pasado remoto: incidentes mínimos, estar solo en un cuarto de hotel, ver su cara en un fotomatón, subir a un taxi, besar a una mujer, levantar la vista de la página y mirar por la ventana, ¿cuántas veces? Esos gestos formaban una red fluida, dibujaban un recorrido —y dibujó en una servilleta un mapa con círculos y cruces—, así sería el trayecto de mi vida, digamos, dijo. La insistencia de los temas, de los lugares, de las situaciones es lo que quiero —hablando figuradamente— interpretar. Como un pianista que improvisa sobre un frágil estándar, variaciones, cambios de ritmo, armonías de una música olvidada, dijo, y se acomodó en la silla.
Podría por ejemplo contar mi vida a partir de la repetición de las conversaciones con mis amigos en un bar. (...)
Su vida se podría narrar siguiendo esa secuencia o cualquier otra parecida. Las películas que había visto, con quién estaba, qué hizo al salir del cine; tenía todo registrado de un modo obsesivo, incomprensible e id**ta, en detalladas descripciones fechadas, con su trabajosa letra manuscrita: estaba todo anotado en lo que ahora había decidido llamar sus archivos, las mujeres con las que había vivido o con las que había pasado una noche (o una semana), las clases que había dictado, las llamadas telefónicas de larga distancia, notaciones, signos, ¿no era increíble? Sus hábitos, sus vicios, sus propias palabras. Nada de vida interior, sólo hechos, acciones, lugares, circunstancias que repetidas creaban la ilusión de una vida. Una acción —un gesto— que insiste y reaparece y dice más que todo lo que yo pueda decir de mí mismo. […]
1957-1958 (Primer diario)
Miércoles
Nos vamos pasado mañana. Decidí no despedirme de nadie. Despedirse de la gente me parece ridículo. Se saluda al que llega, no al que se deja de ver. Gané al billar, hice dos tacadas de nueve. Nunca había jugado tan bien. (...)
1960 / Lunes 18
No tengo interés en registrar mi vida cotidiana, mis actividades y las clases a las que asisto. Siempre he pensado que estos cuadernos tenían que ser la historia del espíritu absoluto de un individuo cualquiera. Espíritu porque lo que importa existe fuera de la materialidad inmediata, porque así es mi decisión de convertirme en un escritor.
1965 / Viernes
Nos interesa la literatura norteamericana porque permite ver cómo grandes artistas (Salinger, F. O’Connor, Truman Capote, Carson McCullers) son también populares. Único caso en la literatura contemporánea. Hay dos motivos, creo. La amplitud del sistema de enseñanza, que pone obras en la lista de lectura obligatoria, y una industria literaria muy desarrollada. El segundo motivo es la gran tradición narrativa que logra incorporar la experimentación formal a la tradición novelesca.
¿Cómo se convierte alguien en escritor, o es convertido en escritor? No es una vocación, a quién se le ocurre, no es una decisión tampoco, se parece más bien a una manía
La imposibilidad de aceptar la convención, el agudo sentido del ridículo que me obliga a escucharme cuando hablo “intencionalmente”, desbarajusta mis posibilidades de asumir el matiz estilístico. Llamar a una mujer por teléfono supone un modo fundado en ciertas pautas que no se pueden nombrar y están sobrentendidas. Recién H. dijo “que descansen bien” y yo esperé inútilmente su risa del otro lado. Pero ella hablaba en serio… Como la vez que le dije a Elena “la princesa está triste” en el mejor estilo irónico y antirromántico y ella se lo tomó en serio y me dijo: “¿Cómo te diste cuenta?”.
Nota. Un lenguaje es un sistema arbitrario por medio del cual actúan entre sí los mismos miembros de una comunidad y así aprenden un determinado modo de vida. La realidad tal como la conocemos está condicionada por la categoría gramatical y sintáctica del lenguaje que usamos (decide el orden, la continuidad, los tiempos verbales, es decir, la conciencia de la distinción entre presente, pasado y futuro). La gramática ordena el orden del mundo y propone una morfología (que se ocupa de la estructura de las palabras) y una sintaxis (que se ocupa de la manera en que las palabras se combinan en oraciones y en frases).
Viernes
Anoche me emborraché, sin enterarme. Lo supe hoy a la mañana cuando me desperté con una mujer desconocida en la cama. “Hola, precioso”, me dijo, y yo la miré (era rubia de ojos claros y tetas grandes) y le pregunté: “¿Vos de dónde eras…?”. Se ofendió y se fue, de modo que no pude saber cómo se llamaba. Tengo recuerdos fugaces, el taxi o el ascensor, la almohada. El resto es silencio. Los recuerdos se borraron como si estuvieran escritos con lágrimas.
Hace un rato, caminando por la recova en el Bajo desde plaza de Mayo a Viamonte, hablando solo, volví a estar seguro de todo, convencido como antes de mi futuro y de la estrella que me protegía, y era feliz y ciego.
No hay procedimiento narrativo que no sea artificial, es decir, que no se le imponga al lenguaje cotidiano como un uso inusual. Por eso me sorprendió la declaración de Germán Rozenmacher cuando dijo que narrar en presente era artificial, quiso decir afectado, y sin embargo las personas que uno oye en la calle usan el presente como base de la conversación. “Entonces me dice… y yo le digo… y él me dice”, un modo bastante “natural” de contar la propia vida.
(Sobre lo mismo). Un hombre que, para vencer el pasado de su mujer, la deja y se convierte él mismo en pasado para ella. Un pasado más novedoso o más valioso que el anterior (del cual él estaba celoso). Porque en el amor sólo importa el presente, que es el tiempo de la pura pasión, aunque en ciertas circunstancias el presente nos interesa por lo menos para destruir el ardor del pasado que él imagina (por ejemplo Otelo). Entonces es necesario dar el salto, dejar el presente, entrar en el pasado para estar en igualdad de condiciones. Como quien entra en una pieza alta desde la que lo insultan impunemente y puede por fin ver la cara de sus enemigos. Ése es el momento en el que Otelo ahoga a Desdémona con una almohada blanca, para no oír los gritos que llegan de la pieza vecina (en su cabeza).
Es necesario insistir: la evasión (por ejemplo la literatura de evasión) no es en sí misma un defecto o una virtud. Todo depende de cómo volvamos de la evasión: si más fortalecidos para nuestra actitud frente al mundo o más deteriorados y desin­tegrados para nuestra vida. […]
Viernes 31 de diciembre
Releer mis cuadernos es una experiencia novedosa, quizá se puede extraer, de esa lectura, un relato. Todo el tiempo me asombro, como si yo fuera otro (y es lo que soy).
Es impresionante comprobar que yo decidí mi destino ciegamente en esos años (1958-1959), aquí en este cuarto con una ventana que da las ramas del jacarandá plantado, antes de que yo naciera, en la vereda. Impresionante recordar ya que hablamos del destino- la importancia de la casualidad.
1966
Todo lo que soy está ahí
Miércoles 19
Paso la noche sin dormir, recurro, parece ser, al insomnio: he sido inmune toda mi vida a perder el sueño. No recuerdo otra noche como la de anoche. Pensé que viajaba en un tren de larga distancia, me había instalado en la cucheta de arriba del camarote personal en el que yo me disponía a pasar una semana. La sensación de la marcha, el sonido de los rieles y la luz de los pueblos desiertos que cruzábamos velozmente me hicieron dormir cerca de la madrugada. La duermevela, la etapa inmediatamente previa al sueño, tiene un aire onírico, y sin embargo somos nosotros quienes imaginamos lo que vemos. Estuve también parte de la noche urdiendo dedicatorias del libro que todavía no publiqué ni terminé de escribir. ¿No hay, en esas imágenes en las que uno entrega personalmente un libro que ha escrito a un amigo —o a alguien— y le firma un ejemplar luego de escribir una frase, un remoto sentido de la literatura? Escribimos siempre para personas concretas y se podría escribir un ensayo sobre el sentido de las dedicatorias.
La loca lucidez de las cinco de la mañana, después del largo encuentro con Ramón T. tomando ginebra. Él quiere convencerme de que continúe con la revista Literatura y Sociedad. Tiene una noción clara de lo que se debe hacer, ya que está dedicado a construir lo que él llama “la situación revolucionaria”. Una revista literaria o el asalto a un cuartel tienen para él la misma función, siempre que haya alguien que sea capaz de conectar un hecho con el otro. En un sentido es un clásico pensamiento paranoico. Como los locos, los revolucionarios profesionales están convencidos de que “todo tiene que ver con todo”. Anoto una de las dedicatorias que se me ocurrió en la noche. A Lucía, culpable del 87% de este libro. (Me gusta incluir una cifra en una dedicatoria). Salí del insomnio con los ojos vendados y una certidumbre: no puedo aceptar haber decidido perder a Inés. Pero hoy, me dijo ella, uno puede liberarse mecánicamente de este cuerpo escindido. En una época, dijo, en la que existen los excitantes y los sedantes, es inconcebible tener p***s de amor que duren más de seis horas. Estaba sonriendo, joven y bella, cuando siguió anunciando cínicamente las verdades del mundo y dijo: “En una época en la que existen las cirugías estéticas y los institutos de belleza, es insensato que vos prefieras una mujer a otra. En una época”, agregó, “en la que existen las píldoras anticonceptivas y la inseminación artificial, no es posible transmitir todavía nuestras taras, nuestras angustias y nuestra fealdad a hijos propios o ajenos”. Se inclinó sobre la mesa y me preguntó si yo no estaba de acuerdo. […]
Miércoles 2 de noviembre
Desde hace un tiempo vivo precariamente, con cien pesos por día, muy poca plata, siempre tengo una leve inquietud producida por el hambre. Pero nunca pienso en el futuro, no me importa la economía si sé que voy a trabajar toda la noche.
1967
Jueves 2 de noviembre
Sobre Guevara. La conmoción por su muerte está disolviendo las razones que lo llevaron hasta ahí. Sus críticas a los soviéticos y, por lo tanto, a ciertas líneas de la revolución cubana lo decidieron a renunciar a sus cargos y volver otra vez a la lucha [...]
Miércoles 13
Trabajos por hacer, cuestiones varias. Plan de la novela. Antología norteamericana y latinoamericana. Serie en Editorial Estuario. Proyectos en Editorial Tiempo Contemporáneo. Me gano la vida como editor, o mejor dicho, como director de colecciones, es decir, soy un lector profesional [...]
Canto rodado
Las historias proliferan en mi familia, dijo Renzi. Se cuentan las mismas una y otra vez, y al contarlas y al repetirlas mejoran, se pulen igual que el canto rodado que el agua cultiva en el fondo de los ríos. Alguien canta y su canto va rodando de un lado a otro durante años.
Los diarios de Emilio Renzi. Años de formación. Ricardo Piglia. Anagrama. Barcelona, 2015. 360 páginas.

Photos from Taller Literario Andés, Rosario's post 05/01/2017

El extraño H. P. Lovecraft
Infeliz es aquel a quien sus recuerdos infantiles sólo traen miedo y tristeza. Desgraciado aquel que vuelve la mirada hacia horas solitarias en bastos y lúgubres recintos de cortinados marrones y alucinantes hileras de antiguos volúmenes, o hacia pavorosas vigilias a la sombra de árboles descomunales y grotescos, cargados de enredaderas, que agitan silenciosamente en las alturas sus ramas retorcidas. Tal es lo que los dioses me destinaron… a mí, el aturdido, el frustrado, el estéril, el arruinado; sin embargo, me siento extrañamente satisfecho y me aferro con desesperación a esos recuerdos marchitos cada vez que mi mente amenaza con ir más allá, hacia el otro.
No sé dónde nací, salvo que el castillo era infinitamente horrible, lleno de pasadizos oscuros y con altos cielos rasos donde la mirada sólo hallaba telarañas y sombras. Las piedras de los agrietados corredores estaban siempre odiosamente húmedas y por doquier se percibía un olor ma***to, como de pilas de cadáveres de generaciones muertas. Jamás había luz, por lo que solía encender velas y quedarme mirándolas fijamente en busca de alivio; tampoco afuera brillaba el sol, ya que esas terribles arboledas se elevaban por encima de la torre más alta. Una sola, una torre negra, sobrepasaba el ramaje y salía al cielo abierto y desconocido, pero estaba casi en ruinas y sólo se podía ascender a ella por un escarpado muro poco menos que imposible de escalar.
Debo haber vivido años en ese lugar, pero no puedo medir el tiempo. Seres vivos debieron haber atendido a mis necesidades; sin embargo, no puedo rememorar a persona alguna excepto yo mismo, ni ninguna cosa viviente salvo ratas, murciélagos y arañas, silenciosos todos. Supongo que, quienquiera que me haya cuidado, debió haber sido asombrosamente viejo, puesto que mi primera representación mental de una persona viva fue la de algo semejante a mí, pero retorcido, marchito y deteriorado como el castillo. Para mí no tenían nada de grotescos los huesos y los esqueletos esparcidos por las criptas de piedra cavadas en las profundidades de los cimientos. En mi fantasía asociaba estas cosas con los hechos cotidianos y los hallaba más reales que las figuras en colores de seres vivos que veía en muchos libros mohosos. En esos libros aprendí todo lo que sé. Maestro alguno me urgió o me guió, y no recuerdo haber escuchado en todos esos años voces humanas…, ni siquiera la mía; ya que, si bien había leído acerca de la palabra hablada nunca se me ocurrió hablar en voz alta. Mi aspecto era asimismo una cuestión ajena a mi mente, ya que no había espejos en el castillo y me limitaba, por instinto, a verme como un semejante de las figuras juveniles que veía dibujadas o pintadas en los libros. Tenía conciencia de la juventud a causa de lo poco que recordaba.
Afuera, tendido en el pútrido foso, bajo los árboles tenebrosos y mudos, solía pasarme horas enteras soñando lo que había leído en los libros; añoraba verme entre gentes alegres, en el mundo soleado allende de la floresta interminable. Una vez traté de escapar del bosque, pero a medida que me alejaba del castillo las sombras se hacían más densas y el aire más impregnado de crecientes temores, de modo que eché a correr frenéticamente por el camino andado, no fuera a extraviarme en un laberinto de lúgubre silencio.
Y así, a través de crepúsculos sin fin, soñaba y esperaba, aun cuando no supiera qué. Hasta que en mi negra soledad, el deseo de luz se hizo tan frenético que ya no pude permanecer inactivo y mis manos suplicantes se elevaron hacia esa única torre en ruinas que por encima de la arboleda se hundía en el cielo exterior e ignoto. Y por fin resolví escalar la torre, aunque me cayera; ya que mejor era vislumbrar un instante el cielo y perecer, que vivir sin haber contemplado jamás el día.
A la húmeda luz crepuscular subí los vetustos peldaños de piedra hasta llegar al nivel donde se interrumpían, y de allí en adelante, trepando por pequeñas entrantes donde ap***s cabía un pie, seguí mi peligrosa ascensión. Horrendo y pavoroso era aquel cilindro rocoso, inerte y sin peldaños; negro, ruinoso y solitario, siniestro con su mudo aleteo de espantados murciélagos. Pero más horrenda aún era la lentitud de mi avance, ya que por más que trepase, las tinieblas que me envolvían no se disipaban y un frío nuevo, como de moho venerable y embrujado, me invadió. Tiritando de frío me preguntaba por qué no llegaba a la claridad, y, de haberme atrevido, habría mirado hacia abajo. Se me antojó que la noche había caído de pronto sobre mí y en vano tanteé con la mano libre en busca del antepecho de alguna ventana por la cual espiar hacia afuera y arriba y calcular a qué altura me encontraba.
De pronto, al cabo de una interminable y espantosa ascensión a ciegas por aquel precipicio cóncavo y desesperado, sentí que la cabeza tocaba algo sólido; supe entonces que debía haber ganado la terraza o, cuando menos, alguna clase de piso. Alcé la mano libre y, en la oscuridad, palpé un obstáculo, descubriendo que era de piedra e inamovible. Luego vino un mortal rodeo a la torre, aferrándome de cualquier soporte que su viscosa pared pudiera ofrecer; hasta que finalmente mi mano, tanteando siempre, halló un punto donde la valla cedía y reanudé la marcha hacia arriba, empujando la losa o puerta con la cabeza, ya que utilizaba ambas manos en mi cauteloso avance. Arriba no apareció luz alguna y, a medida que mis manos iban más y más alto, supe que por el momento mi ascensión había terminado, ya que la puerta daba a una abertura que conducía a una superficie plana de piedra, de mayor circunferencia que la torre inferior, sin duda el piso de alguna elevada y espaciosa cámara de observación. Me deslicé sigilosamente por el recinto tratando que la pesada losa no volviera a su lugar, pero fracasé en mi intento. Mientras yacía exhausto sobre el piso de piedra, oí el alucinante eco de su caída, pero con todo tuve la esperanza de volver a levantarla cuando fuese necesario.
Creyéndome ya a una altura prodigiosa, muy por encima de las odiadas ramas del bosque, me incorporé fatigosamente y tanteé la pared en busca de alguna ventana que me permitiese mirar por vez primera el cielo y esa luna y esas estrellas sobre las que había leído. Pero ambas manos me decepcionaron, ya que todo cuanto hallé fueron amplias estanterías de mármol cubiertas de aborrecibles cajas oblongas de inquietante dimensión. Más reflexionaba y más me preguntaba qué extraños secretos podía albergar aquel alto recinto construido a tan inmensa distancia del castillo subyacente. De pronto mis manos tropezaron inesperadamente con el marco de una puerta, del cual colgaba una plancha de piedra de superficie rugosa a causa de las extrañas incisiones que la cubrían. La puerta estaba cerrada, pero haciendo un supremo esfuerzo superé todos los obstáculos y la abrí hacia adentro. Hecho esto, me invadió el éxtasis más puro jamás conocido; a través de una ornamentada verja de hierro, y en el extremo de una corta escalinata de piedra que ascendía desde la puerta recién descubierta, brillando plácidamente en todo su esplendor estaba la luna llena, a la que nunca había visto antes, salvo en sueños y en vagas visiones que no me atrevía a llamar recuerdos.
Seguro ahora de que había alcanzado la cima del castillo, subí rápidamente los pocos peldaños que me separaban de la verja; pero en eso una nube tapó la luna haciéndome tropezar, y en la oscuridad tuve que avanzar con mayor lentitud. Estaba todavía muy oscuro cuando llegué a la verja, que hallé abierta tras un cuidadoso examen pero que no quise trasponer por temor a precipitarme desde la increíble altura que había alcanzado. Luego volvió a salir la luna.
De todos los impactos imaginables, ninguno tan demoníaco como el de lo insondable y grotescamente inconcebible. Nada de lo soportado antes podía compararse al terror de lo que ahora estaba viendo; de las extraordinarias maravillas que el espectáculo implicaba. El panorama en sí era tan simple como asombroso, ya que consistía meramente en esto: en lugar de una impresionante perspectiva de copas de árboles vistas desde una altura imponente, se extendía a mi alrededor, al mismo nivel de la verja, nada menos que la tierra firme, separada en compartimentos diversos por medio de lajas de mármol y columnas, y sombreada por una antigua iglesia de piedra cuyo devastado capitel brillaba fantasmagóricamente a la luz de la luna.
Medio inconsciente, abrí la verja y avancé bamboleándome por la senda de grava blanca que se extendía en dos direcciones. Por aturdida y caótica que estuviera mi mente, persistía en ella ese frenético anhelo de luz; ni siquiera el pasmoso descubrimiento de momentos antes podía detenerme. No sabía, ni me importaba, si mi experiencia era locura, enajenación o magia, pero estaba resuelto a ir en pos de luminosidad y alegría a toda costa. No sabía quién o qué era yo, ni cuáles podían ser mi ámbito y mis circunstancias; sin embargo, a medida que proseguía mi tambaleante marcha, se insinuaba en mí una especie de tímido recuerdo latente que hacía mi avance no del todo fortuito, sin rumbo fijo por campo abierto; unas veces sin perder de vista el camino, otras abandonándolo para internarme, lleno de curiosidad, por praderas en las que sólo alguna ruina ocasional revelaba la presencia, en tiempos remotos, de una senda olvidada. En un momento dado tuve que cruzar a nado un rápido río cuyos restos de mampostería agrietada y mohosa hablaban de un puente mucho tiempo atrás desaparecido.
Habían transcurrido más de dos horas cuando llegué a lo que aparentemente era mi meta: un venerable castillo cubierto de hiedras, enclavado en un gran parque de espesa arboleda, de alucinante familiaridad para mí, y sin embargo lleno de intrigantes novedades. Vi que el foso había sido rellenado y que varias de las torres que yo bien conocía estaban demolidas, al mismo tiempo que se erguían nuevas alas que confundían al espectador. Pero lo que observé con el máximo interés y deleite fueron las ventanas abiertas, inundadas de esplendorosa claridad y que enviaban al exterior ecos de la más alegre de las francachelas. Adelantándome hacia una de ellas, miré al interior y vi un grupo de personas extrañamente vestidas, que departían entre sí con gran jarana. Como jamás había oído la voz humana, ap***s sí podía adivinar vagamente lo que decían. Algunas caras tenían expresiones que despertaban en mí remotísimos recuerdos; otras me eran absolutamente ajenas.
Salté por la ventana y me introduje en la habitación, brillantemente iluminada, a la vez que mi mente saltaba del único instante de esperanza al más negro de los desalientos. La pesadilla no tardó en venir, ya que, no bien entré, se produjo una de las más aterradoras reacciones que hubiera podido concebir. No había terminado de cruzar el umbral cuando cundió entre todos los presentes un inesperado y súbito pavor, de horrible intensidad, que distorsionaba los rostros y arrancaba de todas las gargantas los chillidos más espantosos. El desbande fue general, y en medio del griterío y del pánico varios sufrieron desmayos, siendo arrastrados por los que huían enloquecidos. Muchos se taparon los ojos con las manos y corrían a ciegas llevándose todo por delante, derribando los muebles y dándose contra las paredes en su desesperado intento de ganar alguna de las numerosas puertas.
Solo y aturdido en el brillante recinto, escuchando los ecos cada vez más apagados de aquellos espeluznantes gritos, comencé a temblar pensando qué podía ser aquello que me acechaba sin que yo lo viera. A primera vista el lugar parecía vacío, pero cuando me dirigí a una de las alcobas creí detectar una presencia… un amago de movimiento del otro lado del arco dorado que conducía a otra habitación, similar a la primera. A medida que me aproximaba a la arcada comencé a percibir la presencia con más nitidez; y luego, con el primero y último sonido que jamás emití -un aullido horrendo que me repugnó casi tanto como su morbosa causa-, contemplé en toda su horrible intensidad el inconcebible, indescriptible, inenarrable monstruo que, por obra de su mera aparición, había convertido una alegre reunión en una horda de delirantes fugitivos.
No puedo siquiera decir aproximadamente a qué se parecía, pues era un compuesto de todo lo que es impuro, pavoroso, indeseado, anormal y detestable. Era una fantasmagórica sombra de podredumbre, decrepitud y desolación; la pútrida y viscosa imagen de lo dañino; la atroz desnudez de algo que la tierra misericordiosa debería ocultar por siempre jamás. Dios sabe que no era de este mundo -o al menos había dejado de serlo-, y, sin embargo, con enorme horror de mi parte, pude ver en sus rasgos carcomidos, con huesos que se entreveían, una repulsiva y lejana reminiscencia de formas humanas; y en sus enmohecidas y destrozadas ropas, una indecible cualidad que me estremecía más aún.
Estaba casi paralizado, pero no tanto como para no hacer un débil esfuerzo hacia la salvación: un tropezón hacia atrás que no pudo romper el hechizo en que me tenía apresado el monstruo sin voz y sin nombre. Mis ojos, embrujados por aquellos asqueantes ojos vítreos que los miraba fijamente, se negaban a cerrarse, si bien el terrible objeto, tras el primer impacto, se veía ahora más confuso. Traté de levantar la mano y disipar la visión, pero estaba tan anonadado que el brazo no respondió por entero a mi voluntad. Sin embargo, el intento fue suficiente como para alterar mi equilibrio y, bamboleándome, di unos pasos hacia adelante para no caer. Al hacerlo adquirí de pronto la angustiosa noción de la proximidad de la cosa, cuya inmunda respiración tenía casi la impresión de oír. Poco menos que enloquecido, pude no obstante adelantar una mano para detener a la fétida imagen, que se acercaba más y más, cuando de pronto mis dedos tocaron la extremidad putrefacta que el monstruo extendía por debajo del arco dorado.
No chillé, pero todos los satánicos vampiros que cabalgan en el viento de la noche lo hicieron por mí, a la vez que dejaron caer en mi mente una avalancha de anonadantes recuerdos.
Supe en ese mismo instante todo lo ocurrido; recordé hasta más allá del terrorífico castillo y sus árboles; reconocí el edificio en el cual me hallaba; reconocí, lo más terrible, la impía abominación que se erguía ante mí, mirándome de soslayo mientras apartaba de los suyos mis dedos manchados.
Pero en el cosmos existe el bálsamo además de la amargura, y ese bálsamo es el olvido. En el supremo horror de ese instante olvidé lo que me había espantado y el estallido del recuerdo se desvaneció en un caos de reiteradas imágenes. Como entre sueños, salí de aquel edificio fantasmal y execrado y eché a correr rauda y silenciosamente a la luz de la luna. Cuando retorné al mausoleo de mármol y descendí los peldaños, encontré que no podía mover la trampa de piedra; pero no lo lamenté, ya que había llegado a odiar el viejo castillo y sus árboles. Ahora cabalgo junto a los fantasmas, burlones y cordiales, al viento de la noche, y durante el día juego entre las catacumbas de Nefre-Ka, en el recóndito y desconocido valle de Hadoth, a orillas del Nilo. Sé que la luz no es para mí, salvo la luz de la luna sobre las tumbas de roca de Neb, como tampoco es para mí la alegría, salvo las innominadas fiestas de Nitokris bajo la Gran Pirámide; y, sin embargo, en mi nueva y salvaje libertad agradezco casi la amargura de la alienación.
Pues aunque el olvido me ha dado la calma, no por eso ignoro que soy un extranjero; un extraño a este siglo y a todos los que aún son hombres. Esto es lo que supe desde que extendí mis dedos hacia esa cosa abominable surgida en aquel gran marco dorado; desde que extendí mis dedos y toqué la fría e inexorable superficie del pulido espejo.

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Santa F E 955/Córdoba 954 Planta Alta Oficina 16
Rosario
2000