05/03/2019
ORIGEN DEL PROGRESO ARGENTINO
UNA GRAN POTENCIA EN ESBOZO
Por FRANCISCO GRANDMONTAGNE (1866-1936)
I - Del aislamiento a la expansión universal.
Como parece que la vida de las naciones americanas de origen hispánico empieza a interesar de veras en España— ¡era hora!—, me propongo, con la más prieta y ceñida concisión que asequible sea a mi pluma, de señar a grandes trazos la sorprendente pujanza de 1a que marcha a la cabeza (le todas ellas, ejerciendo, cual el ave delantera en la bandada, la misión natural del guionaje. No espere el lector un estudio completo, propio del tomo denso y macizo. Serán, por el contrario, estos folletones —ignoro cuantos al iniciar el primero— obra periodística ligera, de sencilla y elemental divulgación, exenta de todo aparato científico, limitada solamente a señalar la celeridad, los saltos inverosímiles del progreso argentino. Reduzco a términos aun más vulgares mi intento. Se trata de una colosal “estancia”, y a la manera simple del “estanciero”, presentaré el recuento o inventario de lo que en ella existe, narrando con propósito ameno, que temo se frustre —porque no es fácil hacer bailar a Pitágoras—, cómo ha surgido la opulenta vitalidad del nuevo Eldorado.
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Cuando llegué por primera vez a Buenos Aires (año 1887), el desembarco era un problema un poco arduo. El buque, mixto de v***r y vela, quedó en la rada exterior del estuario, a muchas millas de la ciudad, invisible desde sus orillas. Pasajeros y emigrantes —no me contaba entre los turistas— descendimos a unos lanchones o gabarrones planos, chatos, sin quilla; y, remolcados por diversos v***rcitos, arribamos, tras de varias horas de navegación a través de un légamo licuefacto, a una larga empalizada, que se llamaba muelle de las Catalinas.
Había otro embrionario y tosco maderamen, de fundación más antigua, denominado muelle de la Aduana Vieja. Por estos dos tinglados fluviales se penetraba en la capital argentina, “la gran aldea”, como entonces se decía. La calle del Callao, hoy soberbia avenida central, era el arrabal, suburbio de pobretería, donde empezaban los huertos, las “chacras” y el campo pampero, la planicie infinita. El país apenas pasaba de tres millones de habitantes. Panera actual del mundo, aun se importaba harina de los Estados Unidos para cubrir el déficit de su base alimenticia.
Sin población ni capitales, la agricultura embrionaria forcejeaba por surgir en torno de los pequeños centros urbanos, de los aldeorrios destartalados y polvorientos. Nación macrocéfala, como todas las americanas, con una capitalidad excesiva, una cabeza de elefante en un cuerpo de lombriz, su política era turbulenta, una lucha desaforada por los puestos públicos. Su administración, un perfecto “bochinche”, argentinismo que expresa el máximo desorden.
Han pasado cuarenta años. Las dos empalizadas descritas han sido sustituidas por un puerto formidable, uno de los principales del mundial tráfico marítimo Sus dársenas y diques comprenden varios kilómetros de extensión. Un bosque de mástiles se levanta al pie de las calles con que se inicia la gran ciudad. Por donde cruzó la gabarra que me condujo a las Catalinas entran ahora v***res de treinta mil toneladas. Bahía Blanca, Mar del Plata, Quequén, los puertos del sur patagónico, en el Atlántico, y los fluviales de Rosario, Santa Fe, San Nicolás y otros, a lo largo del Paraná, completan la red de comunicaciones marítimas con el exterior.
Asentemos aquí la primera cifra reveladora. Aquel país pobre, sin agricultura, de economía lánguida, desmirriada, ha lanzado el año último a los mercados de Europa DIEZ Y SIETE MILLONES de toneladas de productos agropecuarios. Y anticipemos el primer salto (último en el tiempo) a los muchos que hemos de señalar en el curso de estos relatos.
En 1926 el volumen total de la exportación fue de once millones de toneladas. Así, pues, el enorme aumento de seis millones de un año para otro bien puede considerarse como un brinco prodigioso. Lo más nuevo del Nuevo Mundo es la Argentina. Todo es en ella obra moderna, improvisada en medio siglo.
Durante la época colonial, el esfuerzo de España, corto en todas partes por lo mucho que abarcó su sueño grandioso —tal es el origen de la larga decadencia de la nación más ilustre de la tierra—, apenas alcanzó a las márgenes del Plata. Y ello se explica fácilmente. Los hombres de la conquista, nuestros argonautas, exploradores y capitanes, consideraban el extremo Sur del continente, las pampas, como un vasto erial. A su juicio, era el hueso de la conquista, sin sospechar que un día lejano serían la carne y el pan.
El Perú, Méjico y el Potosí (la hoy pobre Bolivia) absorbían su atención y encendían su quimera de rápida fortuna, lograda de un golpe feliz que rara vez se producía. El ideal era la mina, no el labrantío. Su mirada ansiosa iba al subsuelo, no al suelo infinito. Buscaban, alucinados hasta la locura, un Eldorado en pepitas o filones auríferos, en riqueza fusible o amonedable. La leyenda del oro nació, no de la realidad de su existencia, harto exigua, sino de la ilusión de hallarlo a espuertas, en montones, en macizas cordilleras.
En el extremo Sur sólo podía surgir un Eldorado a través del trabajo agrícola y pastoril. Pero nunca la humilde función de arar fué propia del espíritu hazañoso del conquistador y del aventurero. No es el arado el instrumento del héroe. En el mundo sólo ha existido un Cincinato. Para asirse de nuevo a la esteva no valía la pena de haber salido de Castilla y Extrema dura, lanzándose a cruzar, sobre frágiles leños, piélagos ignotos.
La obstinación absurda de España de mantener cerrado el puerto de Buenos Aires durante un siglo (hasta 1592) sumió aquella lejana colonia en la mayor miseria. Los artículos de importación más imprescindibles habían de recorrer, de punta a punta, por tierra, todo el continente, ¡desde Panamá!, tardando en llegar —cuando llegaban— más de tres años. El transporte elevaba en más de veinte veces el valor inicial de la mercancía.
Esta política económica, tan brutal como estéril, era impuesta al Consejo de Indias, compuesto generalmente de teólogos, que sólo conocían la geografía del cielo, por los exportadores y hombres de presa de la Casa de Contratación, organismo nefasto, al cual debemos el resentimiento histórico, aun no extinguido, y las constantes, duras y justas críticas de los sudamericanos. La primera lección de Historia a su infancia es este calvario de un siglo. El resto del continente era mucho más feliz en su comunicación, relativamente frecuente, con la metrópoli.
Los habitantes de Buenos Aires, dice su primer historiador, Vicente Fidel López, andaban cubiertos de pieles crudas, como los indios, por falta de tejidos para confeccionar un atavío menos salvaje. En vano diversos gobernadores de la abandonada y mísera colonia —Cañete, Francisco de Toledo, Ramírez de Velasco y, sobre todo, el gran Zavala— trataban de convencer al obtuso Consejo de Indias de la absurdidad de tal sistema. Para la monopolista y todopoderosa Casa de Contratación, el gobernador ideal era Villacorta, que prometía con estas palabras evitar que llegara cosa alguna al Río de la Plata: “Ni pájaros han de pasar con comida en el pico de Buenos Aires al interior.”
Sólo el contrabando, ejercido por los navegantes ingleses, pudo aliviar un poco la penosa situación de la desventurada colonia. Difícil es calcular los efectos de un siglo de aislamiento en la iniciación de la vida de un pueblo.
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“País sin pasado económico —dice el profesor de Economía política de la Universidad de Santa Fe, G. Martínez Zuviría—, la República Argentina ha tenido que improvisarlo todo: ciudades, puertos, ferrocarriles, agricultura, ganadería, pues la que había en nada se asemejaba a la que hoy existe, refinada por el Durham y el Hereford, por los mejores reproductores bovinos y ovinos.” No puede ser más brillante la corta historia económicorrural, o agropecuaria, de aquel magnífico país. Las viejas naciones europeas han necesitado siglos de trabajo continuo para alcanzar un volumen de producción que allí se ha logrado en poco más de treinta años.
Aunque mucho pueda atribuirse a sus instituciones ampliamente democráticas y a la liberalidad con que el Estado entregó las tierras fiscales a la colonización, al torrente inmigratorio, el verdadero milagro arranca de la extensión y bondad del suelo, de aquel mar serenado en pradera, cuyas frescas entrañas no se hallan, como las del agro europeo, extenuadas y enjutas por siglos de gestación incesante.
Desprovista de accidentes orográficos la mayor y mejor parte del territorio argentino, con espesa capa de humus o rico mantillo en centenares de leguas, el pastoreo y la labranza se desenvolvieron con celeridad insólita en cuanto el medio político salió de aquellas tremendas tragedias, propias de las jóvenes y aun inorgánicas democracias; tragedias comunes a todo el mundo americano, persistentes aún en no pocos países del continente, donde, con todo y ello, las prodigalidades de la Naturaleza resisten con éxito los errores de los hombres.
El espíritu conservador, compatible con la máxima libertad, ha surgido en la Argentina como consecuencia inherente del rápido desarrollo de la riqueza en la vasta y fecunda planicie, en aquel verdadero Eldorado, que devuelve la semilla en tupido bosque de mies. La serenidad lograda en la vida política es fruto, tanto como de una cultura progresiva, de los copiosos beneficios de una tierra mollar, que bajo el impulso del trabajo agrario, no muy agobiante ni fatigador —tales son de generosos el suelo y el cielo—, ha elevado el nivel económico del país a una altura inesperada aun por los visionarios más optimistas. Las instituciones democráticas y republicanas se han afianzado a compás del crecimiento de la riqueza. El bienestar general es el mejor sosegador político.
En el folletón que dediquemos a las evoluciones de la ganadería se verá la relación existente entre la prosperidad y el apaciguamiento de las encrespadas luchas del caudillaje. El célere auge de la vida económica, el veloz surgimiento de tan formidable masa de riqueza, tiene también gran eficacia en un alto aspecto de orden moral.
Todas las clases sociales, y muy especialmente el mundo político y dirigente, acendran y vigorizan su sentimiento de responsabilidad, prometiéndose ante la propia conciencia, con honda y latente emoción cívica, trabajar sin desmayo hasta conseguir que en próximo día tenga la República Argentina en el foco central de la civilización el puesto que ha de corresponder a su pujanza material y a su ideal humano.
El destino depara a la gran nación de Suramérica, juntamente con la fortuna positiva, la moral fortuna de su integración a las grandes y viejas potencias, con la doble personalidad de su propia representación y la de guía ideal de un continente. Los intelectuales argentinos, todos los hombres de alguna cultura, y aun el pueblo mismo, en forma de una fe latente y difusa, abrigan este gran ensueño, quizá el primer fundamento emotivo de su actual y férvido patriotismo.
Y al servicio de este ideal halagüeño, cada día más metido en el tuétano del espíritu colectivo, ponen todos un ardor semejante al puesto por sus antepasados en la formación de un hogar nacional. Pensamiento unánime, hondamente sentido, es que la mayor glorificación que pueden ofrecer a sus próceres debe consistir en trasformar la pobre y débil república que heredaron de su épico esfuerzo en una potencia moderna, con acción colaboradora en el consorcio de los grandes Estados que rigen la marcha de la Humanidad. He ahí cómo la riqueza colectiva se espiritualiza, enfervorizando el sentimiento de ciudadanía.
Tras de la elevación de las estadísticas ven los argentinos algo más que el crecimiento de un tesoro en forma de colmadas trojes. Experimentan, como el escultor afortunado en el vigoroso esbozo de su obra, la entusiástica sensación de ir tallando sobre la vasta naturaleza la imagen de una gran nación, magnificada por todos los atributos de la fuerza, la belleza y el bien. Sirvan estas breves y someras observaciones de prólogo al relato de las peripecias por que va pasando el esbozo de la futura gran potencia...