Pampa Gringa
Historias e informaciones sobre las corrientes inmigratorias que poblaron nuestro país desde el siglo XIX.
Una ex-cautiva:
Del Libro: BUSTINZA de Cayetano B. Daneri
"Evocaciones que sugiere un cincuentenario". Pueden leerlo en:
https://www.pampagringa.wordpress.com
En el año 1900, recibieron sepultura en el cementerio de Bustinza los restos de Doña Agustina Maldonado de Razzolini, que vivió varios años de cautiverio, entre los indios del Sur.
Cuando se le preguntaba de aquel extraño episodio, con palabra viva, resucitábalo en todos sus pormenores y detalles, con calma poco común en quienes han tenido la desdicha de cumplir un cruel destino.
Allá, por el año 1864, el bravo “malón” fue llevado hasta la Cañada de Las Parejas, resultando, después de muy duro combate, mu***os algunos hombres y cautivadas algunas mujeres, entre ellas, Doña Agustina, casada entonces con Cabrera. Conjuntamente con ella, llevaron en cautiverio a un niño de corta edad: un hijo suyo.
Al llegar a la tribu, madre e hijo fueron separados destinándose aquella al “toldo” del cacique, señor de seis mujeres, que compró a los raptores los derechos a la séptima, pagándolos con efectos.
Un día que la buena señora notó la ausencia de los hombres, tomó para su viaje furtivo, unos pedazos de “charquis” y una vejiga de vacuno, que llenó con agua.
Tuvo dolorosa odisea. Caminaba, a ratos, de día o de noche, y, a las veces estuvo a punto de ser descubierta por los indios perseguidores.
De noche, para descansar, tendíase sobre las pajas soltando su abundante cabellera, con la que abrigaba, en parte, su cuerpo aterido y extenuado.
Acosada por hambre en una ocasión dio muerte a una “mulita”, bebió de su sangre y comió de su carne, lo que le produjo un largo delirio.
Un día, cuando creía desfallecer, fue divisada por un “bombero” del fortín de “La Guardia de la Esquina”, que oteaba, en ese instante, los campos convecinos. Fue conducida a aquel lugar, volviendo así a los dominios del “cristiano”, para restituirse a la civilización.
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ORIGEN DEL PROGRESO ARGENTINO
UNA GRAN POTENCIA EN ESBOZO
Por FRANCISCO GRANDMONTAGNE (1866-1936)
I - Del aislamiento a la expansión universal.
Como parece que la vida de las naciones americanas de origen hispánico empieza a interesar de veras en España— ¡era hora!—, me propongo, con la más prieta y ceñida concisión que asequible sea a mi pluma, de señar a grandes trazos la sorprendente pujanza de 1a que marcha a la cabeza (le todas ellas, ejerciendo, cual el ave delantera en la bandada, la misión natural del guionaje. No espere el lector un estudio completo, propio del tomo denso y macizo. Serán, por el contrario, estos folletones —ignoro cuantos al iniciar el primero— obra periodística ligera, de sencilla y elemental divulgación, exenta de todo aparato científico, limitada solamente a señalar la celeridad, los saltos inverosímiles del progreso argentino. Reduzco a términos aun más vulgares mi intento. Se trata de una colosal “estancia”, y a la manera simple del “estanciero”, presentaré el recuento o inventario de lo que en ella existe, narrando con propósito ameno, que temo se frustre —porque no es fácil hacer bailar a Pitágoras—, cómo ha surgido la opulenta vitalidad del nuevo Eldorado.
* * *
Cuando llegué por primera vez a Buenos Aires (año 1887), el desembarco era un problema un poco arduo. El buque, mixto de v***r y vela, quedó en la rada exterior del estuario, a muchas millas de la ciudad, invisible desde sus orillas. Pasajeros y emigrantes —no me contaba entre los turistas— descendimos a unos lanchones o gabarrones planos, chatos, sin quilla; y, remolcados por diversos v***rcitos, arribamos, tras de varias horas de navegación a través de un légamo licuefacto, a una larga empalizada, que se llamaba muelle de las Catalinas.
Había otro embrionario y tosco maderamen, de fundación más antigua, denominado muelle de la Aduana Vieja. Por estos dos tinglados fluviales se penetraba en la capital argentina, “la gran aldea”, como entonces se decía. La calle del Callao, hoy soberbia avenida central, era el arrabal, suburbio de pobretería, donde empezaban los huertos, las “chacras” y el campo pampero, la planicie infinita. El país apenas pasaba de tres millones de habitantes. Panera actual del mundo, aun se importaba harina de los Estados Unidos para cubrir el déficit de su base alimenticia.
Sin población ni capitales, la agricultura embrionaria forcejeaba por surgir en torno de los pequeños centros urbanos, de los aldeorrios destartalados y polvorientos. Nación macrocéfala, como todas las americanas, con una capitalidad excesiva, una cabeza de elefante en un cuerpo de lombriz, su política era turbulenta, una lucha desaforada por los puestos públicos. Su administración, un perfecto “bochinche”, argentinismo que expresa el máximo desorden.
Han pasado cuarenta años. Las dos empalizadas descritas han sido sustituidas por un puerto formidable, uno de los principales del mundial tráfico marítimo Sus dársenas y diques comprenden varios kilómetros de extensión. Un bosque de mástiles se levanta al pie de las calles con que se inicia la gran ciudad. Por donde cruzó la gabarra que me condujo a las Catalinas entran ahora v***res de treinta mil toneladas. Bahía Blanca, Mar del Plata, Quequén, los puertos del sur patagónico, en el Atlántico, y los fluviales de Rosario, Santa Fe, San Nicolás y otros, a lo largo del Paraná, completan la red de comunicaciones marítimas con el exterior.
Asentemos aquí la primera cifra reveladora. Aquel país pobre, sin agricultura, de economía lánguida, desmirriada, ha lanzado el año último a los mercados de Europa DIEZ Y SIETE MILLONES de toneladas de productos agropecuarios. Y anticipemos el primer salto (último en el tiempo) a los muchos que hemos de señalar en el curso de estos relatos.
En 1926 el volumen total de la exportación fue de once millones de toneladas. Así, pues, el enorme aumento de seis millones de un año para otro bien puede considerarse como un brinco prodigioso. Lo más nuevo del Nuevo Mundo es la Argentina. Todo es en ella obra moderna, improvisada en medio siglo.
Durante la época colonial, el esfuerzo de España, corto en todas partes por lo mucho que abarcó su sueño grandioso —tal es el origen de la larga decadencia de la nación más ilustre de la tierra—, apenas alcanzó a las márgenes del Plata. Y ello se explica fácilmente. Los hombres de la conquista, nuestros argonautas, exploradores y capitanes, consideraban el extremo Sur del continente, las pampas, como un vasto erial. A su juicio, era el hueso de la conquista, sin sospechar que un día lejano serían la carne y el pan.
El Perú, Méjico y el Potosí (la hoy pobre Bolivia) absorbían su atención y encendían su quimera de rápida fortuna, lograda de un golpe feliz que rara vez se producía. El ideal era la mina, no el labrantío. Su mirada ansiosa iba al subsuelo, no al suelo infinito. Buscaban, alucinados hasta la locura, un Eldorado en pepitas o filones auríferos, en riqueza fusible o amonedable. La leyenda del oro nació, no de la realidad de su existencia, harto exigua, sino de la ilusión de hallarlo a espuertas, en montones, en macizas cordilleras.
En el extremo Sur sólo podía surgir un Eldorado a través del trabajo agrícola y pastoril. Pero nunca la humilde función de arar fué propia del espíritu hazañoso del conquistador y del aventurero. No es el arado el instrumento del héroe. En el mundo sólo ha existido un Cincinato. Para asirse de nuevo a la esteva no valía la pena de haber salido de Castilla y Extrema dura, lanzándose a cruzar, sobre frágiles leños, piélagos ignotos.
La obstinación absurda de España de mantener cerrado el puerto de Buenos Aires durante un siglo (hasta 1592) sumió aquella lejana colonia en la mayor miseria. Los artículos de importación más imprescindibles habían de recorrer, de punta a punta, por tierra, todo el continente, ¡desde Panamá!, tardando en llegar —cuando llegaban— más de tres años. El transporte elevaba en más de veinte veces el valor inicial de la mercancía.
Esta política económica, tan brutal como estéril, era impuesta al Consejo de Indias, compuesto generalmente de teólogos, que sólo conocían la geografía del cielo, por los exportadores y hombres de presa de la Casa de Contratación, organismo nefasto, al cual debemos el resentimiento histórico, aun no extinguido, y las constantes, duras y justas críticas de los sudamericanos. La primera lección de Historia a su infancia es este calvario de un siglo. El resto del continente era mucho más feliz en su comunicación, relativamente frecuente, con la metrópoli.
Los habitantes de Buenos Aires, dice su primer historiador, Vicente Fidel López, andaban cubiertos de pieles crudas, como los indios, por falta de tejidos para confeccionar un atavío menos salvaje. En vano diversos gobernadores de la abandonada y mísera colonia —Cañete, Francisco de Toledo, Ramírez de Velasco y, sobre todo, el gran Zavala— trataban de convencer al obtuso Consejo de Indias de la absurdidad de tal sistema. Para la monopolista y todopoderosa Casa de Contratación, el gobernador ideal era Villacorta, que prometía con estas palabras evitar que llegara cosa alguna al Río de la Plata: “Ni pájaros han de pasar con comida en el pico de Buenos Aires al interior.”
Sólo el contrabando, ejercido por los navegantes ingleses, pudo aliviar un poco la penosa situación de la desventurada colonia. Difícil es calcular los efectos de un siglo de aislamiento en la iniciación de la vida de un pueblo.
* * *
“País sin pasado económico —dice el profesor de Economía política de la Universidad de Santa Fe, G. Martínez Zuviría—, la República Argentina ha tenido que improvisarlo todo: ciudades, puertos, ferrocarriles, agricultura, ganadería, pues la que había en nada se asemejaba a la que hoy existe, refinada por el Durham y el Hereford, por los mejores reproductores bovinos y ovinos.” No puede ser más brillante la corta historia económicorrural, o agropecuaria, de aquel magnífico país. Las viejas naciones europeas han necesitado siglos de trabajo continuo para alcanzar un volumen de producción que allí se ha logrado en poco más de treinta años.
Aunque mucho pueda atribuirse a sus instituciones ampliamente democráticas y a la liberalidad con que el Estado entregó las tierras fiscales a la colonización, al torrente inmigratorio, el verdadero milagro arranca de la extensión y bondad del suelo, de aquel mar serenado en pradera, cuyas frescas entrañas no se hallan, como las del agro europeo, extenuadas y enjutas por siglos de gestación incesante.
Desprovista de accidentes orográficos la mayor y mejor parte del territorio argentino, con espesa capa de humus o rico mantillo en centenares de leguas, el pastoreo y la labranza se desenvolvieron con celeridad insólita en cuanto el medio político salió de aquellas tremendas tragedias, propias de las jóvenes y aun inorgánicas democracias; tragedias comunes a todo el mundo americano, persistentes aún en no pocos países del continente, donde, con todo y ello, las prodigalidades de la Naturaleza resisten con éxito los errores de los hombres.
El espíritu conservador, compatible con la máxima libertad, ha surgido en la Argentina como consecuencia inherente del rápido desarrollo de la riqueza en la vasta y fecunda planicie, en aquel verdadero Eldorado, que devuelve la semilla en tupido bosque de mies. La serenidad lograda en la vida política es fruto, tanto como de una cultura progresiva, de los copiosos beneficios de una tierra mollar, que bajo el impulso del trabajo agrario, no muy agobiante ni fatigador —tales son de generosos el suelo y el cielo—, ha elevado el nivel económico del país a una altura inesperada aun por los visionarios más optimistas. Las instituciones democráticas y republicanas se han afianzado a compás del crecimiento de la riqueza. El bienestar general es el mejor sosegador político.
En el folletón que dediquemos a las evoluciones de la ganadería se verá la relación existente entre la prosperidad y el apaciguamiento de las encrespadas luchas del caudillaje. El célere auge de la vida económica, el veloz surgimiento de tan formidable masa de riqueza, tiene también gran eficacia en un alto aspecto de orden moral.
Todas las clases sociales, y muy especialmente el mundo político y dirigente, acendran y vigorizan su sentimiento de responsabilidad, prometiéndose ante la propia conciencia, con honda y latente emoción cívica, trabajar sin desmayo hasta conseguir que en próximo día tenga la República Argentina en el foco central de la civilización el puesto que ha de corresponder a su pujanza material y a su ideal humano.
El destino depara a la gran nación de Suramérica, juntamente con la fortuna positiva, la moral fortuna de su integración a las grandes y viejas potencias, con la doble personalidad de su propia representación y la de guía ideal de un continente. Los intelectuales argentinos, todos los hombres de alguna cultura, y aun el pueblo mismo, en forma de una fe latente y difusa, abrigan este gran ensueño, quizá el primer fundamento emotivo de su actual y férvido patriotismo.
Y al servicio de este ideal halagüeño, cada día más metido en el tuétano del espíritu colectivo, ponen todos un ardor semejante al puesto por sus antepasados en la formación de un hogar nacional. Pensamiento unánime, hondamente sentido, es que la mayor glorificación que pueden ofrecer a sus próceres debe consistir en trasformar la pobre y débil república que heredaron de su épico esfuerzo en una potencia moderna, con acción colaboradora en el consorcio de los grandes Estados que rigen la marcha de la Humanidad. He ahí cómo la riqueza colectiva se espiritualiza, enfervorizando el sentimiento de ciudadanía.
Tras de la elevación de las estadísticas ven los argentinos algo más que el crecimiento de un tesoro en forma de colmadas trojes. Experimentan, como el escultor afortunado en el vigoroso esbozo de su obra, la entusiástica sensación de ir tallando sobre la vasta naturaleza la imagen de una gran nación, magnificada por todos los atributos de la fuerza, la belleza y el bien. Sirvan estas breves y someras observaciones de prólogo al relato de las peripecias por que va pasando el esbozo de la futura gran potencia...
Estoy preparando un escrito con datos sobre Juan Fuentes Echavarría, Rey del Maíz, nos legó el Palacio Fuentes de Rosario. Llegó de Galicia en 1866, cumplidos sus 14 años, con 20 centavos en su bolsillo. Estuvo 5 años en Buenos Aires haciendo changas, en 1871 llegó a Rosario, fue lavaplatos, mozo de café, carrero en sus horas libres. No sabía leer ni escribir, pero... ¡¡¡Trabajó duro, no cobraba planes!!! Hay muchos más datos para este boletín. Murió en 1934 a los 82 años.
09/07/2018
La historia de un Maradona, de uno grande en verdad, escrita por un compañero ee la secundaria, Abel Bassanese,(q.e.p.d.), que se jubiló como Cmte. de Gendarmería y prestó servicio en la zona desde la que ayudó mucho al Doctor Estéban Laureano Maradona para que cumpliera con la misión humanitaria a la que dedicó toda su vida. Por la extensión de esta nota, la he subido a WordPress. Aquí el enlace:
Doctor Esteban Laureano Maradona Esteban Laureano Maradona, una vida ejemplar. Por ABEL BASSANESE Razones y propósitos. A los grandes hombres, a aquellos que pasaron por la tierra para bien de sus semejantes, la posteridad les t…
El último gaucho
En el año 1911, muere en el vecino pueblo Santa Teresa, Belisario Rodríguez. Si se exceptúa a “Hormiga Negra”, famoso gaucho porteño, mu**to tres años más tarde, por otra parte, desaparecido mucho antes del teatro de sus hazañas, podría decirse, y con razón que con Belisario, muere el último gaucho argentino.
Si me ocupo de él es estas páginas, es precisamente, porque el gaucho siempre ha sido considerado como un ser típico de nuestra tierra, y porque Rodríguez nació en uno de los cabos de las célebres Totoras. Belisario o el “Rubio”, como se le llamaba, encarnaba, por el instinto, la agilidad de sus miembros, la mobilidad de sus ojos, la destreza en el ataque y la fiereza con que provocaba o aceptaba la lucha, el más acabado tipo de gaucho que aquí se haya conocido.
En lucha cruel y tenaz con el forastero de temible aspecto; perseguido por la “Comisión”, que jamás logró darle alcance, en su juventud, resultó imbatible, en sus innúmeros trances.
Taimado y astuto, más que sexagenario, paseaba por estos campos, su delgada y alta y erguida figura. Dominador con los ojos, el ademán y la voz; receloso y hasta altanero, permitíase, sin embargo, alguna chanza, en ratos de buen humor. Así, Belisario jugaba francamente, con Protasio Peralta.
Relataré dos anécdotas que pintan sus relaciones. Habían convenido el Rubio y Proto -así a este su amigo le llamaba- sacar de la distracción a aquel de los dos que, al tiempo de encontrarse, puediese ser “sorprendido”.
En cierta ocasión, frente a la cancha, montando su caballo, Belisario contemplaba los preparativos de una carrera. Proto, que recién llegaba, también a caballo, acercósele de sorpresa, y, diciéndole “¿Cómo te va?”, golpeóle fuertemente las costillas, con la dura cabeza que remataba el cabo acerado de su látigo. El Rubio se encorvó, visiblemente dolorido y pálido, aspiró con esfuerzo, sin dejar traslucir ningún signo de molestia. El comisario intervino, amenazante; Proto guardó silencio; pero Belisario no admitía intervenciones como aquella, de carácter protector, y, repuesto de su dolor, objetó: “Son bromas de hombres, y Ud. no debe meterse”…
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Un tiempo más tarde, Proto, tranquilo y despreocupado, parado delante de una casa de negocio, hundía en la lejanía su mirada indecisa. Esta vez, corresponderá al Rubio “la broma” de la sorpresa. Desde un caballo, enarbola un látigo, haciéndolo describir dos amplios círculos, en el aire, y, bajando la mano, mientras pregunta: ¿Cómo te va, hermano?, deja que la trenza se envuelva en espirales, en aquella cabeza. En la frente de Proto apareció una rosa de sangre, cárdena flor de brutal cariño.
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Estoy subiendo cosas interesantes sobre la Pampa Gringa y escritos de pioneros que habitaron ese inmenso territorio de Argentina, Por ahora pueden ver http://www.pampagringa.wordpress.com
Alfonsina Storni en Bustinza
(Otro divertido relato agregado en 1956 a la reseña de 1925)
La noche del 24 de Agosto de 1908, el Juez de Paz de Bustinza, Don Bartolomé Escalante, festejaba con un baile su día onomástico. Mi madre y yo concurríamos, invitados.
Yo permanecí en la pieza contigua, en la que, a ratos, entraba el dueño de casa; conversaba conmigo por breve espacio de tiempo, y se alejaba. En una de sus entradas, tomó con una de sus manos mi brazo derecho imprimiéndole una ligera presión, como invitándome a caminar unos pasos; juntos lo hicimos, al tiempo que, con voz muy baja, me decía, al oído: -La hija de Perelli. Fuí hasta la puerta, miré a la sala del baile y ví a una joven que estaba sentada, de una edad, al parecer, de 17 años.
Delante de ella, de pié, estaba un individuo de una estatura algo menos que mediana, de ancho cráneo cubierto por cabellos lacios y finos y ligeramente rubios, que el peinaba con raya a un costado. Usaba breches, polainas de color amarillo obscuro, y s**o abotonado hasta el cuello. Había extendido el brazo izquierdo, con la mano hacia arriba, y sobre las yemas de los dedos tenía colocado un pañuelo de manos cuyas extremidades apuntaban hacia abajo. No observé más, y volví al lugar que ocupaba anteriormente.
De regreso, en nuestra casa, mi madre me dijo que aquel hombre durante el baile había estado atendiendo a aquella joven cuyo nombre aún no conocíamos. Bailaba o conversaba con ella o le hacía algunas demostraciones de sus conocimientos de prestidigitación, haciendo desaparecer de su vista, un anillo o una caja de fósforos, sirviéndole el pañuelo para sus escamoteos.
Al día siguiente estuvo en nuestra casa José Martínez, quien nos dió las primeras noticias que conocimos respecto de aquella joven. Así supimos que, poco antes de promediar el día anterior, ella había descendido de un breack de alquiler procedente de Cañada de Gómez. Se llamaba Alfonsina Storni y era hija de Doña Paulina, una señora italiana que vivía en la misma acera que nuestra casa, y estaba casada con Don Juan Perelli, de igual nacionalidad, quien ocupaba el puesto de Tenedor de Libros en una casa de negocio local.
Hacía pocos días que Alfonsina había puesto término a su actuación en jira artística que había estado realizando un elenco teatral de aficionados. El punto terminal, para ella, había sido la ciudad de Mendoza, en la cual, después de cumplir sus compromisos, habíase embarcado para Cañada de Gómez, como lo demostraban los rótulos puestos en su equipaje.
En cuanto al forastero que tantas atenciones le había prodigado la noche del baile, se supo, poco después, que había sido llevado hasta la casa de Escalante, por el comisario de Santa Teresa (Totoras), donde, como en Bustinza, había conseguido cierto número de suscripciones para un importante diario de Buenos Aires. Como los ejemplares del rotativo nunca llegaron, se cayó en la sospecha de que aquello era una nueva y evidente demostración de sus habilidades de escamoteador.
Por aquel entonces, la señora Paulina tenía establecida una escuela particular, en cuyas tareas docentes su hija prestóle su ayuda, con verdadero tesón. Al término del año escolar, madre e hija pusieron en práctica un programa festivo, sencillo pero demostrativo del grado de preparación alcanzado por los alumnos de ambos sexos, que recitaron composiciones que les habían sido enseñadas por la joven maestra.
A la terminación del programa, que se había desarrollado en salón galantemente proporcionado por mi tía Clementina Vda. de Daneri, Alfonsina cantó, acompañada por música de guitarra que estuvo a cargo de Tiburcio Sozaya, muchacho de nuestro pueblo, “La piedra del escándalo”, canción en boga entonces, y que pertenece, como se sabe, a la obra teatral del mismo nombre, escrita por Don Martín Coronado.
En las fiestas patronales (4 de octubre) de aquel año, en honor de San Francisco de Asís, Alfonsina colaboró, como vendedora de cédulas, con la Comisión de Damas. Vestida con traje color de rosa, un tanto v***roso, había ceñido a la cintura un ancho moño de igual color, y tocado su cabeza con sombrero de paja de un amarillo claro, con adornos que ella misma le había colocado.
Era, según lo expresaron las damas de la comisión, fue la más activa y eficaz de las vendedoras.
Unos meses antes, ella había estado en mi casa en procuras de un texto de Gramática. Le facilité la conocida obra de Juan J. García Velloso. Durante el rato que estuvo allí, la conversación la sostuvo con mi madre, y versó sobre temas de enseñanza, a la cual parecía inclinarse, como lo corrobora la circunstancia de que, en aquellos días se preparaba para ingresar, como alumna, en la Escuela Rural de Coronda, cuya inauguración tuvo lugar en Marzo de 1909.
Por falta de libros, indudablemente, y de ocasión o facilidad de tenerlos al alcance de su mano, aún no se había entregado a la práctica de abundantes lecturas, lo que se colegía de su conversación, muy sencilla y desprovista de esos adornos literarios que, pocos años después, habrían de embellecer su prosa y sus versos.
Cabe suponer que la pequeña escuela que había establecido la madre, y en la que la hija hizo sus ensayos docentes, despertó en esta una marcada vocación por la carrera de maestra, en la que ella concentraba sus aspiraciones tendientes a asegurarse un mejor porvenir. Pero el destino la había señalado para escalar las más altas cumbres, y éstas se hallaban en las letras, y hacia ellas se lanzó en carrera vertiginosa y triunfal.
Exhumados recuerdos, y como una modesta contribución al estudio o conocimiento de su carácter, de cuya firmeza nos han hablado quienes de ella se han ocupado en diarios y revistas, desde antes y después de su muerte, diré que Alfonsina asistía a los principales bailes y reuniones de carácter social, en los que hacía su entrada con ese desparpajo al que debió más tarde, fuera de toda duda, gran parte de los éxitos conquistados en su carrera artística.
Así como cuando una persona asciende, por esfuerzos onerosos, a las alturas de la gloria, se recuerda de ella hechos que antes parecieron no tener importancia, y luego la adquieren por el influjo de la notoriedad alcanzada por aquella; así consignaré dos anécdotas que reflejan la chispa y entereza de quién, un día ya lejano, va despacio distrayendo su aburrimiento por solitario camino; y años más tarde camina presurosa por entre apretadas filas de peatones, midiendo su tiempo por la multiplicidad de tareas y compromisos, en la urbe populosa.
He aquí esas anécdotas . . . Durante su permanencia en Bustinza, Alfonsina se había relacionado con la familia Anselmi, de la que recibía invitaciones para pasar parte de algunas tardes en la casa de campo donde esta familia vivía. Como a veces se quedaba hasta la noche, recitaba versos después de la cena.
Una tarde que iba hacia allá en un tílburi, ella y Félix, miembro de aquella familia, se cruzaron en el camino. Sonriente, y a modo de galantería, dijo él, al pasar: “Si yo fuese su caballo, con qué gusto tiraría”. Ella contestó: “Y si yo lo manejase, que de azotes le daría”. Con la respuesta, que ambos festejaron con fuertes carcajadas, y había sido dicha con rapidez y brillo de relámpago, había quedado completada una estrofa.
Acaso fueran éstas las prístinas luces de un alba que presagiara aquel amanecer que fue la aparición de “La inquietud del rosal”, a cuyo resplandor se abrieron las primeras puertas de los cenáculos porteños, para que por ellas pasara la flamante poetisa.
Vivía Mardoqueo Contreras en un campo de su propiedad, situado a pocas cuadras de Bustinza. En apacibles y frescos atardeceres, en la hora en que la soledad empieza a acentuar su tristeza, como un anuncio de la proximidad del crepúsculo, Contreras dejaba el silencio del campo para ir en busca de ese otro menos pesado de la aldea, sólo turbado en aquellos instantes por los acompasados y sonoros pasos de su parejero pampa. Llegaba hasta la casa de la familia Perelli, donde desmontaba, pasando luego a conversar, entre otras personas, con Alfonsina.
Tres lustros más tarde, Contreras, que estaba de paseo en Buenos Aires, se hallaba descansando en un banco de una plaza cuando fué sacado de su distracción por una voz de mujer que le endilgaba este saludo: “Adiós Contreras”. Este, sorprendido, respondió maquinalmente: “Adiós nena”, siguiéndola con la mirada y sin poder reconocerla, e intrigado por aquel saludo, se puso de pié y se lanzó en seguimiento de la desconocida. Varias cuadras había caminado detrás de ella, cuando esta hubo de detener su paso porqué el tráfico había quedado interrumpido en esos momentos, circunstancia que él aprovechó para acercársele y decirle: “Disculpe, usted me ha saludado llamándome por mi nombre. ¿Puedo saber quién es?
-Alfonsina Storni, fué la respuesta que despejaba aquella incógnita que había durado por espacio de varios minutos, y que el hubiera deseado, según expresó a quien refirió lo sucedido, que hubiera continuado envuelta en el misterio. -“Disculpe”, volvió a decir él, agregando: “La he llamado nena . . .”
-“No se preocupe por eso, aclaró la poetisa, y añadió: “Vaya tranquilo, Contreras”.
En aquel preciso momento un claro se abría entre la compacta fila de automóviles, que ella aprovechó para pasar por él como una flecha, dejando tras sí, como despedida la palabra Adiós, dicha con nerviosa premura.
Cayetano B. Daneri.
Año 1956.
Este relato publicado en 1925 al cumplirse el 50º aniversario de la fundación del pueblo "BUSTINZA", forma parte de un libro escrito por el señor Cayetano Daneri, que se desempeñó como Secretario del Juzgado de Paz de dicha localidad.
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Una ex-cautiva.
En el año 1900, recibieron sepultura, en el cementerio local, los restos de Doña Agustina Maldonado de Razzolini, que vivió varios años de cautiverio, entre los indios del Sur.
Cuando se le preguntaba de aquel extraño episodio, con palabra viva, resucitábalo en todos sus pormenores y detalles, con calma poco común en quienes han tenido la desdicha de cumplir un cruel destino.
Allá, por el año 1864, el bravo “malón” fué llevado hasta la Cañada de Las Parejas, resultando, después de duro combate, mu***os algunos hombres y cautivadas algunas mujeres, entre ellas, Doña Agustina, casada entonces con Cabrera. Conjuntamente con ella, llevaron en cautiverio a un niño de corta edad: un hijo suyo.
Al llegar a la tribu, madre e hijo fueron separados destinándose aquella al “toldo” del cacique, señor de seis mujeres, que compró a los raptores los derechos a la séptima, pagándolos con efectos.
Un día que la buena señora notó la ausencia de los hombres, tomó para su viaje furtivo, unos pedazos de “charquis” y una vejiga de vacuno, que llenó con agua.
Tuvo dolorosa odisea. Caminaba, a ratos, de día o de noche, y, a las veces estuvo a punto de ser descubierta por los indios perseguidores.
De noche, para descansar, tendíase sobre las pajas soltando su abundante cabellera, con la que abrigaba, en parte, su cuerpo aterido y extenuado.
Acosada por hambre en una ocasión dio muerte a una “mulita”, bebió de su sangre y comió de su carne, lo que le produjo un largo delirio.
Un día, cuando creía desfallecer, fue divisada por un “bombero” del fortín de “La Guardia de la Esquina”, que oteaba, en ese instante, los campos convecinos. Fue conducida a aquel lugar, volviendo así a los dominios del “cristiano”, para restituirse a la civilización.
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25/03/2017
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Recomiendo leer, están todos su capítulos "on line", el libro escrito por el inmigrante vasco Francisco Grandmontagne es una exacta descripción de la inmigración europea, especialmente la española. Ya desde su primer capítulo "LOS EPÓNIMOS" nos engancha a continuar con la lectura de los siguientes.
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