03/09/2026
“𝑺𝒆 𝒎𝒆 𝒉𝒊𝒛𝒐 𝒖𝒏 𝒃𝒍𝒂𝒏𝒄𝒐”
Eso me dijo ayer un estudiante de tercer año de una escuela secundaria frente a una situación matemática muy sencilla.
Y esa frase me dejó preocupada.
No fue solamente por su expresión. Fue su silencio, quedarse mirando sin saber cómo empezar, no encontrar una respuesta. Y es algo que vengo observando estos días en distintos estudiantes: dificultades para resolver operaciones básicas, para ordenar números teniendo en cuenta el valor posicional de sus cifras para resolver operaciones matemáticas “tradicionalmente”, para realizar cálculos mentales elementales con estrategias como notar que un número doble o la mitad de otro (si 12 es una docena entonces 6 es su mitad), o trabajar con fracciones sencillas.
Aprendizajes que deberían estar consolidados y que, sin embargo, parecen haberse desdibujado o directamente olvidado.
En algunos chicos, además, aparece algo que me preocupa todavía más: 𝗹𝗮 𝗶𝗻𝘀𝗲𝗴𝘂𝗿𝗶𝗱𝗮𝗱, 𝗹𝗮 𝗳𝗿𝘂𝘀𝘁𝗿𝗮𝗰𝗶ó𝗻 𝘆 𝗵𝗮𝘀𝘁𝗮 𝗰𝗶𝗲𝗿𝘁𝗮 𝘁𝗿𝗶𝘀𝘁𝗲𝘇𝗮 𝗳𝗿𝗲𝗻𝘁𝗲 𝗮 𝗮𝗾𝘂𝗲𝗹𝗹𝗼 𝗾𝘂𝗲 𝘀𝗶𝗲𝗻𝘁𝗲𝗻 𝗾𝘂𝗲 𝗻𝗼 𝗽𝘂𝗲𝗱𝗲𝗻 𝗵𝗮𝗰𝗲𝗿.
También ayer, un grupo de estudiantes de secundaria, preocupadas porque en la escuela no estaban aprendiendo nada en Matemática y Física, me dijeron:
"𝑨𝒑𝒓𝒆𝒏𝒅𝒊𝒎𝒐𝒔 𝒎á𝒔 𝒆𝒏 𝒖𝒏𝒂 𝒉𝒐𝒓𝒂 𝒅𝒆 𝒄𝒍𝒂𝒔𝒆𝒔 𝒑𝒂𝒓𝒕𝒊𝒄𝒖𝒍𝒂𝒓𝒆𝒔 𝒒𝒖𝒆 𝒍𝒐 𝒒𝒖𝒆 𝒍𝒍𝒆𝒗𝒂𝒎𝒐𝒔 𝒂𝒑𝒓𝒆𝒏𝒅𝒊𝒆𝒏𝒅𝒐 𝒆𝒏 𝒕𝒐𝒅𝒐 𝒆𝒍 𝒂ñ𝒐 𝒆𝒏 𝒍𝒂 𝒆𝒔𝒄𝒖𝒆𝒍𝒂"
Lejos de producirme satisfacción, ese comentario me resultó muy preocupante.
¿Qué hacen los profes en la escuela? ¿Motivan compartiendo tiempo de calidad en el aula siendo entusiastas con sus áreas? (Recuerdo a tantos profes de mi vida porque eran apasionados con su materia! …daban ganas de aprender, y hasta hoy recuerdo lo aprendido)
También me preocupa recibir a estudiantes con carpetas prácticamente vacías de contenido por días y semanas. Y entonces inevitablemente me pregunto: ¿qué está pasando con todo ese tiempo que los chicos permanecen en la escuela? ¿Se está aprovecharlo verdaderamente para enseñar, practicar, preguntar, equivocarse, volver a explicar y que, finalmente, los chicos aprendan, relacionen contenidos? ¿se va al libro? Y si es que las respuestas “se sacan de internet y a los problemas los resuelve la IA…¿se debaten en el aula? ¿Se relacionan las ideas?
No se trata de cuestionar a toda la escuela ni de generalizar sobre todos los docentes. Sé que existen realidades muy complejas y muchísimos profesores comprometidos con su tarea.
Pero tampoco deberíamos naturalizar que un estudiante avance de año acumulando vacíos, hasta llegar a la secundaria —incluso a sus últimos años— sin aprendizajes que resultan esenciales para poder construir otros.
𝗡𝗼 𝗮𝗹𝗰𝗮𝗻𝘇𝗮 𝗰𝗼𝗻 𝗾𝘂𝗲 𝗲𝗹 𝗲𝘀𝘁𝘂𝗱𝗶𝗮𝗻𝘁𝗲 𝗲𝘀𝘁é 𝗲𝘀𝗰𝗼𝗹𝗮𝗿𝗶𝘇𝗮𝗱𝗼; 𝗻𝗲𝗰𝗲𝘀𝗶𝘁𝗮𝗺𝗼𝘀 𝘀𝗮𝗯𝗲𝗿 𝘀𝗶 𝗿𝗲𝗮𝗹𝗺𝗲𝗻𝘁𝗲 𝗲𝘀𝘁á 𝗮𝗽𝗿𝗲𝗻𝗱𝗶𝗲𝗻𝗱𝗼.
Y entonces vuelvo a una pregunta que para mí es fundamental:
¿𝗦𝗲 𝗲𝘀𝘁á 𝗺𝗶𝗿𝗮𝗻𝗱𝗼 𝗿𝗲𝗮𝗹𝗺𝗲𝗻𝘁𝗲 𝘀𝗶 𝗹𝗼𝘀 𝗲𝘀𝘁𝘂𝗱𝗶𝗮𝗻𝘁𝗲𝘀 𝗲𝘀𝘁á𝗻 𝗮𝗽𝗿𝗲𝗻𝗱𝗶𝗲𝗻𝗱𝗼?
Creo profundamente que cada estudiante 𝗽𝘂𝗲𝗱𝗲 𝗮𝗽𝗿𝗲𝗻𝗱𝗲𝗿.
Pero creo también que para eso necesita 𝘀𝗲𝗿 𝘃𝗶𝘀𝘁𝗼, 𝗲𝘀𝗰𝘂𝗰𝗵𝗮𝗱𝗼 𝘆 𝗮𝗰𝗼𝗺𝗽𝗮ñ𝗮𝗱𝗼. Necesita que alguien pueda detenerse frente a ese silencio, a ese “no sé”, a ese “se me hizo un blanco”, y preguntarse qué hay detrás.
Porque detrás de cada “no sé” puede haber una historia, una dificultad, un aprendizaje que no llegó a consolidarse.
Y también puede haber una oportunidad.
𝗟𝗮 𝗼𝗽𝗼𝗿𝘁𝘂𝗻𝗶𝗱𝗮𝗱 𝗱𝗲 𝗮𝗰𝗼𝗺𝗽𝗮ñ𝗮𝗿 𝗮 𝗲𝘀𝗲 𝗲𝘀𝘁𝘂𝗱𝗶𝗮𝗻𝘁𝗲 𝗮 𝘁𝗿𝗮𝗻𝘀𝗳𝗼𝗿𝗺𝗮𝗿 𝗹𝗮 𝗱𝗶𝗳𝗶𝗰𝘂𝗹𝘁𝗮𝗱 𝗲𝗻 𝗰𝗼𝗺𝗽𝗿𝗲𝗻𝘀𝗶ó𝗻, 𝗹𝗮 𝗶𝗻𝘀𝗲𝗴𝘂𝗿𝗶𝗱𝗮𝗱 𝗲𝗻 𝗰𝗼𝗻𝗳𝗶𝗮𝗻𝘇𝗮 𝘆 𝗲𝗹 “𝗻𝗼 𝗽𝘂𝗲𝗱𝗼” 𝗲𝗻 𝘂𝗻 𝗻𝘂𝗲𝘃𝗼 “𝗮𝗵𝗼𝗿𝗮 𝗲𝗻𝘁𝗶𝗲𝗻𝗱𝗼”.
El “se me hizo un blanco” termina siendo mucho más que una frase: es una señal que merece que los adultos la miremos.
Gracias a los padres que miran a sus hijos y que a pesar de las dificultades, como las económicas, confían en mi acompañamiento.
𝗣𝗿𝗼𝗳. 𝗠𝗮𝗿𝗹𝗲𝗻𝗲 𝗨𝗺𝗮ñ𝗮
Espacio Académico Rawson
Espacio Académico Rawson