16/08/2026
LOS JÓVENES FRENTE AL MUNDO QUE VIENE
Una conversación necesaria sobre educación, trabajo, inteligencia artificial y futuro
Hay momentos en la historia en los que los cambios son tan profundos que no alcanza con acostumbrarnos a ellos. Tenemos que detenernos, mirar, escuchar y preguntarnos qué está pasando. Y, sobre todo, tenemos que preguntarnos qué les está pasando a quienes están creciendo dentro de ese cambio.
Creo que estamos viviendo uno de esos momentos.
Y quienes más necesitan que nos hagamos esas preguntas son nuestros jóvenes. Los chicos y chicas que hoy están en nuestras escuelas, los que estudian, se ríen, se enamoran, se equivocan, inventan, imaginan, discuten, hacen planes y muchas veces creen —con esa maravillosa confianza que tienen los jóvenes— que pueden con el mundo.
Ojalá no perdieran nunca esa confianza.
Porque quizás nuestra tarea como adultos no sea decirles que el mundo es demasiado difícil. Quizás sea ayudarlos a descubrir cómo prepararse para enfrentarlo sin dejar de creer que pueden transformarlo.
Un mundo que está cambiando
No hace falta ser especialista en tecnología para darse cuenta. Basta mirar alrededor. La manera de trabajar está cambiando, la manera de estudiar está cambiando, la manera de comunicarnos está cambiando y también están cambiando la forma de comprar, vender, producir, informarnos y relacionarnos.
Y detrás de muchos de esos cambios aparece una palabra que hace pocos años parecía pertenecer casi exclusivamente a los especialistas: inteligencia artificial.
Pero hay algo importante que comprender. La inteligencia artificial no es todo el cambio. Es una de las herramientas que están acelerándolo.
El mundo está modificando sus formas de producir y de trabajar. El Foro Económico Mundial estima que hacia 2030 las grandes transformaciones económicas, tecnológicas, demográficas y ambientales podrían generar unos 170 millones de nuevos puestos de trabajo y desplazar unos 92 millones. Es decir, no necesariamente estamos frente a un mundo con menos trabajo, sino frente a un mundo en el que el trabajo será diferente y en el que una parte importante de las habilidades requeridas también cambiará.
Esto último quizás sea más importante que cualquier cifra.
Porque significa que un joven puede estudiar hoy para una profesión que mañana seguirá existiendo, pero que se ejercerá de una manera diferente.
Y entonces aparece una pregunta que merece nuestra atención: ¿estamos preparando a nuestros jóvenes solamente para conseguir un trabajo, o también para aprender a adaptarse a los trabajos que todavía no conocemos?
El problema empieza en una puerta muy pequeña
La puerta del primer empleo.
Durante generaciones, comenzar a trabajar significaba muchas veces empezar desde abajo. El primer trabajo no tenía que ser perfecto. Era el lugar donde uno aprendía a llegar a horario, a cumplir, a escuchar, a trabajar con otros, a recibir una indicación, a equivocarse y a corregirse. Aprendía también a asumir responsabilidades y, poco a poco, adquiría algo que ningún certificado puede otorgar por sí solo: experiencia.
Pero hoy aparece una paradoja que merece nuestra atención.
A muchos jóvenes se les pide experiencia para conseguir su primer empleo.
Y entonces surge una pregunta bastante sencilla: ¿cómo puede adquirir experiencia alguien a quien nadie quiere darle la primera oportunidad?
El problema no pertenece solamente a un país. En distintas partes del mundo se está observando que los jóvenes tienen dificultades para entrar al mercado laboral y que, además, las empresas están modificando la forma de seleccionar a quienes recién comienzan.
El Financial Times ha reflejado recientemente esta preocupación a partir de la situación de jóvenes graduados que encuentran menos oportunidades de entrada y enfrentan procesos de selección donde ya intervienen herramientas de inteligencia artificial para filtrar postulaciones y analizar entrevistas.
Y aquí aparece algo que debería preocuparnos a todos.
Porque si el joven no consigue esa primera oportunidad, no solamente pierde un salario. Pierde también una parte de ese proceso mediante el cual se aprende a trabajar.
Y la inteligencia artificial entra justamente allí
No para que le tengamos miedo. Tampoco para que pensemos que va a resolverlo todo.
La inteligencia artificial puede escribir, resumir, traducir, analizar información, ayudar a estudiar, generar ideas y colaborar en innumerables tareas. Pero también puede hacer que determinadas actividades que antes realizaba un trabajador principiante ya no necesiten la misma cantidad de personas.
Eso está obligando a las empresas a repensar qué esperan de quienes recién ingresan.
Y hay una paradoja interesante. Mientras algunas tareas iniciales pueden automatizarse, también están adquiriendo más valor capacidades que siempre fueron humanas: pensamiento crítico, creatividad, comunicación, colaboración, empatía, capacidad de adaptación y criterio.
Entonces quizás la pregunta correcta no sea: “¿La inteligencia artificial les va a quitar el trabajo a nuestros jóvenes?”
Quizás debamos preguntar: “¿Qué clase de jóvenes queremos formar para un mundo donde la inteligencia artificial puede hacer cada vez más cosas?”
Porque una máquina puede ayudarnos a encontrar una respuesta. Pero todavía tenemos que enseñarles a nuestros jóvenes a preguntarse si esa respuesta es buena.
No todos llegan al cambio desde el mismo lugar
El fenómeno es mundial, pero el punto de partida no es el mismo para todos.
América Latina tiene sus propias dificultades. La Organización Internacional del Trabajo informó que el desempleo juvenil de la región bajó del 14,5% en 2023 al 13,8% en 2024, pero continúa siendo casi tres veces superior al desempleo de los adultos. La informalidad y la insuficiente creación de empleo estable continúan limitando las oportunidades de los jóvenes.
Esto nos obliga a mirar el problema con nuestros propios ojos.
No podemos copiar simplemente lo que hacen otros países. Tenemos que preguntarnos qué significa esta transformación para nosotros, para nuestros jóvenes, para nuestras familias y para nuestras comunidades.
Argentina también está dentro de esta transformación
Los números nacionales muestran una realidad que no podemos ignorar.
En el primer trimestre de 2026, el INDEC registró una tasa de desocupación general del 7,8% en los aglomerados urbanos relevados por la Encuesta Permanente de Hogares.
Pero detrás de una cifra hay personas.
Y detrás de cada joven que busca su primer trabajo hay mucho más que una estadística. Hay años de estudio, expectativas, una familia, una pregunta sobre el futuro y muchas veces también una mezcla de entusiasmo y temor.
Porque terminar la escuela significa, para muchos, entrar en una etapa completamente nueva.
Y nadie debería tener que entrar solo.
Ahora acerquémonos un poco más
Hasta aquí podríamos estar hablando de cualquier país.
Pero nosotros vivimos en una comunidad concreta. Tenemos una escuela, familias, trabajadores, comerciantes, profesionales, empresas e instituciones. Tenemos personas que todos los días hacen que Pujato sea Pujato.
Y tenemos jóvenes.
Muchos de ellos están viviendo exactamente la misma transformación que acabamos de describir.
El teléfono que tiene un chico de Pujato puede ponerlo en contacto con conocimientos, herramientas y oportunidades que están a miles de kilómetros. Pero también puede ponerlo frente a las mismas dificultades.
El mundo laboral no se detiene en la entrada del pueblo.
El cambio ya está acá.
Y entonces aparece una pregunta que quizás merezca ser pensada entre todos: ¿qué estamos haciendo para acompañar a nuestros jóvenes mientras se preparan para entrar en ese mundo?
No para decidir por ellos. No para decirles qué carrera deben estudiar. No para decirles qué trabajo deben elegir.
Sino para ayudarlos a conocerse, a prepararse y a descubrir que sus sueños necesitan algo más que entusiasmo.
Necesitan herramientas.
Hay algo en ellos que debemos cuidar
Los adultos conocemos muchas cosas que los jóvenes todavía no conocen. Conocemos dificultades, fracasos, puertas que se cerraron y decisiones que no salieron como esperábamos.
Y por eso, a veces, cuando hablamos con un joven sobre su futuro, nuestra primera reacción es advertirle: “Es difícil”, “hay mucha competencia”, “no es fácil conseguir trabajo”.
Todo eso puede ser cierto.
Pero hay algo que también es cierto: ellos todavía creen que pueden.
Y esa capacidad de creer no debería ser considerada ingenuidad. Puede ser una fuerza.
Nosotros vemos obstáculos. Ellos muchas veces ven posibilidades.
Nosotros podemos decir: “Eso es muy difícil”.
Y ellos pueden preguntar:
“¿Y por qué no?”
Quizás nuestra tarea no sea apagar esa pregunta.
Quizás sea ayudarles a encontrar las herramientas para intentar responderla.
Estudiar para algo más que conseguir un empleo
Estudiar debería servir para mucho más que aprobar materias. Debería ayudarnos a comprender, a pensar, a decidir, a convivir, a crear, a trabajar, a equivocarnos, a volver a empezar y a descubrir nuestras capacidades.
También debería ayudarnos a comprender nuestras limitaciones.
Porque el mundo que viene va a exigir conocimientos, pero también va a exigir personas capaces de seguir aprendiendo.
Una profesión puede cambiar. Una empresa puede cambiar. Una tecnología puede desaparecer y otra puede aparecer. Una tarea puede automatizarse y otra puede nacer.
Y quien haya aprendido solamente a hacer una cosa puede quedar desorientado.
Pero quien haya aprendido a aprender tendrá siempre una herramienta.
Por eso la formación de nuestros jóvenes no puede reducirse a prepararlos para un puesto de trabajo.
Tenemos que ayudarlos a prepararse para una vida de aprendizaje y adaptación.
La persona detrás del trabajador
Aquí aparece una cuestión que quizás sea todavía más importante.
Cuando hablamos del futuro laboral de un joven, no deberíamos mirar solamente al futuro trabajador. Tenemos que mirar a la persona.
A alguien que pueda ver, pero también aprender a mirar. Que pueda oír, pero también aprender a escuchar. Que pueda utilizar su inteligencia, pero también desarrollar criterio. Que pueda manejar una herramienta tecnológica, pero que no permita que esa herramienta piense por él.
Que pueda competir, pero que también sepa colaborar. Que quiera progresar, pero que no necesite pasar por encima de los demás para hacerlo. Que tenga ambiciones, pero también valores.
Que quiera ganar dinero, naturalmente, pero que pueda comprender que el trabajo también puede ser una manera de aportar algo a otros.
Porque algún día esos jóvenes serán trabajadores, pero también serán padres y madres, profesionales, comerciantes, empresarios, docentes, dirigentes, vecinos y ciudadanos.
Serán los adultos de nuestra comunidad.
Y entonces comprendemos que preparar a un joven para el mundo laboral es también comenzar a preparar la comunidad que tendremos mañana.
¿Y nosotros qué podemos hacer?
Esta pregunta no debería dirigirse solamente a los jóvenes. También nos corresponde a los adultos: a las familias, a la escuela, a quienes trabajan, a quienes generan empleo, a las instituciones, a los profesionales y a quienes tienen responsabilidades públicas.
Ningún sector puede resolver por sí solo un problema de esta magnitud.
La escuela tiene una tarea fundamental e irremplazable. Pero quizás la comunidad pueda acompañarla. No para reemplazarla, no para competir con ella, sino para ampliar sus posibilidades allí donde aparecen nuevas necesidades.
Pujato ya tuvo experiencias en ese sentido. La Comuna difundió anteriormente una iniciativa de orientación laboral para jóvenes de 18 a 24 años que incluía formación, apoyo en la búsqueda de empleo e intermediación laboral.
Eso demuestra algo importante: la preocupación por nuestros jóvenes ya existe.
Lo que está cambiando es el mundo en el que ellos tienen que desenvolverse.
Y cuando el mundo cambia, quizás también tengamos que preguntarnos qué nuevas formas de acompañamiento necesitan.
Tal vez podamos empezar antes
Antes de que un joven termine la escuela. Antes de que aparezca la primera frustración. Antes de que mande veinte currículums y no reciba respuesta. Antes de que descubra que aquello que estudió necesita nuevas habilidades. Antes de que tenga que aprender solo algo que podría haber aprendido acompañado.
Quizás podamos crear espacios donde nuestros jóvenes puedan conversar sobre su futuro.
No solamente sobre carreras. Sobre ellos mismos, sobre sus capacidades, sus intereses y sus posibilidades. Sobre el trabajo, sobre cómo presentarse, cómo buscar una oportunidad, cómo enfrentar una entrevista, cómo construir experiencia y cómo utilizar la inteligencia artificial sin convertirse en dependientes de ella.
Sobre cómo emprender. Sobre cómo transformar una idea en un proyecto. Sobre cómo trabajar con otros. Sobre cómo equivocarse.
Y, fundamentalmente, sobre algo que quizás pocas veces nos atrevemos a preguntarles:
¿Qué sueño tienen y qué necesitan aprender para acercarse a él?
Una comunidad también educa
Quizás esta sea una idea que merezca nuestra atención.
La educación no ocurre solamente dentro de las paredes de una escuela.
Una comunidad también educa.
Educa cuando ofrece oportunidades, cuando escucha, cuando acompaña, cuando abre puertas y cuando permite que un joven conozca a alguien que hace aquello que él sueña hacer.
Educa cuando un trabajador comparte su experiencia, cuando una empresa ofrece una primera oportunidad, cuando un profesional dedica un tiempo a orientar y cuando una institución decide que sus jóvenes son importantes.
Educa cuando un adulto le dice a un chico:
“Yo creo que podés.”
Tal vez esa frase, dicha en el momento correcto, tenga un valor mucho mayor del que imaginamos.
¿Y si Pujato se hiciera una pregunta?
No una pregunta enorme.
Una pregunta sencilla:
¿Podemos hacer algo más por nuestros jóvenes?
Quizás la respuesta sea sí.
Quizás no tengamos todas las respuestas. Quizás tampoco tengamos un modelo perfecto. Pero las comunidades no siempre necesitan tener todo resuelto para comenzar.
A veces necesitan solamente reconocer una necesidad y decidir que vale la pena ocuparse de ella.
Podría ser un espacio, un encuentro, un taller, una experiencia de formación complementaria, un lugar donde diferentes personas aporten lo que saben.
La escuela desde su experiencia educativa. Las familias desde el acompañamiento. Los trabajadores desde su experiencia real. Los profesionales desde sus conocimientos. Las instituciones desde sus posibilidades.
Y los propios jóvenes desde algo que nadie puede aportar por ellos:
sus sueños.
Quizás el futuro empiece mucho antes de lo que pensamos
Un joven que hoy aprende a presentarse frente a otra persona puede mañana presentarse frente a un empleador. Uno que aprende a pensar críticamente puede mañana tomar una decisión importante. Uno que aprende a utilizar correctamente una herramienta de inteligencia artificial puede mañana tener una ventaja. Uno que aprende a trabajar con otros puede mañana formar un equipo.
Uno que aprende a levantarse después de un fracaso puede mañana sostener un proyecto.
Uno que descubre que tiene capacidades que desconocía puede cambiar la manera en que mira su propia vida.
Y quizás por eso vale la pena pensar en la formación de nuestros jóvenes no como un gasto más, sino como una inversión en el futuro de todos.
Porque cada joven que ayudamos a crecer es una persona que mañana podrá aportar algo a su familia y a su comunidad.
No sabemos exactamente qué mundo encontrarán
Y quizás esa sea una de las cosas que más deberíamos aceptar.
No sabemos exactamente qué trabajos existirán dentro de diez o quince años. No sabemos qué tecnologías aparecerán, qué profesiones cambiarán, cuáles desaparecerán y cuáles nacerán.
Pero sí podemos saber algo.
Necesitaremos personas capaces de aprender.
Personas capaces de pensar, adaptarse, crear, convivir, trabajar, cuidar, imaginar y perseverar. Personas que puedan utilizar la tecnología sin perder su humanidad.
Y eso sí podemos comenzar a formar hoy.
Entonces, ¿qué hacemos?
Tal vez esa sea la pregunta que deba quedar flotando después de leer estas páginas.
No: “¿Quién tiene la culpa?”
No: “¿Quién debería hacerlo?”
Ni siquiera: “¿Cuánto costaría?”
Quizás la primera pregunta sea mucho más sencilla:
“¿Vale la pena hacerlo?”
Y mirando a nuestros jóvenes, creo que la respuesta debería ser bastante fácil.
Sí.
Vale la pena.
Vale la pena porque ellos todavía están construyendo su camino. Vale la pena porque todavía tienen tiempo para descubrir capacidades que ni siquiera saben que poseen. Vale la pena porque todavía pueden equivocarse y aprender. Vale la pena porque todavía creen.
Vale la pena porque mañana serán los adultos que recibirán la comunidad que nosotros les dejemos.
Y si alguna vez nos preguntamos qué podemos hacer por ellos, quizás no necesitemos comenzar con algo gigantesco.
Quizás podamos comenzar con algo pequeño.
Pero hacerlo bien.
Hacerlo juntos.
Y hacerlo ahora.
Una posibilidad queda abierta
No sé si una comunidad pequeña puede adelantarse a problemas que preocupan al mundo entero. No sé si una experiencia local puede convertirse en ejemplo. No sé si todo saldrá bien desde el primer intento.
Pero sí sé que las grandes transformaciones muchas veces comienzan de una manera bastante sencilla: alguien se anima a preguntar si es posible.
Y alguien más responde:
“¿Por qué no?”
Tal vez Pujato pueda hacerse esa pregunta.
Tal vez pueda mirar a sus jóvenes y decirles:
“Sabemos que el mundo que viene será diferente. No podemos prometerles que será fácil. Pero podemos acompañarlos para que lleguen a él mejor preparados.”
No para decirles qué deben ser, sino para ayudarlos a descubrir quiénes pueden llegar a ser.
No para quitarles sus sueños, sino para darles herramientas con las cuales puedan defenderlos.
No para construir por ellos el futuro, sino para ayudarlos a construirlo.
Porque los jóvenes no son solamente el futuro.
Son el presente que estamos formando.
Y algún día, inevitablemente, serán los adultos que continuarán la historia de esta comunidad.
Quizás entonces podamos mirar hacia atrás y descubrir que una decisión tomada cuando eran jóvenes ayudó a cambiar muchas vidas.
Quizás una familia pueda decir: “A mi hijo lo acompañaron cuando estaba buscando su camino.”
Quizás un docente pueda pensar: “La tarea educativa encontró nuevas formas de llegar más lejos.”
Quizás un joven pueda recordar: “Alguien creyó que valía la pena prepararme antes de que yo tuviera que enfrentarme solo al mundo.”
Y quizás, algún día, alguien que haya tenido la posibilidad de tomar una decisión pueda mirar a todos esos jóvenes y pensar:
“Fuimos parte de esto.”
No hace falta saber hoy exactamente hasta dónde puede llegar una iniciativa.
Alcanza con mirar a quienes podrían beneficiarse de ella.
Y preguntarnos, sinceramente:
¿Qué pasaría si empezáramos?
Porque tal vez el verdadero riesgo no sea intentar algo nuevo y equivocarnos.
Tal vez el verdadero riesgo sea mirar cómo cambia el mundo y descubrir, dentro de algunos años, que podríamos haber hecho algo...
y no lo hicimos.
Los jóvenes están ahí. Están estudiando, están soñando, están esperando su oportunidad.
Y quizás nosotros tengamos la posibilidad de acompañarlos un poco mejor de lo que alguien acompañó a muchos de nosotros cuando éramos jóvenes.
No para vivir por ellos.
No para decidir por ellos.
Simplemente para que, cuando llegue el momento de abrir la puerta del mundo que viene, puedan hacerlo con los ojos abiertos, la mente preparada, el corazón firme y los sueños intactos.
Tal vez valga la pena intentarlo
Profesor Rodolfo Edgardo Franco