Jardín de Infantes Colmena Azul

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Colmena Azul es una propuesta pedagógica comunitaria, sin fines de lucro; para niños de 3 a 6 años de edad; que, con orientación Waldorf, propone a los niños espacios de juego, cocina, música, jardinería, pintura, modelado, con un ritmo armonioso.

15/05/2026

A veces, cuando vemos a un niño disperso, inquieto o con dificultades para entender una consigna, nos centramos sólo en "lo que le pasa en la cabeza". Pero el aprendizaje no es algo que sucede únicamente de las cejas para arriba. Es el resultado de un entramado de procesos que se interpenetran continuamente.

Comenzamos a poner nuestra atención en los procesos vitales, tuvimos un acercamiento a la respiración y al calentamiento (puede buscarlos en este mismo album), sólo puertitas a partir de las cuales usted pueda hacer su propia investigación y experimentación. porque leer no es suficiente.

​Hoy volveremos un poquito sobre el calentamiento, entendiendo que no es algo aislado, veámoslo como el combustible que permite que todo lo demás funcione. La vida necesita calor.

Los procesos vitales son ​una red donde todo se toca.
​Para que podamos entenderlo, los separamos en nombres distintos, pero en la realidad actúan como uno solo. Piénselo así:
​Sin calor no hay digestión: El cuerpo necesita fuego interno para "cocinar" y transformar los alimentos en nutrientes. Si un niño tiene frío, su energía se retira de los órganos digestivos para proteger el centro. Una digestión pesada o deficiente por falta de calor interno nos deja sin la vitalidad necesaria para pensar con claridad.

​Sin calor no hay presencia (o sin presencia no hay calor): La respiración trae el aire, el calentamiento utiliza ese aire para encender la chispa del interés.

​Cuando el proceso vital del calentamiento está fuera de equilibrio, ocurre un fenómeno muy común en el aula o en casa: la pérdida de fuerzas de atención.
​Si el cuerpo de un niño está luchando por mantener su temperatura o por procesar una comida que no pudo "calentarse" bien, su organismo entra en un modo de supervivencia silencioso. En ese estado, la atención imprescindible para el aprendizaje simplemente se apaga o se fragmenta. No es que el niño "no quiera" atender; es que sus fuerzas vitales están ocupadas en el sótano del edificio, tratando de que la caldera no se apague, y no pueden subir a iluminar el pensamiento.
Piense esa situación en usted mismo/a, en algún momento en que usted se siente mal, con náuseas, con deseos de ir al baño, y alguien trata de conversar o de explicarle algo... puede usted atender en ese momento? Los niños viven esto muchas veces sin poder explicarlo (especialmente los más pequeños), porque hay diferentes malestares que acechan en el cuerpo.

Este texto no intenta enséñarle nada, es una invitación a mirar el entramado de los procesos vitales, algo que no siempre se mira cuando se acompaña a un niño con dificultades para aprender.

​A menudo, lo que etiquetamos como "problemas de aprendizaje" son en realidad gritos de auxilio de un proceso vital que ha perdido su ritmo. Un niño bien "abrigado" —física y anímicamente— es un niño que tiene sus fuerzas disponibles para el mundo.

​Reflexionemos:
​¿Estamos observando el entramado completo?
​¿Somos conscientes de que esa pesadez después de comer, o esas manos frías antes de empezar la tarea, son los verdaderos límites de su atención?
​¿Sabemos cómo ayudar a que ese fuego interno sea lo suficientemente fuerte para que el aprendizaje sea un acto de alegría y no un esfuerzo agotador?
​El calor es la base de la plasticidad. Donde hay calor, hay vida capaz de transformarse y aprender.

Si le interesa este tema le invito a profundizar en: Los siete procesos vitales, de Philipp Gelitz y Almuth Strehlow.

15/05/2026

Sigamos hablando de procesos vitales.

Continuemos un poquito más con el calentamiento, en el álbum podrá encontrar el artículo anterior.

​¿Dónde se quedó el calorcito de nuestros niños?
​¿Recuerda usted, cuando era pequeña/o, esa sensación de llegar a casa de la abuela y que ella, casi sin mirarla, le tocara las manos y le dijera: "-¡Pero m'hija, usted está helada!-"? Enseguida aparecía una mantita de lana, un té tibio o el calor de la cocina a leña. Sí , yo tengo tantos años como para ser una de esas nietas que disfrutó de las cocinas a leña de sus dos abuelas🥰.

Esas abuelas sabían algo que hoy, entre tantas pantallas y apuros, se nos está olvidando: el pensamiento no florece en el frío. Y no hablamos de frío estacional.

​A veces vemos a los chicos en la escuela o en casa que "están pero no están". Los llamamos, les explicamos tres veces la misma tarea, y parece que la información les "rebota".
Nos preocupamos, pensamos en diagnósticos o en falta de atención, pero, ¿se ha detenido usted a sentirles los pies o las manos en ese momento?
​Si un niño tiene frío —ese frío que a veces ni se nota porque están quietos frente a un juego— su cuerpo entra en un "modo ahorro". Y, claramente no hablamos de tener frío porque hay una baja temperatura, hablamos de la temperatura corporal . Todas sus fuerzas se van hacia adentro para que el motor no se apague, y entonces no queda nada para el alma. El interés, ese fuego que nos hace brillar los ojos cuando aprendemos algo nuevo, necesita una temperatura especial. Sin ese calorcito interno, el mundo se vuelve algo ajeno, algo que no logramos "abrazar" ni entender.

​Usted lo sabe por experiencia: cuando usted tiene frío o está destemplada/o, no tiene ganas de crear, ni de charlar, ni de aprender nada difícil; sólo quiere acurrucarse. Al niño le pasa igual, pero él no sabe cómo expresar lo que le pasa en ese sentido.

​Por eso, antes de exigirles que atiendan o que entiendan, fijémonos si determinados procesos vitales ya han madurado, y si esos pequeños están bien "envueltos". Y no hablo de un abrigo de lana —que ayuda muchísimo— sino de ese clima que generamos con un ritmo tranquilo, con coherencia entre lo que decimos y hacemos, con una caricia sincera , con el movimiento que nace de jugar de verdad. Cuando el niño está tibio por dentro, su pensamiento se vuelve maleable, se vuelve capaz de transformarse y de asimilar la vida.

​La próxima vez que note a su niño disperso, haga como hacían nuestras abuelas: tóquele las manos (las maestras Waldorf tienen está amorosa práctica). Quizás la solución a ese "problema de aprendizaje" sea simplemente ayudarlo a que su fuego interior vuelva a encenderse para que pueda, por fin, habitar su cuerpo y su mente con alegría.

Tal vez ayude también tener en cuenta que pensar es un proceso que enfría, hacer da calor y sentir nos permite equilibrar esos dos polos. Está aquí un gran punto de ayuda para quienes acompañamos niños/as y creamos o proponemos sus rutinas.

Y claro que no me despediré sin recordarle que lo primero es preguntarnos sobre nuestro propio proceso de calentamiento. Cómo está ahora mismo su cuerpo? No podemos ayudar a quienes acompañamos, si primero no nos ayudamos a nosotros mismos. Especialmente cuando se trata de niños que aprenden todo por imitación.

Si desea profundizar le sugiero : Los siete procesos vitales, de Philipp Gelitz y Almuth Strehlow.

Namaste🙏

15/05/2026

Hablemos hoy de otro proceso vital: la Nutrición:

​¿Se han puesto a pensar alguna vez qué sucede realmente cuando comemos? A veces creemos que el cuerpo es como un tanque de nafta que hay que llenar. Pero en verdad es un proceso vital mucho más misterioso e interesante.

​Nutrirse no es "incorporar" cosas. Es algo mucho más activo y, si se quiere, un poco dramático.
​De muchas formas de trata de destruir para crear algo nuevo que es parte de nosotros mismos.

​El mecanismo "técnico" de la nutrición es fascinante: para que una manzana se convierta en "usted", primero debe ser completamente destruida como manzana.
​Cuando ingerimos un alimento, el organismo debe vencer esa sustancia extraña, desarmar su estructura hasta que no quede nada de ella. Sólo entonces, en ese punto cero, la individualidad del que come puede tomar esas fuerzas y reconstruir algo nuevo que sea, verdaderamente, parte de su propio cuerpo. Es un acto de asimilación donde el "yo" triunfa sobre lo ajeno. Si no somos capaces de vencer esa sustancia, ella nos vence a nosotros, y nos sentimos pesados o enfermos.

También podríamos hablar de ​hambre y empacho sensorial.
​Y aquí es donde este proceso vital se vuelve tan importante para quienes cuidamos la infancia. La nutrición no ocurre solo en la panza por lo que comemos por la boca. Todo lo que entra por los sentidos también es "alimento" que debe ser digerido.
​Una imagen muy fuerte en una pantalla, un ruido ensordecedor o una situación de estrés constante, son como comidas muy pesadas que el niño debe "desarmar" anímicamente.
​Al igual que con la comida, los niños pueden tener hambre de experiencias sensoriales rítmicas y nutritivas (como una canción de cuna o el contacto con la naturaleza). Y, lamentablemente, también pueden sufrir de un empacho anímico cuando los bombardeamos con más impresiones de las que sus fuerzas vitales pueden asimilar. Un niño empachado de sensaciones es un niño que pierde su vitalidad y su capacidad de asombro.

Perder la capacidad de asombro es algo muy grave, ya no hay nada que realmente pueda interesarnos porque nada puede sorprendernos. Sin interés tampoco hay calor, sin calor no hay atención, no hay aprendizaje...

Ha perdido usted la capacidad de asombro en algún aspecto de la vida?

Para pensar hasta que sigamos profundizando en relación a este proceso vital: Cómo nos estamos nutriendo? Cómo estamos nutriendo a quienes acompañamos? Tenemos en cuenta la nutrición anímica y espiritual?

Había pensado en la nutrición como un proceso para convertir el mundo en usted mismo/a?

15/05/2026
15/05/2026

Aprender es, en el fondo, "digerir" el mundo.

¿Alguna vez se sintió tan llena/o después de una comida pesada que no podía ni pensar? Bueno, a nuestros niños les pasa lo mismo con el aprendizaje, pero de una forma mucho más sutil y profunda.

Si pudiésemos comprender que la Nutrición es el cimiento de cualquier posibilidad de aprender, otros serían los alimentos que propondríamos a nuestros hijos, nietos, estudiantes...

El conocimiento "masticado" no alimenta.
Para que un niño aprenda algo de verdad, no basta con que lo escuche o lo repita. Tiene que ocurrir lo mismo que con la comida: el niño debe tener la fuerza vital para "desarmar" ese concepto y volverlo a construir con sus propias palabras, con su propio sentir.

Si le damos todo listo y masticado: El niño no hace el esfuerzo de asimilar. Es como si le diéramos una papilla eterna; sus fuerzas de "digestión mental" se debilitan y el conocimiento se queda ahí, en la superficie, como algo extraño que se olvida apenas termina el examen.

Si lo sobrecargamos: Cuando llenamos el día de un niño con demasiada información, demasiadas actividades o demasiadas pantallas, lo "empachamos". Un organismo que está luchando por digerir un exceso de impresiones sensoriales no tiene energía sobrante para la curiosidad. La atención se vuelve pesada, lenta, igual que nos pasa a nosotras/os después de un banquete excesivo.

Aprender es un acto de valentía del organismo. El niño toma algo que no es suyo (una letra, un número, una historia) y lo transforma en "su" saber. Pero para que esa transformación ocurra, necesitamos que sus procesos vitales estén tranquilos.

Si el niño está mal nutrido —y no hablo solo de comida, sino de impresiones de mala calidad o falta de ritmo—, su capacidad de aprender se resiente. No es que "no pueda", es que su fuerza de asimilación está agotada tratando de lidiar con lo que no puede digerir.

Para que reflexionemos hoy en casa o en el jardín o en la escuela:

¿Le estamos dando al niño el "hambre" de aprender, o lo estamos obligando a comer conocimientos cuando todavía no terminó de digerir los anteriores?

¿Estamos dejando espacios de silencio y juego libre? Esos son los momentos donde el alma hace la digestión de lo aprendido.

¿Somos capaces de ver que un niño que "no atiende" quizás solo está pidiendo un respiro para poder asimilar lo que ya recibió?

Nutrir el aprendizaje es mucho más que dar información; es cuidar que el niño tenga la fuerza interna para transformar esa información en sabiduría propia.

Por otra parte, si un niño no está pudiendo aprender, no está pudiendo digerir. Observemos también la digestión propiamente dicha, cómo le está yendo con eso? Un niño que presenta estreñimiento o diarreas continuas, cómo procesos crónicos, seguramente presentará problemas de aprendizaje, todo está relacionado.

Cómo siempre le digo, estas son sólo puertitas para que usted investigue, profundice...sin olvidar que cada niño es el libro que debemos leer.

Fuente: Los siete procesos vitales, de Philipp Gelitz y Almuth Strehlow.

15/05/2026

A todo nivel vivimos tiempos difíciles.
La pregunta es: Han habido tiempos fáciles?​

"Es necesario tener esperanza, pero tener esperanza del verbo esperanzar; porque hay personas que tienen esperanza del verbo esperar.
​Y la esperanza del verbo esperar no es esperanza, es espera.
​Esperanzar es levantarse, esperanzar es ir tras, esperanzar es construir, ¡esperanzar no es rendirse! Esperanzar es seguir adelante, esperanzar es juntarse con otros y otras para hacerlo de otro modo..."
Paulo Freire

15/05/2026

¿Sabía que la digestión esta conectada con el pensamiento?

​¿Recuerda usted alguna tarde de esas en las que, después de un almuerzo muy pesado, intentó leer algo o hacer una cuenta y sentía que la cabeza no le daba? Esa sensación de "neblina" no es casualidad. La digestión no termina en la panza; se transforma en fuerza para pensar.
​Hay un puente entre la digestión y la atención.
​Usted puede imaginarlo así: digerir es un proceso de transformación profunda. El cuerpo toma lo que ya asimiló y lo convierte en algo tan sutil que llega a alimentar nuestra capacidad de concentración y memoria.

​Si la digestión de un niño está sobrecargada —ya sea por comida de mala calidad, por comer apurado o por estar "empachado" de impresiones sensoriales—, ocurre un robo invisible. Sus fuerzas vitales, que deberían estar disponibles para que el niño pueda comprender una suma o seguir un cuento, tienen que quedarse "allá abajo", trabajando horas extras para resolver ese lío digestivo.

​Un niño con una digestión pesada es un niño cuya atención está secuestrada. No es que sea "distraído" o "flojo"; es que su organismo está agotado resolviendo un proceso biológico que no fluye.

Esto es algo que todos los actores educativos deberían saber, sin embargo, sólo ver un kiosco escolar contradice esa idea. Alguien que entiende que el aprendizaje depende en gran medida de la alimentación, no facilita a los niños colora tés y azúcares en los recreos. O si?

​La digestión es la base del aprendizaje activo.
​Aprender no es guardar datos en un cajón; es digerir ideas. Si el proceso físico de la digestión no está sano, al niño le costará horrores hacer ese mismo proceso a nivel mental:
​Le costará analizar (que es como desarmar el alimento).
​Le costará sintetizar (que es como absorber lo bueno).

​Cuando no cuidamos lo que el niño ingiere —y aquí volvemos a lo de siempre: comida real, ritmos tranquilos, menos pantallas—, estamos, sin quererlo, poniéndole piedras en el camino de su aprendizaje. Un niño que vive "indigesto" anímicamente, difícilmente podrá tener un pensamiento claro y despierto.

​Hoy, le invito a pensar y sentir:
​¿Hemos notado cómo cambia el humor y la atención de nuestros niños según lo que han "digerido" ese día?
​¿Somos conscientes de que un momento de paz después de comer es, en realidad, una inversión en su capacidad de estudiar más tarde?
​¿Podemos ver que cuidar su panza es, en última instancia, cuidar su libertad para aprender?

​La digestión es el fuego que cocina el futuro pensamiento. Si el fuego está ahogado por cenizas, la luz de la inteligencia tarda más en encenderse.

Sugerencia para profundizar: ​ Los siete procesos vitales, de Philipp Gelitz y Almuth Strehlow.

15/05/2026
Los adultos podemos saber mucho de un niño observando su respiración. Y es nuestra responsabilidad enseñarle a respirar ...
23/04/2026

Los adultos podemos saber mucho de un niño observando su respiración. Y es nuestra responsabilidad enseñarle a respirar preparando un buen ritmo diario, teniendo nosotros un respirar tranquilo, adecuado a cada momento...
La Pedagogía Waldorf nos permite ver muchas cosas que están a la vista pero no son observadas.

Suelo hablar de no ver lo obvio, algo que nos puede pasar cuando observamos niños para acompañar su crecimiento, desarrollo y aprendizajes...

Algo que no siempre se observa es este proceso vital tan especial que iremos desmenuzando para tratar de acercanos a descubrir cómo atraviesa toda la biografía de cada ser humano.

Respirar es el gesto más íntimo de nuestra existencia y, a la vez, el más universal. Es el puente tendido entre lo que llamamos "yo" y lo que llamamos "mundo". Para comprender este proceso vital, le invito a no sólo leer estas palabras, sino a sentirlas ocurrir en su propia estructura.

1. El Gesto de la Inhalación: Recibir el Mundo
Al inhalar, usted no sólo introduce aire; usted permite que el entorno penetre en su interioridad.

Observe ahora: ¿Cómo se expande su pecho? En este instante, la atmósfera deja de ser algo externo para convertirse en su propia sangre. El mundo se hace "usted". Inhalar es un acto de confianza, una apertura donde el afuera es bienvenido para nutrir la vida.

2. El Punto de Inflexión: La Pausa
Existe un milisegundo, justo cuando los pulmones están colmados, donde el movimiento se detiene.

Haga la prueba: Al final de su próxima inhalación, perciba ese silencio absoluto. Es el momento de la transmutación. En esa quietud, lo que recibió se procesa y se prepara para ser devuelto, transformado.

3. El Gesto de la Exhalación: Entregarse al Todo
Exhalar es el desprendimiento. Es el momento en que usted devuelve al mundo algo que ya ha sido tocado por su calor interno, por su esencia.

Sienta el vaciado: Al soltar el aire, usted se contrae, regresa a su centro. Es un ejercicio de entrega y humildad: reconocemos que no podemos retener nada para siempre. Al exhalar, usted se diluye en el entorno.

4. El Vacío Necesario: La Pausa en la Nada
Al final de la exhalación, surge un nuevo vacío. No es una carencia, sino el espacio necesario para que el ciclo vuelva a comenzar.

Note el espacio: Es en este vacío donde reside la libertad. Solo quien es capaz de vaciarse por completo tiene la capacidad de recibir algo nuevo.

Para la reflexión personal:
La respiración es un ritmo constante de Dar y Recibir. Si usted intenta retener el aire demasiado tiempo, se ahoga; si intenta solo exhalar sin inhalar, se agota.

¿En qué momento de su propio proceso vital se encuentra hoy? ¿Está en la fase de apertura y recepción, o es momento de soltar y permitir que el ciclo se renueve? Comprender la respiración es, finalmente, aprender a fluir con el ritmo de la vida misma.

Comprender la respiración como el proceso vital que es, le ayudará a entender muchos aspectos de los procesos en las personas que acompaña en rol de padre, abuelo, docente, terapeuta...

Me gustaría ver sus comentarios, y nos encontraremos en el próximo artículo para seguir hablando de la respiración.

Si quiere profundizar: Los siete procesos vitales (Philipp Feliz y Almuth Strehlow)editorial Dorothea.

En Colmena Azul y en todos los espacios que proponemos tenemos en cuenta esto. Todo lo que rodea al niño debe ser cuidad...
23/04/2026

En Colmena Azul y en todos los espacios que proponemos tenemos en cuenta esto.
Todo lo que rodea al niño debe ser cuidadosamente preparado, incluso nuestros estados de ánimo, nuestros pensamientos, nuestras intenciones al hacer algo...

Cuando hablamos de envolturas , en Pedagogía Waldorf nos referimos a mucho más que envolver el cuerpo con mantas...

Una de las principales envolturas es el Actuar con Sentido: brindarle al niño Un Mundo Digno de ser Imitado.

La primera envoltura que el niño recibe de nosotros se genera a través de nuestra propia conducta: nuestros gestos, nuestro actuar y nuestra alegría al realizar las tareas del hogar o del jardín.

Rudolf Steiner recordaba que es misión de quienes acompañamos a la infancia dar a los trabajos de la vida formas tales que puedan fluir naturalmente hacia los juegos de los niños. Cuando limpiamos, ordenamos o preparamos el alimento con serenidad y sin apresuramientos, estamos creando un mundo digno de ser imitado.

No tan sólo importa lo que hacemos, sino especialmente"cómo lo hacemos":

Si nuestra meta es solamente "terminar rápido" para librarnos de la tarea, el niño lo percibe y su juego se desorienta. En cambio, si nos entusiasmamos con las labores cotidianas, esa alegría se irradia. Al vernos planchar, coser o lavar con dedicación, el niño encuentra el equilibrio y una invitación abierta a la colaboración creativa.

De alguna manera somos los libros que los niños leen en sus primeros años para aprender a vivir, ellos aprenden imitando...Cuando vemos en el comportamiento algo que debería ocuparnos, lo primero debería ser pensar a quién está imitando.

Pensemos ahora: Cómo estamos envolviendo a nuestros niños con nuestras actividades? Somos adultos dignos de imitar? Qué les transmitimos con lo que hacemos?

Y, a no olvidar que ellos perciben lo que pensamos, lo que sentimos, a ellos no podemos engañarlos...

Una responsabilidad total, ser adultos dignos de imitar es ofrecer una envoltura amorosa...

Pero no crea que tenemos que ser perfectos, vamos a equivocarnos muchas veces, y eso también aprenderán, a superar errores con responsabilidad y coraje o como lo hagamos nosotros.. Lo que los niños necesitan es que siempre estemos intentando superarnos a nosotros mismos, eso es un inmenso regalo.

Sigamos intentándolo!

23/04/2026

¿Qué nos hacía sentir protegidas/os de niñas/os?

¿Se ha detenido alguna vez a observar qué es lo que realmente protege a un niño pequeño? Más allá de las paredes de una casa, existe una envoltura invisible que debe brindar protección frente al embate del mundo exterior, permitiendo que en su interior algo prospere con orden y cuidado.

La envoltura más perfecta se forma mediante el calor. No hablamos solo de la vestimenta o de una habitación templada; hablamos del plano anímico. Cuando nuestro amor hacia ellos es verdadero y fluye cálidamente, ese sentimiento "empolla" literalmente las formas de sus órganos físicos.

Cuesta entender esto, porque sabemos que el amor es importante, pero no logramos comprender su alcance, tan alto y tan profundo, que impacta en el desarrollo orgánico. Nuestra responsabilidad es tan grande!!!

Para usted, madre padre, abuela/o o maestra/o:

¿Recuerda el calor de las manos que le cuidaron? Qué hacían mientras cuidaban de usted? Qué hace usted cuando cuida a sus niños?

No alcanza con que nuestro cuerpo esté presente, esa es sólo una parte nuestra, y si no estamos en el cuerpo el niño puede sentir frío de maneras sutiles... Porque el calor lo dan nuestra presencia, estar ahí para él o ella, viéndolo/a de verdad, con interés...

No sé si ya le ha pasado, pero yo he visto a niños reclamar atención a adultos que aparentemente estaban con ellos en ese momento.

Cómo madre aprendí a notar el reclamo, en tiempos en los que las distracciones eran internas o de trabajo. Y si aprendí fue porque no estaba atendiendo lo suficiente y recibir el llamado de atención de un niño es fuerte.

Cómo cuidadores o acompañantes de la infancia necesitamos saber que: cuando nuestros pensamientos participan plenamente de nuestros actos, estamos creando calor, estamos envolviendo sanamente a los pequeños.

Ese esfuerzo por hacer lo que reconocemos como correcto, aunque sea una tarea pequeña, es la forma más pura del amor y su impacto es inconmensurable.

Seguiremos hablando de envolturas, tiene usted algo para compartir?

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