19/01/2025
El niño en la playa
En la playa, el pequeño explorador de arenas doradas se sumerge en el vasto océano de posibilidades. Sus pies descalzos, como timones intrépidos, trazaban líneas en la orilla, dejando tras de sí una cartografía de huellas que contaba la historia de sus travesías.
Las olas, risueñas como cuentacuentos, extendían sus brazos líquidos para acariciar los tobillos del niño, como si le susurraran secretos de sirenas y tesoros escondidos. La espuma, cual nube de algodón salado, se deslizaba hacia la costa como risas de dioses traviesos.
Entre las dunas, el niño descubriría caracolas como tesoros olvidados, pequeñas cápsulas del tiempo que guardaban los murmullos del mar en su interior. Cada una era un eco de historias lejanas, un portal mágico que lo transportaba a mundos imaginarios mientras la brisa tejía sueños en su cabello.
Los castillos de arena, erigidos con la paciencia de un arquitecto en ciernes, se alzaban como fortalezas efímeras, protegiendo caparazones y secretos. El sol, farolero del día, lanzaba resplandores dorados sobre el océano, convirtiendo las olas en destellos de diamantes danzantes.
Las gaviotas, como cometas libres en el cielo, eran testigos de las travesuras del niño, compartiendo sus risas con el viento que llevaba consigo sus sueños. El horizonte, un lienzo infinito de promesas, se extendía ante él como una invitación a explorar más allá de lo conocido.
Así, el niño en la playa, envuelto en la magia de metáforas tejidas por la naturaleza, se convertía en el protagonista de un cuento infinito, donde cada grano de arena era una palabra y cada ola, un capítulo que lo sumergía en la maravilla eterna. de la infancia frente al vasto océano del mundo.
N. Viola