Escuela de Arte de Mercedes EAM

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Somos un Instituto Terciario público y gratuito que prepara profesores nacionales de Artes Visuales.

26/05/2026
08/05/2026

El proximo sabado 16 de mayo a las 19. Hs, nuestro ex profesor de la escuela de arte, Axel Libenson, brindará una charla en el ccolegio de arquitectos sobre Miguell Angel y la boveda de la Capilla Sixtina. Los esperamos!

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Ultima egresada del año! Felicitaciones Rebeca!

10/12/2025

🎓Acto de colación + Muestra de fin de año 🎨

🗓️ VIERNES 19 DE DICIEMBRE. 19hs

07/12/2025

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El 6 de febrero de 1918, Gustav Klimt murió en Viena. Egon Schiele, su discípulo más brillante, fue a despedirlo en la morgue del Hospital General. Dibujó su rostro sin vida en tres ángulos distintos. Los celadores le habían afeitado la barba. No lo reconoció de inmediato. Aquel trazo fue un acto íntimo de duelo, pero también una declaración: el alumno despedía al maestro, justo cuando su propia fama alcanzaba su punto más alto.

Once años antes, Schiele era un adolescente tímido que admiraba fanáticamente a Klimt. Lo buscó, lo abordó, le mostró sus dibujos. Klimt no solo lo escuchó: le compró obras, le presentó a modelos y coleccionistas, y le ofreció algo aún más valioso que la fama: legitimidad. En una Viena donde el arte era un campo de poder, Klimt lo acogió sin reservas.

Ese vínculo maestro-discípulo fue más espiritual que formal. Aunque Schiele desarrolló un estilo más crudo y perturbador, nunca dejó de dialogar con Klimt. En Los ermitaños (1912), Schiele se autorretrata junto a una figura más madura: se cree que es Klimt. Ambos llevan hábitos oscuros, fundidos en un solo cuerpo, como si compartieran alma.

Mientras Klimt sublimaba el deseo con oro y arabescos, Schiele lo desnudaba hasta el hueso. Sus cuerpos son nerviosos, sus manos tensas, sus ojos vacíos. Pero el hambre de lo esencial los unía. Ambos buscaron en el erotismo, la muerte y el cuerpo humano algo más que belleza: buscaban verdad.

Tras la muerte de Klimt, el Pabellón de la Secesión consagró su 49ª exposición a Schiele. Tenía solo 27 años. En la cúspide de su carrera, con un lenguaje ya maduro, exhibía obras como La familia (1918), donde la figura paterna es un Schiele pensativo, la madre es su esposa Edith y el niño —aún no nacido— parece flotar como un espectro. Un cuadro premonitorio.

La pandemia de gripe española avanzaba sin tregua. En octubre, Edith murió embarazada. Tres días después, Schiele también. En apenas nueve meses, Viena perdió a Klimt, Otto Wagner, Koloman Moser y Schiele: el corazón de su modernidad artística. La generación dorada se extinguía en silencio.

Hoy es imposible entender a Schiele sin Klimt, y viceversa. Sus obras dialogan a través del tiempo: el dorado hierático de El beso se enfrenta al trazo vulnerable de La muerte y la doncella; los cuerpos idealizados de uno contrastan con las carnes abiertas del otro. Son extremos de una misma búsqueda: el alma humana.

La historia de Schiele es trágica, sí, pero también luminosa. Es la historia de un joven que, en una década breve, transformó el arte europeo. Y de un maestro que supo ver más allá del escándalo o la forma. En sus dibujos, Klimt vive. En su legado, Schiele trasciende. Juntos tejieron una intimidad artística que aún nos confronta.

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