07/03/2024
Produje este breve texto por pedido de Ipa Argentina: Asociación Internacional por el Derecho del Niño/a a jugar. Hoy lo comparto nuevamente.
TRES NENAS
Club en Parque Camet. Sábado por la mañana. Un sol de invierno apenas suficiente. Las divisiones infantiles de rugby juegan los sábados por la mañana. Padres al costado de la cancha, apiñados alrededor del mate y los bizcochitos. Hijos que corren a las órdenes de los entrenadores haciendo la entrada en calor.
A los lejos, cruzando las canchas pobladas de otros chicos, se ve venir a los integrantes de la división invitada para jugar con nuestros hijos. Parece que nada va a alterar la rutina de un sábado en el club. Poco a poco se van acercando hasta las canchas donde juegan los infantiles. De pronto, y a la manera de las películas de Hollywood sobre eventos catastrófico, que comienzan mostrando la cotidianidad de una ciudad que luego es tragada por un terremoto o invadida por un virus mortal, ocurre lo inusual. Junto a los niños y los entrenadores del club visitante… ¡tres niñas!
¡Tres niñas vestidas para jugar!
¡Tres niñas vestidas para jugar al rugby! Camiseta, pantalones cortos, medias, botines y protector bucal.
Los entrenadores de ambos equipos se saludan y comienzan a dialogar. Nuestros hijos, que pararon de correr, miran al otro equipo, los observan como quien mira un extranjero que habla una lengua extraña. Sonríen nerviosos, hacen comentarios en voz baja. Se acercan a los padres y, con cara de haber visto un extraterrestre, exclaman: ¡Son nenas! ¡Tres nenas!
Un par de minutos después los entrenadores llaman a sus equipos. Se distribuyen en la cancha y comienza el partido. Al principio nuestros jugadores parecen no querer interactuar con las niñas, la actitud corporal los delata, las enfrentan tímidamente, quizás con temor, con vergüenza o todo eso junto. Pero en algún momento que no alcanzo a identificar, el círculo mágico se cierra, entonces ahí, en la cancha, ya no hay dos equipos y tres nenas, sino dos equipos de rugby que juegan juntos a lo que decidieron jugar.
De regreso a casa, un solo comentario de mi hijo, fue diferente al de otras ocasiones:
- jugaban bien las nenas… comentó como al pasar.
- See, le respondí, intentando darle un tono rutinario a mi respuesta.