26/05/2026
En Metropolis, Fritz Lang imaginó el año 2026 como una ciudad vertical, mecanizada y profundamente desigual: una élite viviendo sobre las nubes mientras los trabajadores permanecen ocultos bajo tierra, sosteniendo el funcionamiento de una sociedad obsesionada con la productividad y el progreso.
Casi un siglo después, la película sigue resultando incómodamente cercana.
La automatización del trabajo, las megaciudades, la alienación urbana, el culto a la tecnología y la distancia entre quienes controlan el sistema y quienes lo sostienen parecen haber dejado de ser una fantasía futurista para convertirse en parte de nuestra vida cotidiana.
Pero quizás lo más fascinante de Metropolis no es su capacidad para “adivinar” el futuro, sino su intuición sobre los miedos humanos que acompañan a cada avance tecnológico.
El cine de ciencia ficción rara vez predice con exactitud; más bien funciona como un espejo adelantado de las ansiedades de su tiempo.
Desde sus orígenes, el cine ha intentado imaginar lo que viene. A veces exagera. A veces se equivoca. Y otras veces, como en Metropolis, deja una pregunta inquietante:
¿El cine realmente puede presagiar el futuro… o simplemente revela aquello que nunca terminamos de cambiar?