24/04/2026
🫂 Nos visitó Mariana Sanmartino, sobrina de las mellizas Carranza. En el mismo momento un colegio de San Francisco (ciudad natal de las mellis) nos visitaba también, junto a estudiantes de profesorado de Artes de Cosquín. Agradecemos enormemente el compartir su historia y la de su familia con ellos! Fue muy emocionante!
❣ Compartimos un escrito realizado por Agustina, la sobrina nieta de las mellizas.
Había jardines.
No perfectos: humanos.
Con brotes torcidos y rectos, estaciones fértiles y otras marcadas por el descuido, discusiones que crecían como maleza y ternuras que insistían en abrirse paso. Jardines hechos de aciertos y errores, de vidas que aprendían mientras florecían.
Y en uno de esos jardines crecían dos lirios.
No eran idénticos: eran eco y variación, como si una misma raíz se hubiese pensado en dos direcciones. Compartían la luz, el viento, la forma de inclinarse ante la tormenta. Eran presencia. Promesa. Una forma de lo vivo que no pedía permiso.
Entonces vino la maquinaria.
No irrumpió como caos, sino como orden impuesto.
No gritó: clasificó.
No dudó: ejecutó.
Arrancaron más de 30.000 flores de esos jardines humanos, no por lo que habían hecho, sino por lo que representaban: la posibilidad de pensar, de disentir, de existir sin someterse. Y como si eso no alcanzara, robaron más de 400 semillas: vidas que ni siquiera habían tenido la oportunidad de equivocarse.
Los jardines no dejaron de ser humanos.
Pero aprendieron el miedo.
A los lirios los arrancaron juntos.
No hubo despedida ni testigo suficiente.
Fueron absorbidos por esa lógica que convierte cuerpos en incógnitas y nombres en expedientes vacíos. Dos formas de una misma vida suspendidas en un tiempo que se niega a cerrarse.
Pero la tierra no firma pactos con el olvido.
Décadas después —medio siglo de silencio impuesto— devolvió una señal mínima, brutal en su precisión: un diente.
Un fragmento duro, irreductible, que sobrevivió a la voluntad de borrarlo todo. No un cuerpo, no una historia completa, sino una prueba: alguien estuvo ahí, alguien fue arrancado, alguien resistió incluso en la desintegración.
Y no se sabe a cuál de los dos lirios pertenece ese diente.
Esa duda no es un detalle: es la herida.
Porque el fascismo no solo mata; fragmenta.
No solo desaparece personas; desarma identidades hasta volverlas intercambiables, anónimas, negadas. Busca que incluso el duelo pierda precisión, que la memoria se vuelva difusa, que el dolor no tenga dónde apoyarse.
Pero falla en algo esencial:
subestima a la tierra,
y subestima a quienes siguen buscando.
Los jardines, aun atravesados por el horror, no dejaron de ser humanos.
Y en esa humanidad —imperfecta, contradictoria, obstinada— está su fuerza.
Cada una de las 30.000 flores robadas sigue brotando en nombres que se pronuncian en voz alta.
Cada una de las más de 400 semillas arrebatadas germina en la lucha por la identidad recuperada.
Y esos dos lirios no quedaron reducidos a la ausencia: se convirtieron en pregunta, en búsqueda, en dirección.
El diente no es solo resto.
Es acusación.
Es la prueba de que el tiempo no clausura lo que la justicia no resuelve.
Es la evidencia de que incluso lo mínimo puede desmantelar el relato de los verdugos.
No alcanza con recordar.
La memoria, si no se mueve, se vuelve pieza de museo: intocable, inútil, cómoda para quienes necesitan que todo quede quieto.
Hace falta incomodar.
Hace falta marchar, señalar, exigir.
Hace falta sostener la pregunta hasta que deje de ser pregunta.
Porque todavía hay quienes relativizan la poda.
Todavía hay discursos que, con nuevas palabras, reciclan la lógica del exterminio y el silencio.
Todavía hay jardines donde el miedo intenta volver a echar raíces.
Pero también hay otra cosa:
hay cuerpos en las calles,
hay nombres que regresan,
hay fragmentos que hablan.
Y hay dos lirios que no pudieron ser convertidos en olvido.
Uno volvió como diente.
El otro persiste en todo lo que falta encontrar.
Treinta mil flores no son cifra:
son presencia insistente.
Más de cuatrocientas semillas no son pasado:
son identidad en disputa.
Y los jardines humanos —con toda su falla y su belleza— siguen siendo territorio de resistencia.
Porque mientras haya una duda sin resolver,
mientras haya un fragmento que emerja,
mientras haya alguien dispuesto a exigir verdad—
la historia no está cerrada.
Y la tierra, tarde o temprano, vuelve a hablar.
Marzo 2026