25/09/2026
Hay noches en que la luz no tiene absolutamente nada que ofrecer.
Noches en las que el dolor no pretende ser maestro ni una lección sagrada. Es únicamente eso: un golpe frío, implacable y desolador, sin ningún propósito poético inmediato.
Vivir en éste plano también es desgarrarse. Es perder, envejecer, despedir y atestiguar cómo se desmorona aquello que amábamos.
Qué nadie se atreva a venir con discursos de positivismo tóxico a exigirte que agradezcas una herida antes de haberla sangrado, ni a sepultar con un cobarde " todo pasa por algo", el derecho elemental a tu rabia y a tu duelo.
La crueldad existe. Ha calado hondo. Negar su mordedura no es virtud: es una trampa.
Esa noche se vale derrumbarse.
Se vale no tener respuestas, apagar los altares y quedarse a oscuras con el pecho roto.
Se vale sentir el abismo sin avergonzarte de tu dolor. Hay heridas que necesitan ser habitadas antes de poder cerrarse.
Cuando el peso sea demasiado, no tienes que fingir fortaleza. Tal vez esta noche lo único que verdaderamente necesitamos no sea un milagro, sino alguien que se siente a nuestro lado y permanezca en silencio.
No tengas prisa por sanar para complacer al mundo.
Sostén el trago amargo sin convertirlo todavía en enseñanza.
Porque incluso las tormentas más negras terminan agotando sus relámpagos.
Y en algún punto, aunque hoy no puedas verlo, eso también pasará.
Ishtavé ( copiado de por ahí)