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Ámbito Académico CLASES PARTICULARES. Nivel primario y secundario. Una nueva propuesta para el ciclo lectivo 2018.-

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27/02/2018

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La mala calidad educativa significa default social y un futuro hipotecado.
01/02/2018

La mala calidad educativa significa default social y un futuro hipotecado.

01/02/2018

LA ARGENTINA NO APRENDE. Por Manuel Alvarez Trongé

Más de la mitad de los alumnos argentinos no puede leer. Fracasa en el intento. Leer, como define el Diccionario de la Lengua Española, es "pasar la vista por lo escrito o impreso comprendiendo la significación de los caracteres empleados". Sin comprensión hay solo un intento frustrado que supone una violación del derecho humano y constitucional de aprender. Esto sucede en un contexto de enorme desigualdad e injusticia educativa: los más necesitados reciben la peor educación.

La suma de mala calidad y de inequidad da como resultado la mayor deuda que la Argentina registra con sus habitantes: la mayoría no aprende. La consecuencia son millones de adolescentes y jóvenes mal educados, que no han logrado formarse como ciudadanos. En muchos casos esta incomprensión lectora los ha llevado a abandonar la escuela, a caer en la droga y entrar en el circulo vicioso de la violencia. Esto es de por sí muy grave, pero más grave aún es que la sociedad civil no haya reaccionado como corresponde frente a esta realidad. Hace 25 años que tenemos información sobre este problema. Los alumnos de nuestro país vienen siendo evaluados por distintos exámenes nacionales e internacionales desde 1993 y todas estas pruebas nos han informado de esta cruda realidad: la mayoría no aprende lo que debiera, no logra leer cabalmente un texto ni puede resolver un ejercicio simple de matemáticas ni uno de ciencia.

Esto excede un problema educativo, es un default social. Los ciudadanos no nos hemos hecho cargo de esta deuda. Los padres nos autoengañamos creyendo que el problema no es de nuestros hijos; la ciudadanía, por ende, no reclama como debiera, los sindicatos están más ocupados en las condiciones de trabajo de sus afiliados que en la calidad y equidad educativa para los alumnos, y todo esto conduce a que los gobiernos no sientan presión por mejorar la educación y, por tanto, no le den la atención prioritaria que merece.
Existen esfuerzos notables, pero no son suficientes ni de la magnitud que necesitamos. Es por ello que, independientemente de acciones de política educativa, debe haber un cambio en la sociedad civil. El año 2018 nos obliga a hacer algo diferente si realmente queremos un cambio. Tres ideas para pensar: 1) Informémonos. La educación no es solo responsabilidad del Estado. Es responsabilidad de cada uno de nosotros. Como familiares o como simples ciudadanos responsables, todos tenemos a un ser querido a quien queremos enriquecer. Pues eso es educar. Prestemos atención a su aprendizaje. Conozcamos su escuela, sus maestros, pidamos información y preguntemos sobre los resultados educativos. Consultemos sobre nuevas formas de enseñar, el uso de tecnología, nuevas competencias del siglo XXI. Estemos cerca. 2) Participemos. Ni el Estado ni la escuela ni los maestros solos tienen la potencia suficiente para resolver el desafío educativo argentino. El filósofo y educador español José Antonio Marina remarca un dicho: "Para educar al niño hace falta la tribu entera". Obviamente la importancia de los padres en el proceso educativo es crucial, ya que su responsabilidad no es tercerizable en ninguna escuela ni en ningún docente, pero con el concepto de "tribu" Marina apunta a la relevancia de la participación de todo ciudadano adulto, cualquiera sea su trabajo o profesión, en la tarea de educar mejor a su comunidad. El ejemplo de conducta, los buenos modales, la colaboración con la escuela del barrio son todas maneras de educar. 3) Reclamemos. La Argentina, como hemos visto, está en emergencia educativa. No podemos continuar haciéndonos los distraídos. El profesor Marina señala el riesgo de caer en "colaboracionismo inconsciente". Debemos levantar la voz. Creemos demanda social. Pidamos a las autoridades y a los gremios que hagan todos los esfuerzos que correspondan (y más también) para garantizar el derecho humano y constitucional de enseñar y aprender.

El desafío de una educación mejor es demasiado grande para que solo lo discutan los sindicatos y el gobierno. No es posible que el mes de marzo nos encuentre nuevamente sin clases. En este contexto de crisis, la confrontación y la escalada del conflicto pueden agravar el daño y ocasionar perjuicios difíciles de reparar para el futuro de la Argentina. Gritemos más y juntos por mejor educación. Es hora de que nos escuchen.

01/02/2018

Los desafíos del sistema educativo argentino en 2018.

El problema más serio que tiene el país es su calidad educativa y el estado de situación de nuestra educación así lo demuestra.

Es difícil que los argentinos lo reconozcamos. No nos damos cuenta o no queremos hacerlo, pero el problema más serio que tiene el país es su calidad educativa. El estado de situación de nuestra educación así lo demuestra
Repasemos a continuación tres puntos que resumen la situación referida: 1) los niños, adolescentes y jóvenes en edad escolar obligatoria (de 4 a 17 años) que concurren hoy a escuelas argentinas no aprenden lo que debieran (desde hace más de una década, la mayoría de los menores no termina la educación obligatoria señalada y, de entre aquellos de 15 años que sí están en el aula, más del 50% no comprende lo que lee); 2) las últimas evaluaciones nacionales APRENDER 2016 indican que cerca de un 70% de los alumnos del último año del secundario no puede resolver un ejercicio simple de Matemáticas; 3) la Argentina padece de una vergonzosa desigualdad educativa: dependiendo del lugar de nacimiento y de residencia, nuestro país tiene diferentes resultados educativos, lo cual quiere decir que si a un niño le tocó en suerte nacer e ir a la escuela en Catamarca o en Santiago del Estero, obtendrá una educación de calidad netamente inferior que aquel que reside en la Ciudad Autónoma de Buenos Aires o en Córdoba (así lo indican los resultados promedio de las pruebas APRENDER 2016 de las jurisdicciones referidas).

Este es, a grandes rasgos, el estado de situación. Pero lo asombroso es que este enorme problema que tenemos los argentinos no distingue de clases sociales (pese a que no lo percibimos): los logros promedio de las escuelas de nivel socioeducativo alto del país alcanzan el logro promedio de las peores del mundo desarrollado, según se desprende de los resultados de los exámenes PISA. Pues bien, pese a estos datos, la sociedad civil argentina no se conmueve. No lo percibimos. Los chicos que abandonan la escuela y mueren asesinados por salir a robar armados (y drogados) no son vistos como víctimas de la mala educación. Se identifica el efecto, la inseguridad, pero no su causa, la tragedia educativa. Preferimos engañarnos. Es conocida la encuesta realizada entre padres argentinos que responden que la educación de sus hijos está muy bien, pero que la educación en el país está muy mal.

De alguna manera, esta respuesta sintetiza la posición de los diferentes actores del sistema: familias, alumnos, docentes, sindicatos y Estado: “el problema no es nuestro, es de otros”. El Estado responsabiliza al sindicato, el sindicato al Estado, los docentes a los padres, los alumnos al sistema y, así sucesivamente, nos enfrentamos a una serie de argumentaciones cruzadas que nos conducen al laberinto del engaño. Si a esto le sumamos que el año 2017 nos deja una serie de huelgas docentes en provincia de Buenos Aires, en Santa Cruz, en Chaco y en otras jurisdicciones del país, que significaron la pérdida de muchos días de clase; que un intento de reforma del secundario en Ciudad de Buenos Aires motivó la toma de varias y diferentes escuelas públicas por más de 30 días por parte de los alumnos; y que el planteo de una evaluación de los estudiantes de los institutos de formación docente hizo reaccionar a los sindicatos manifestando su oposición, la tensión existente entre los distintos actores del sistema es alta. Visto este panorama, proponemos dos puntos que debieran ser encarados en 2018, porque la situación reclama acciones urgentes:

1. En primer lugar, debe reconocerse el problema y no minimizarlo. Abstrayéndonos por ahora de las causas, es importante que asumamos que estamos en “emergencia educativa”, tal como establece el art. 110 de la Ley 26.206: el riesgo de no educar ya pasó de ser un riesgo para convertirse en realidad, y la Ley de Educación Nacional que, desde hace más de una década, garantiza “las condiciones materiales y culturales para que todos los alumnos logren los aprendizajes comunes de buena calidad independientemente de su origen social, radicación geográfica, género o identidad cultural” no se cumple (entre otras muchas que tampoco se cumplen). Asumir esta dura realidad es una obligación moral. Negarla es contribuir al engaño.
2. En segundo lugar, debemos hacer todos los intentos, todos, para acordar los pasos concretos que deben recorrerse cuanto antes para salir de esta situación (y que la misma no se agrave). Llegó el momento de grandeza patriótica. No es posible que las posiciones extremas impidan trabajar juntos a representantes de los sindicatos, de los gobiernos respectivos, del mundo académico y político, y de organizaciones sociales y de padres, en pos de la mejora de la escuela pública. Mucho más importante que las diferencias es el futuro de la Nación. El tema requiere de un esfuerzo sublime de todos por escuchar y comprender las distintas propuestas y superar las diferencias en un Pacto Nacional, en este caso educativo que, así como en 1983 puso en el centro a la democracia, ahora dé prioridad a la educación. Es que debemos entender que es la base de la República. Es por eso que reunir a estos representantes (por una semana o por los días que fueren menester) en algún lugar del interior de nuestro país a trabajar exclusivamente en un acuerdo, debiera resultar en un acto de madurez y responsabilidad de los adultos hacia el principal desafío que tenemos como Nación: unirnos en pos de la mejora educativa nacional. Sin esta base, será muy difícil imprimir la contundencia y la fuerza transformadora que la cuestión supone

Fuente: El cronista. Por Manuel Alvarez-Trongé

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