21/12/2018
“Está claro que el momento no es propicio, que las circunstancias nos son adversas. Y, sin embargo, o por eso precisamente, yo hablo aquí de ensanchar la frontera, de construir imaginarios, de fundar ciudades libres, de hacer cultura, de recuperar el sentido, de no dejarse domesticar, de volver a aprender a hacer gestos, a dejar marcas. Ilusa, creo que todavía vale la pena aprovechar que al lobo se le ha hecho tarde para jugar un buen juego, dejarse entibiar por un rayo de sol antes de que lleguen la noche y el silencio.”
(Graciela Montes en La frontera indómita)
Cada año, cuando se acerca el momento de volver sobre lo trabajado, nos sorprendemos. Como de adentro de la galera de un mago, se despliega un volumen de producción impresionante y reaparecen, además, esos papelitos sueltos que fuimos guardando al final de cada martes, que nos miran desde las mesas con gesto irreverente, pequeños dibujos, grafismos, manchas, mapas y planos, palabras, recortes...
La asombrosa abundancia algo nos dice. Intuimos un lazo con las formas de habitar el tiempo y el espacio en un taller, los múltiples procesos, el hacer sin prisa en medio de las conversaciones, el juego y la algarabía, el ensayo y la errancia como formas creativas, las preguntas, lo colectivo no exento de conflicto.
¡Nosotras chochas! Volver al taller todas las semanas es una fiesta. Y desde este pliegue, desde esta red que nos sostiene, somos capaces de reinventar el mundo de afuera, cada vez menos hospitalario, cada vez más individualista, amante de la mensurabilidad y la eficiencia, de las jerarquías y el mérito, de las desigualdades, de las palabras vacuas. Resistencia y contagio. Eso somos -¡eso queremos ser!- Parafraseando a Graciela Montes, insistiremos en ensanchar “la frontera indómita” contra viento y marea, porque es allí donde vive la posibilidad.