17/08/2026
Hay una queja que se siente bien. Esa es la peligrosa.
“Los ricos son mala gente” me absuelve de intentar ganar más.
“Los empresarios son todos explotadores” me absuelve de hacer bien mi trabajo.
“Mi mamá es narcisista” me absuelve de tener esa conversación.
La palabra es exacta: absolver. Es lo que hace un cura en el confesionario. Decís la frase y salís limpio. Con una diferencia: el cura te absuelve de algo que ya hiciste. Esta queja te absuelve de algo que todavía no hiciste.
Y todas tienen la misma marca: no se le pueden decir a nadie. ¿A quién le decís que los ricos son mala gente? No hay nadie del otro lado.
La misma queja cambia por completo según el destinatario.
“Mi mamá es narcisista” pasa a ser “mamá, hace tres meses que no hablamos y me duele”.
Es el mismo dolor. Pero ahora hay alguien que te puede contestar. Y eso es lo que estamos evitando: no el problema, la respuesta.
A veces el diagnóstico es correcto y esa distancia es la decisión más sana que tomaste. La diferencia está en si la elegiste, o si la frase te ahorró tener que elegir.
¿De qué te quejás siempre? Contame en los comentarios.
Sobre esto hay investigación: al depurar la escala que mide cuánto le damos vueltas a lo que nos pasa, se parte en dos componentes que con el tiempo no dejan a la persona en el mismo lugar (Treynor, Gonzalez y Nolen-Hoeksema, 2003).