Orgullo Nacional S.A.

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Por países poesíbles..

08/07/2018

El primer derecho humano es nacer

http://ccycn.congreso.gob.ar/export/hcdn/comisiones/especiales/cbunificacioncodigos/ponencias/laplata/pdfs/Ramiro_Alvarez_Araceli.pdf

05/10/2017

"..lo que pasa con el alma es que no se ve
lo que pasa con la mente es que no se ve
lo que pasa con el espíritu es que no se ve

¿de dónde viene esta conspiración de invisibilidades?
ninguna palabra es visible.." (Alejandra Pizarnik)

31/08/2017

Felipe Varela: el Quijote de los Andes
Norberto Galasso, introducción del Libro “Felipe Varela y la lucha por la Unión Latinoamericana”

"Perseguido y denigrado en vida, silenciado y difamado luego de su muerte
El l 8 de junio de 1870, en el cementerio de Tierra Amarilla, pequeña aldea cercana a Copiapó, en el norte chileno, unas pocas personas acompañan los restos mortales de Felipe Varela a su morada definitiva. Un día antes, el cónsul argentino en esa ciudad, Belisario López, le comunicaba al embajador Félix Frías: "Este caudillo de triste memoria para la República Argentina ha mu**to en la última miseria, legando solo sus fatales antecedentes a su desgraciada familia". Frías le contestará días después: "Comuniqué inmediatamente a nuestro gobierno la noticia del fallecimiento de Felipe Varela, a quien Dios haya perdonado todo el mal que hizo a sus paisa...”.
"Triste memoria . . . “, "fatales antecedentes . . . ", "Todo el mal que hizo . . . " . . . Solo, en la mas absoluta miseria, envejecido prematuramente, Varela se encuentra con la muerte mientras siguen lloviendo sobre su nombre los dicterios del enemigo.
A partir de aquel día, las fuerzas sociales que lo habían combatido organizaron una minuciosa campaña de silenciamiento alrededor de su figura. Varela ya no apareció en los textos escolares, ni en las sesudas sesiones académicas, ni en los suplementos de los grandes diarios, ni en los gruesos tomos de historia que circulan en las universidades. En lugar de promoverlo como "demonio" —caso Rosas— frente a las estampas santificadas de Rivadavia o Mitre, la historia oficial prefirió omitirlo lisa y llanamente. Durante décadas, su nombre resultó ignorado especialmente en aquellos lugares donde la tradición oral fue interrumpida por el predominio de la inmigración. Así , fue uno mas que ingresó a la lista de los "ma***tos" registrados en el índex sancionado por la oligarquía.
Durante mucho tiempo, solo ese hombre anónimo de La Rioja o Catamarca, a quien la verdad histórica le llegó de labios de su propio abuelo montonero, resguardó la memoria del caudillo. Décadas mas tarde, cuando ya fue imposible ignorar al jefe de una vasta insurrección que puso en pie de guerra a todo el noroeste argentino, la clase dominante recurrió a la descalificación, apelando al arsenal de invectivas que Mitre y sus adláteres habían dirigido contra los jefes populares. De ese modo, Varela salió del silencio para entrar en la historia como un "infáme bandolero", "azote de los pueblos", "Atíla insaciable", "caudillo sanguinario", "gaucho malo y corrompido hasta la médula de los huesos". Y para consolidar el vituperio se recurrió al folklore oligárquico en el que aparece como culpable de "una mañana de sangre", como un bandido que "matando viene y se va".
El triste destino de Felipe Varela —perseguido y denigrado en vida, silenciado y difamado luego de su muerte— no mejoró después de 1930 con el auge del revisionismo rosista. Su lucha contra "el Restaurador", su exaltación de la batalla de Caseros y de la Constitución de 1853, su condena a la política porteñista —ya fuesen sus ejecutores Rivadavia, Mitre o'Rosas— lo convirtieron en figura poco simpática para los primeros revisionistas. Solo algunos —los menos ligados a la concepción rosista— prestaron atención al jefe montonero y tiempo más tarde, otros se atrevieron a condenar al mitrismo y a la guerra de la Triple Alianza , lo que de por sí llevaba a revalorar a Varela. Pero, en general, el rosismo se atragantó con el caudillo catamarqueño, quien resultó triturado y deformado, así, por dos corrientes historiográficas que, en última instancia, brotan de la misma clase dominante.
Los historiadores libérales, después de ignorarlo, lo habían condenado tachándolo de "facineroso" y "sanguinario". La variante pseudomarxista de la vieja izquierda lo rotuló, asimismo, como expresión del feudalismo reaccionario opuesto al progreso civilizador del mitrismo que nos incorporaba a la economía mundial. A su vez, los historiadores rosistas lo abordaron desde diversos ángulos, a cual peor. Juan Pablo Oliver, obligado a optar entre Varela y Mitre con motivo de la guerra de la Triple Alianza , prefirió a don Bartolo que era, "en definitiva, el Presidente de la República Argentina " y estigmatizó al caudillo como traidor. Vicente Sierra, por su parte, lo considero desdeñosamente "como caudillo localista de escasa significación". Asimismo, hubo quienes le reconocieron méritos pero, enfrentados al antirrosismo del montonero, optaron por transcribir mutilada —y sin puntos suspensivos que indicaran la omisión— su proclama de 1866 para ocultar sus elogios a Urquiza, Caseros y la Constitución del '53. Finalmente, otros prefirieron transcribir honestamente la documentación íntegra pero, recurriendo a artilugios hermenéuticos, terminaron argumentando que Varela quería —aunque el no lo supiese— cumplir el proyecto de Rosas, que el elogio a la batalla de Caseros era simplemente táctica o error y que solo la ingenuidad pudo llevarlo a confiar tantos años en Urquiza, siendo este "un simple servidor de los intereses brasileños". Felipe Varela ya no era un bandolero, depredador de pueblos, ni tampoco un traidor a la Patria. Era políticamente algo peor: un zonzo.
Estos distintos enfoques historiográficos se resuelven, en última instancia, en una coincidencia antivarelista sustentada en la concepción de que las masas no son las protagonistas de la historia. Para unos, el motor del desarrollo histórico son las élites "refinadas" estilo Rivadavia o Mitre; para otros, los grandes estancieros patriarcales, estilo Rosas. Del mismo modo, esta discusión histórica no hace más que reflejar la polémica política. El nacionalismo reivindica a Rosas como defensor de la soberanía frente a la invasión extranjera y condena con justicia a "los civilizados" que apoyaron esa invasión pero asume posiciones reaccionarias por su carácter bonaerense y oligárquico, o burgués, en el mejor de los casos. Por eso, a su vez, combate también —como el liberalismo oligárquico— al nacionalismo popular y latinoamericano ya sea enjuiciando a sus caudillos o adulterándolos, como en el caso de Felipe Varela. Tanto a los historiadores liberales como a los rosistas, les molesta que Varela haya ingresado a la Argentina con un batallón de chilenos, que haya tenido vinculaciones con el gobierno boliviano y que no se haya sometido a los dictados de Buenos Aires, ni de Mitre, ni de Rosas.
Y son precisamente estas actitudes las que agrandan la figura del montonero en la línea de Bolívar y San Martín y la exaltan hoy justamente cuando los pueblos de la Patria Grande comprenden que su alternativa es unirse en la liberación o permanecer desunidos en el coloniaje.
Solo a la luz de un enfoque latinoamericano -por encima de las historias patrias chicas- es posible captar la verdadera dimensión de la figura de Felipe Varela. Solo desde una perspectiva nacional, democrática y revolucionaria, es posible rescatar del silencio a este "ma***to" demostrando no solo la justicia de su lucha pasada, sino la insoslayable vigencia que poseen hoy sus viejas banderas. A ese propósito están destinadas las paginas que van a leerse.

La cuna del Caudillo
Hijo del caudillo federal Javier Varela y de Doña Isabel Rearte, nació en el pueblo de Huaycama, departamento Valle Viejo, provincia de Catamarca, en 1819. Perteneció a una antigua y distinguida familia del valle catamarqueño.
Varela pasó los primeros años de su vida con la tradicional familia Nieva y Castilla, del Hospicio de San Antonio, Piedra Blanca, de la cual era también pariente.
A los 21 años de edad asistió a la muerte de su padre en el combate librado el 8 de septiembre de 1840 sobre la margen derecha del Río del Valle, entre las fuerzas invasoras de Santiago del Estero y las de Catamarca.
Posteriormente radicóse en Guandacol, pueblito riojano recostado sobre la precordillera de los Andes. Allí se acogió al tutelaje del ´Comandante Pedro Pascual Castillo, amigo de su padre, con quién visitaría esos lugares en sus frecuentes viajes con arrias de animales para Chile. Y allí, en Guandacol, poco despues, formó su hogar con una hija de su protector, Doña Trinidad Castillo. Se sabe que tuvo varios hijos, entre los que se cuentan Isora, Elmira Bernarda, Javier. Con su padre político se dedicó, además, al engorde de hacienda para el ganado Chileno de Huasco y Copiapó. Esos continuos viajes y el trato con peones y pequeños ganaderos le dieron un amplio conocimiento del paisano humilde de la región y de los vericuetos de la cordillera que cruzaría varias veces. Y poco a poco fue acrecentando su prestigio entre la peonada y la gente del campo

El pueblo interior y las montoneras
A pocos años de la revolución, “el gaucho y su china se vestían ya con ropa proveniente de Manchester”. Quebrada la estructura productiva del interior, el hombre sin trabajo, el desocupado, m***a a caballo, empuña una lanza y se coloca detrás de su caudillo para enfrentar la política de los comerciantes de Buenos Aires; es la montonera, los que pelean en montón, el pueblo en armas. Esa montonera no se verifica, en cambio, en la provincia de Buenos Aires, donde los estancieros, aliados de los comerciantes del puerto, hacen prósperos negocios que les permiten conformar a los gauchos con una política patriarcal y llevarlos a la lucha, cuando es necesario, como ejercito privado (Los Colorados del Monte).

La renta aduanera y el desarrollo
En tiempos de Rosas Felipe Varela va madurando, al igual que en la amplia mayoría del pueblo interior, la posibilidades ciertas de un desarrollo más justo equilibrado y verdadero, a la vez que la política centralista, ya sea en manos de los comerciantes de Buenos Aires o de los ganaderos Bonaerenses, les sigue dando la espalda.
Desvinculado de intereses importadores, Rosas fija impuestos aduaneros a la mercancia europea aliviando parcial y transitoriamente la presión porteña sobre el interior. Pero solo la distribución de las rentas de aduana puede dar las bases para poner en marcha los recursos de las provincias y sacarlas de su postración y en este aspecto, Rosas es tan inflexible como Rivadavia o Mitre.

El Chacho y Felipe Varela
Contra esta política se levantarán, como se habían levantado contra Rivadavia y lo harían más tarde contra Mitre, los pueblos del noroeste, acaudillados por el Chacho. Tres veces el caudillo riojano saldrá al frente de sus gauchos para derrocar a Rosas y tres veces derrotado tomará el camino del exilio. El poderío originado en el control del puerto y la Aduana le permiten a Rosas controlar las insurrecciones producidas.

La lucha social irresuelta
Nuevamente como en 1810, Buenos Aires pretende sustituir a España en la dominación colonial sobre el resto del país. El puerto único, el monopolio de las rentas aduaneras, la federalización de Buenos Aires y la organización constitucional serán por unas décadas más el eje alrededor del cual proseguirá la lucha social. Y en ella entrará a jugar muy pronto un rol importantísimo ese montonero tan zaherido y denigrado que se llama Felipe Varela.

El país en tiempos de Mitre
El ideal de la oligarquía portuaria va en vías de realizarse; “el país” será el litoral pampeano y crecerá hacia afuera, será “europeo” y renegará de su condición latinoamericana, producirá materias primas e importará manufacturas; en fin será una semicolonia inglesa “civilizada”.

La guerra al Paraguay, el desencadenante del levantamiento
Tras la categórica derrota en Curupaytí, las sombras del desprestigio acababan de abatirse sobre Mitre. La derrota repercute en Buenos Aires. Varios intelectuales, denominados traidores por la prensa Mitrista , escriben violentos artículos en favor del Paraguay, contra la guerra y contra el Imperio del Brasil. Fueron Miguel Navarro Viola, José y Rafael Hernández, Carlos Guido Spano, Aurelio Palacios, etc. También se nuclearon alrededor de algunas sociedades. La Unión Americana , entre otras.
Pero la verdadera apertura del frente interno, la que más habría de convulsionar la estrategia de Mitre, estalló en las provincias del oeste y norte del país. Estos territorios, que habían gozado durante largo tiempo de los beneficios de sus nacientes industrias, acabaron siendo asolados por la política librecambista de Buenos Aires. Suprimidas las aduanas interiores, imposibilitados de competir con las mercancías que el puerto dejaba pasar, su futuro se les presentaba como un largo e inacabado estancamiento. Eligieron entonces su única posibilidad: elaborar un proyecto político absolutamente opuesto al del mitrismo y lanzarse a un enfrentamiento total.
El estallido revolucionario se produce inicialmente en las provincias de Cuyo. Carlos Juan Rodríguez, un puntano que acaba de padecer seis anos de cárcel por haber sido senador al Congreso de la Confederación en Paraná, se pone al frente del movimiento. En Buenos Aires saben perfectamente como definirlos: son salteadores -dicen-, vulgares delincuentes. Casi por descuido, les conceden a veces títulos mas importantes: el de traidores a la patria, por ejemplo.
Mitre no tiene alternativa: detenida la guerra por el desastre de Curupaytí, debe regresar del frente con todo un ejército para sofocar el levantamiento del Interior. Paunero, Paz, Elizalde y otros se lo habían solicitado insistentemente: la situación era grave. Impopular en las provincias, la guerra del Paraguay era considerada un asunto exclusivo de Buenos Aires. Batallones enteros de milicias se sublevaban e iban a reunirse con los caudillos mediterráneos. Mitre, entre tanto, hilvanaba algunas reflexiones: "si casi todos los contingentes incompletos de las provincias no se hubiesen sublevado (...), si una opinión simpática al enemigo no hubiese alentado la traición (... ) quién duda que la guerra estaría terminada ya? (...) Por lo que respecta a los desordenes de las provincias obedecen a las mismas tendencias”. El pronóstico de estar en tres meses en la Asunción, tan magníficamente altivo, tan entrador para los sueños de gloria de los jóvenes porteños, se revelaba ahora como una frase hueca, apresurada y torpe.

El Caudillo entra en la gran escena
En diciembre de 1866, un oficial de la Confederación urquicista, uno de los hombres que mas intensamente ha luchado por continuar la empresa detenida en Pavón, un lugarteniente de Peñaloza, un soldado que ya ha guerreado en Lomas Blancas y en Las Playas (1863) contra las tropas de Sandes y Paunero, un político que ha escrito cartas a Urquiza, un exiliado, un perseguido, cruza la cordillera de los Andes con muy pocos hombres y escaso armamento. Es el coronel Felipe Varela y acaba de lanzar una proclama a sus compatriotas.
“¡Soldados federales! -dice Varela en su Proclama- nuestro programa es la práctica estricta de la Constitución jurada, el orden común, la paz y la amistad con el Paraguay, y la unión con las demás Repúblicas Americanas. ¡¡Ay de aquel que infrinja este programa!!" Define también la situación de los hombres del Interior frente a Buenos Aires: "Ser porteño es ser ciudadano exclusivista: y ser provinciano, es ser mendigo sin patria, sin libertad, sin derecho". Denuncia la política económica del liberalismo: "Nuestra Nación, tan feliz en antecedentes, tan grande en poder, tan rica en porvenir, tan engalanada en glorias, ha sido humillada como una esclava, quedando empeñada en mas de cien millones de fuertes, y comprometido su alto nombre a la vez que sus grandes destinos". Y señala un culpable: "Esta es la política del Gobierno Mitre".

Caudillo del más grande Movimiento Popular del Noroeste
El 9 de noviembre estalla en Mendoza “la revolución de los colorados”, cuyo jefe político es el Dr. Carlos Juan Rodríguez, amigo de Varela y cuyo jefe militar es Juan de Dios Videla.
Todo Cuyo está pronto en manos de la montonera, cuyo emblema es la divisa punzó, federal provinciana.
Pocos días más tarde de estallar en Mendoza “la revolución de los colorados”, el caudillo catamarqueño cruza la cordillera de los Andes con un grupo reducido de hombres, pero ya en suelo montonero, las fuerzas de Felipe Varela se elevan a casi 5.000 hombres: el ejercito más numeroso que jamás haya pasado por esa región. Aunque era una fuerza de origen colectivo, disponía el caudillo de los dos fogueados batallones de Medina y caballearía con buena disposición para la pelea. Tenia tres cañones y a su lado cabalgaban todos los antiguos lugartenientes del Chacho; Severo Chumbita, Carlos Ángel, Santos Guayama, Sebastián Elizondo, Pablo Ontiveros, todos gauchos de entero corazón y probado coraje. En tres meses había logrado el Caudillo m***ar un verdadero ejército, demostrando su capacidad organizativa y sus reales condiciones de jefe.

Pozo de Vargas y la guerra de recursos
Solo se puede hablar de una negra jornada y un largo sufrimiento en la que el destino le dio la espalda a los latinoamericanos y sus sueños de libertad. ¿Qué más se puede explicar?

La muerte del Caudillo
El 12 de enero de 1869 las fuerzas centralistas al mando de Pedro Corvalán derrotan al caudillo en Salinas de Pastos Grandes, Salta, obligandolo a replegarse a Antofagasta. Dominado por el dolor de la impotencia, con la fiebre que lo abraza, Varela va al tranco acompañado de unos pocos hombres camino a Potosí.
Otra vez la disparidad de fuerzas, otra vez el poder económico de Buenos Aires, otra vez la derrota...
Así epilogó la revolución de Felipe Varela, empresa político-militar con ribetes de epopeya que pretendió cambiar el destino social y económico de nuestros pueblos retomando las bandera de Unidad Americana levantadas en todo el continente a comienzos del siglo XIX.
Iniciada el 6 de diciembre de 1866 con la vibrante Proclama lanzada desde el corazón de lo Andes. Ella experimento las más variadas alternativas en un tramite sacrificado y heroico de un año de duración.
Felipe Varela estuvo siempre dispuesto a empezar de nuevo desde la sima de sus derrotas. En esto fue consecuente con el ejemplo del Chacho, su antiguo jefe. Pero ese 12 de enero de 1869, en Pastos Grandes, sus esperanzas de una restauración federal con visión americanista se esfumaron para siempre. Y como la muerte épica no vino en su ayuda, sus días postreros transcurrieron en el exilio, consumidos por la miseria y la tisis.

Felipe Varela y el Paraguay, y la inconclusa liberación Latinoamericana
El ensayista Enrique Rivera afirmaba que “el Paraguay fue destruido y sometido a la vez que a la Argentina se la reducía a la condición de semicolonia. Caímos juntos. Y si alguna lección debemos recoger de la historia es que solo y también resurgiremos juntos en el proceso que conduce a la unidad nacional de los Estados de América Latina, que hará desaparecer esas fronteras artificiales que nos dividen, triste testimonio de nuestro atraso y sometimiento coloniales al imperialismo.”

Su lucidez Ideológica
Lo que quizás distinga a Varela de otros caudillos federales (Peñaloza especialmente) es esa penetrante lucidez política con que interpreta los alcances y fines de su propio movimiento. La Proclama del '66 y el Manifiesto del '68 constituyen uno de los más altos momentos del pensamiento argentino. Hay en estas páginas, es cierto, menos rigor, menos claridad que en aquellas de Sarmiento o Alberdi que postulan la necesaria complementación de nuestra economía al mercado mundial. No podía ser de otro modo. La incorporación dependiente de los nuevos territorios a la economía y la política de las potencias europeas, estaba en "el espíritu de los tiempos". No tuvieron -en este aspecto al menos- que esforzarse demasiado Alberdi, Sarmiento y los demás liberales: todo les fue dado. Adam Smith, Ricardo, los historiadores franceses, ya se habían tomado el trabajo de pensar nuestra ubicación en la historia. No había sino que escuchar lo que la Cultura Humana decía a través de ellos, sus elegidos. Más ardua, más desamparada, resultó la tarea de hombres como Varela. Ellos tuvieron que inventarlo todo.

El Manifiesto
El 13 de enero de 1868, en Bolivia, Varela da a conocer su Manifiesto. El texto aparece encabezado por un lema que sintetiza su principal proyecto político: "¡Viva la Unión Americana !" Se trata de la vieja idea de Bolívar que acaba de ser actualizada a raíz del ataque norteamericano a Santo Domingo, de la agresión francesa a Méjico y la española al Perú. En las principales ciudades del continente se instalan sociedades de la Unión Americana. Varela , estando en Chile, asiste a las reuniones de la filial de Copiapó.
El otro gran tema del Manifiesto es el de la absorción de las rentas aduaneras por Buenos Aires. "Buenos Aires, a titulo de Capital es la provincia única que ha gozado del enorme producto del país entero, mientras en los demás pueblos, pobres y arruinados, se hacia imposible el buen quicio de las administraciones provinciales, por la falta de recursos." Y Varela concluye con la clara percepción del proceso de colonialismo interno que se daba en la República: "Buenos Aires es la metrópolis de la República Argentina , como España lo fue de la América (... ) He ahí, pues, los tiempos del coloniaje existentes en miniatura en la República, y la guerra de 1810 reproducida en 1866 y 67, entre el pueblo de Buenos Aires (España) y las provincias del Plata (colonias americanas)”.
En el Manifiesto, a diferencia de los intelectuales del Litoral, Varela no hace referencia a la libre navegación de los ríos, ni al monopolio del puerto, porque su pensamiento se estructura dentro de una linea americanista que implica la negación de la libertad de comercio con las potencias ultramarinas de Europa. Antieuropeo, antiliberal, proteccionista, el pensamiento político de Varela parte de fundamentos distintos de los de Alberdi, Andrade o José Hernández. Empedernidos liberales, amantes del progreso y las luces del viejo mundo, estos autores (pese a su innegable patriotismo) imaginaron siempre nuestro desarrollo a través de una complementación dependiente con los mercados de Europa. Complementación, eso si, que no se hiciera en provecho de Buenos Aires, o solamente de Buenos Aires, sino del litoral entrerriano. Varela, entre tanto, se expresaba en otro lenguaje. Proponía al continente americano "El medio de ser fuerte, invencible, grande, glorioso, es decir: la Alianza de las Repúblicas para repeler las ambiciones monárquicas de Europa".
El pedido final del Caudillo

En el tramo final de su Manifiesto, ese singular y esclarecedor documento, su lucidez y convicción ideológica y política, se ponen nuevamente de manifiesto, y no duda del juicio que la historia le otorgará. Juicio que los catamarqueños de una vez por todas debemos afrontar.
“Tal ha sido, pues, mi campaña tales mis marchas en la guerra que he hecho al tirano de mi patria durante un año, combatiendo por los santos principios que dejo consignados en mi proclama inserta en este cuaderno.
Los que no han conocido aquella, han encontrado siempre a mis soldados mu**tos en el campo de batalla, publicando su lema político en un cintillo moldoré puesto sobre su frente: ese cintillo dice:
¡FEDERACIÓN O MUERTE! ¡VIVA LA UNIÓN AMERICANA !
¡ABAJO LOS NEGREROS TRAIDORES A LA PATRIA!
La palabra FEDERACIÓN , tiene aquí una significación especial. Es un bocablo que envuelve un significado opuesto al de CENTRALISMO, que hemos combatido siempre en las provincias, para recuperarnos las rentas de la Nación confiscadas, centralizadas en Buenos Aires, como ya lo dejo demostrado de un modo ostensible en este manifiesto.
He dado cuenta de mis actos políticos, de los motivos que me impulsaron a empuñar la espada contra el tirano de mi patria, y de las razones que me dispusireron a abandonar el campo, entrando a asilarme en Bolivia. Ahora pido a la generosidad de los pueblos Americanos, la severidad de su fallo sobre todos mis procedimientos.
Con conciencia tranquila lo aguardo, porque jamas he obrado de mala fe, ni pesa en mi conciencia una sola razón, ni liviana, porque pueda yo arrepentirme.
Muy lejos de eso, siempre que la suerte quiera ayudarme, siempre que el cielo quiera protegerme, combatiré hasta derramar mi última gota de sangre por mi bandera y los principios que ella ha simbolizado, no arrebatandome en manera alguna las detracciones de mis enemigos, porque el mundo republicano me hará siempre justicia.
Potosí, Enero 1 de 1868.”"
manifiesto

Felipe Varela

28/08/2017

Sobreviviente

"El Aguará es triste cuando llueve.
Llueve y el carro que va de cuneta a cuneta, como tractor, hace huellas en el barro intransitable.
El fuego late apenas en el rancho de los hermanos Irigoyen. El fuego late apenas, entre cenizas que prolongan el gris de la cabellera de Melitona, que alguna vez fue azabache.
La toba qom vive aún ahí con dos de sus doce hijos, postrada en algo semejante a un catre, donde pelea un lugar con los animales, las garrapatas, los insectos y con quien quiera compartir sus 106 años. Esos años que le enseñaron que su historia, la historia de su pueblo, se había reducido a derrota.
Mueve constantemente sus manos como si estuviera hilando algodón. Aquel algodón que tanto apetecían los ingleses, los norteamericanos; pero que ella sólo sabía de capataces y colonos blancos. Acaricia un trapito azul agradeciendo la única suavidad que conoció sus agrietados dedos. Se limpia con una precisión horaria, a cada rato, sus ojos profundos. Esos luceros que se humedecían automáticamente y parece que siguen llorando a cuenta de tanto horror que vio. Se limpia con el mismo trapito azul la boca que se abre buscando oxígeno y para dibujar palabras después de tanto silencio.
Sobrevive aquella terrible masacre que soportaron tobas y mocovíes a manos de policías, gendarmes y vecinos chaqueños.
El padecimiento de Napalpí amasó silencio de víctimas, y más silencio de victimarios. Años y años en silencio. Años y años de crónicas distorsionadas. De lechuzas malagüeras, de quitilipis heridos.
Napalpí sigue siendo impunidad, miedo, resignación.
La vida siguió dura, durísima, cruel para los aborígenes. A tal extremo que no parece vida para ellos.
Los descendientes de las víctimas dicen que vivirán un eterno Napalpí. Un Napalpí actualizado, un Napalpí vigente.
La masacre de todos los días.
Melitona enfermó y no le quedan fuerzas. Ya no tiene aquella fuerza que usó aquella mañana cuando los policías del Territorio del Chaco ametrallaban y ametrallaban.
Y no puede escapar a tiempo como escapó con su madre.
"Los policías andaban a caballo. Pero la infantería ametralló primero."
Todavía tiene miedo a los uniformados.
De tanto olvido, ahora está olvidada, lejos del pavimento, reducida a un cofre donde hay silencios, o cosas sencillas, o sabiduría que no cotizan en el mercado de valores.
Hoy sigue el hambre, pero come, come al compás del salto de un caballo en el ajedrez y tiene medicamentos, cuando hay gasoil para la F100 de la posta sanitaria de El Aguará.
Se refugiaron en la casa de don Segundo donde protegían a los refugiados. Allí se enteraron que desde el aparato que volaba mataron a sus abuelas, y los policías a caballo asesinaron a los abuelos.
Melitona tenía los crímenes en la sangre cuando se casó con Dalmacio Irigoyen. Sus doce hijos heredaron el miedo y se debilitó la dignidad qom de los caciques Dialrochií y Juanalraí.
Prevaleció la derrota.
La sangre se estiró inevitablemente y como brazos infinitos, de aquí en más, sobrevivirá.
Licuada.
Mezclada.
Extinguiéndose en una lengua muda.
Hace poco se enteró que sus hijos y sus hermanos están desparramados por Buenos Aires, por Santa Fe, por Chaco, y nunca más los vio.
Otro dolor que está vivo.
Las piernas no le responden. La sacan afuera cuando hay lindo día, para que camine un poco, para que vea con esos ojos llorosos el campo, para que no pierda el suspiro de belleza que es soñar, aunque sea, por una ayuda.
Melitona no está acostumbrada a usar la memoria. La mantuvo quieta, casi agonizante mucho tiempo. Pero, de a poco, naturalmente, su memoria quiere resucitar. Y en esos espasmos memoriosos, habló, recordó que trabajaban los hombres y las mujeres todo el día. Había organización. Las mujeres se ocupaban de los quehaceres en el rancho y en la cosecha. Dijo que se escaparon muchos y, prácticamente, no sabe porqué vinieron a matarlos ese día de crespón negro. Piensa que ellos no tenían ninguna culpa.

"Nadie avisó que querían pelear. Estábamos durmiendo porque la noche anterior tuvimos fiesta. Los administradores y los capataces se habían ido."

Su tío se volvió loco. Pegaba cabezazos a la tierra, a los árboles, y corría de un lado para otro. Enloqueció cuando regresaba al lugar de la matanza y en el camino vio como los cuervos destrozaban los cuerpos de su madre y de su hermano.
Vuelve a la memoria, y en un qom contaminado de castellano primitivo, dijo que su marido también se había escapado de Napalpí. Irigoyen trabajaba de boyero, y contó:

"Los aborígenes se amontonaban para el reclamo. Le pagaban muy poco en el obraje, por los postes, por la leña, y por la cosecha de algodón. No le daban plata. Sólo mercadería para la olla grande donde todos comían. Por eso se reunieron, y reclamaron a los administradores, y a los patrones. Y se enojaron los administradores y el Gobernador.

Le pagaban con la comida. No conocían ropa nueva.
Trabajaban para la Administración y ahí por eso, seguramente, se enojaron y nos mataron.
En el Aguara éramos como mil aborígenes cuando atacaron. En las tolderías no había armas de fuego. Y nos mataron más de doscientos: hombres, mujeres, ancianos, ancianas, y niños. Los hombres queríamos volver a las tolderías pero éramos perseguidos por la policía. Nunca hubo malones. Querían sacarnos las tierras y eliminarnos.
Querían eso. Eliminar a todos los aborígenes y meter gente criolla, gente gringa. Mis hijos aborígenes. Y los aborígenes queremos trabajar en agricultura."

Melitona se hunde en el qom y Mario y Savino Irigoyen, los hijos que más la cuidan, se hunden con ella, pero desde una profundidad milenaria nace una voz, imposible de saber si era de la anciana sobreviviente o de los hijos, pero la esencia era una sola:

"Queremos trabajar como aborigen. Los aborígenes no somos malos. Los blancos nos quieren eliminar; y yo pregunto: ¿Por qué? Sí todos somos iguales."

Silencio.

Vuelven del silencio.

Ella espera.

Ella necesita."

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