13/06/2017
La “chocleada solidaria”, cruzada que nació en Alejandro, Córdoba. Impulsados por una ONG y junto a la Red Argentina Banco de Alimentos” esta acción solidaria ha logrado unir a jóvenes y adultos en un gesto único de solidaridad y esfuerzo.
Teniendo en cuenta la época de cosecha del maíz, se hacen las “chocleadas” juntando a mano este producto de campos, cuyos propietarios donan voluntariamente parte de su cultivo para una causa solidaria.
De ella participan alumnos, padres, docentes y vecinos de las comunidades cercanas, cosechando el maíz que luego será entregado a la “Red Argentina Banco de Alimentos” para su distribución en comedores infantiles.
La Chocleada persigue tres principales objetivos: combatir el hambre, crear responsabilidad social - especialmente en los más jóvenes - y generar ayuda económica para las instituciones más necesitadas de cada comunidad involucrando a las empresas intervinientes en dichas comunidades.
Por Nestor Soler (ex alumno)
Esta iniciativa comenzó el año pasado (2009) con la propuesta denominada “la chocleada”, que es un triangulo solidario: un productor dona una hectárea de maíz, los alumnos de los colegios lo cosechan y los choclos recolectados son donados al Banco de Alimentos, que los distribuye en los comedores de algún punto del país. A su vez las grandes empresas de agro insumos apoyan económicamente la actividad. Esta primera experiencia resultó un éxito rotundo.
Este año (2010) en González Moreno se decidió realizar nuevamente la actividad, aunque esta vez a nivel local, y seguir generando en los chicos un espíritu solidario y de compromiso social. La salvedad de esta ocasión es que la jornada se llevaría a cabo con el fin de colaborar con las instituciones de nuestro pueblo que más lo necesitaban, bajo el nombre de “Cosecha Solidaria”, contando solo con el apoyo de las empresas de la localidad.
La jornada se llevó adelante gracias a la participación de directivos, miembros de la comisión cooperadora, docentes, padres y alumnos del turno tarde del Instituto Julián Irizar, también los que tuvieron la solidaridad de aportar el camión y los que llevaron la cosechadora a la estación, todos con un objetivo en común, mucho esfuerzo y con el frío como mayor enemigo, fueron capaces de realizar una actividad a la que con facilidad podrían haberle dado la espalda.
Las instalaciones del Instituto Irizar fueron el punto de encuentro para posteriormente emprender el viaje hacia el establecimiento rural de Francisco Panadeiro y María Isabel Panadeiro donde, ubicadas las hectáreas donadas, se produciría la cosecha a mano.
El maíz cosechado mas tarde será vendido y el dinero acumulado será destinado a la compra de insumos para el taller protegido, para una necesidad que tengan los abuelos del Geriátrico, y para que el Instituto Irizar lleve adelante obras necesarias.
Al principio el único sonido que podía advertirse era el del roce entre las chalas. Eran casi las 9 y media de la mañana y todos estaban compenetrados en el trabajo. La hectárea se hacía enorme, pero lejos de frustrarnos esto nos servía para mirar adelante y seguir cosechando. Aunque parezca mentira, no nos habíamos dado cuenta de que teníamos que cosechar solo una hectárea y en realidad estábamos parados sobre una totalidad de cuatro hectáreas, lo que para la cantidad de personas que éramos hubiera sido prácticamente imposible.
Alrededor de las 11, tuvimos un merecido descanso en el que compartimos un desayuno a base de mates y tortas que habían sido donadas por algunas personas que al enterarse de la idea, quisieron sumarse y de alguna manera participar y formar parte.
Un rato después, y una vez que todos ya habían comido algo, decidimos seguir con la cosecha. Las ganas ya no eran las del principio, el cansancio se hizo notar en cada uno de nosotros y los chistes no se hicieron esperar.
Una vez que comenzamos a recolectar las bolsas que contenían los choclos ya comenzamos a relajarnos y todo fue mucho más distendido. El trabajo había sido concluido, el objetivo había sido ampliamente superado y llegaría entonces el momento de las fotos y de la satisfacción al ver la tarea realizada.
Era el momento de volver en una larga caravana atrás del camión y bocinazos que anunciaban el regreso. Un almuerzo a puro chori en la estación de tren, convertida hoy en Centro Cultural, le ponía el broche de oro a la jornada. La máquina de cosechar estaba dispuesta para recibir los choclos de las bolsas juntadas en el campo y la satisfacción de los kilos cosechados.
No me queda más que decir mis felicitaciones a la organización de este evento, a la familia Panadeiro, a quienes colaboraron de un modo u otro, y de manera especial a mis compañeros del Instituto Irizar por el buen comportamiento y el grado de compromiso con el que se llevó a cabo esta cosecha solidaria.