23/04/2026
Hay algo que preocupa y que merece ser pensado con seriedad y en comunidades que alojen; la forma en que se activan, o no, las intervenciones frente a situaciones que involucran a adolescentes. Cuando aparece una amenaza y se viraliza, la respuesta suele ser inmediata, contundente, casi automática. Pero cuando lo que emerge es un pedido de ayuda cotidiana y sostenido por quienes acompañamos procesos, muchas veces la respuesta llega tarde o directamente no llega.
Esa diferencia no es menor. Nos habla de un sistema que reacciona rápido ante lo que expone o compromete, pero que se vuelve lento frente a lo que necesita escucha, tiempo y presencia. Y ahí es donde algo se desajusta, porque la urgencia no siempre está en lo espectacular, sino en lo que se viene gestando en silencio.
Quienes trabajamos acompañando adolescentes vemos de cerca esas señales. Vemos angustias, desbordes, búsquedas de sentido. Y también vemos cómo muchas veces esos pedidos se diluyen entre protocolos rígidos o decisiones atravesadas por otras prioridades institucionales. Cuando la respuesta aparece recién cuando hay riesgo mediático, queda la sensación de que la empatía queda en segundo plano.
Y la prevención? No alcanza con intervenir cuando el conflicto ya explotó. Es necesario fortalecer espacios de contención reales, donde los jóvenes puedan sentirse seguros. Pero para que eso suceda, tiene que haber confianza. Y la confianza se rompe cuando lo que se dice en un espacio privado luego se expone, cuando una situación familiar o personal termina siendo motivo de burla o estigmatización.
Si en los espacios que se les debería alojar se les termina expulsando, el mensaje que reciben es claro, “acá tampoco es seguro hablar”. Y entonces el silencio crece, o bien aparece la transgresión como forma de hacerse ver, de decir “algo me pasa”.
También es importante reconocer que muchas figuras adultas hoy están desdibujadas. No solo en lo familiar, sino también desde lo institucional. Las normas y las leyes muchas veces no logran traducirse en referencias claras para estas juventudes. Y en ese vacío, nuestros pibes y pibas quedan sin un faro que les oriente.
Por eso, más que reaccionar, necesitamos revisar. Preguntarnos como adultos, en la escuela, en la justicia, en las instituciones... qué lugar estamos ocupando? Qué ofrecemos? Qué tipo de escucha construimos? Si realmente priorizamos el bienestar y la salud mental de nuestros jóvenes, o si seguimos respondiendo desde la urgencia del impacto.
Trabajar en prevención, en contención y en coherencia no es una opción, es una responsabilidad. Porque cuando un adolescente no encuentra dónde ser escuchado, va a encontrar alguna forma de hacerse oír. Y ahí es donde lamentablemente estamos llegando tarde...