03/08/2024
BANDOLEROS RURALES
Un episodio de bandolerismo rural, común en ésa época, acontecido por la Banda de Berrinchín en el almacén de Juan Francisco Ibarra.
A partir de los años 1850, en las últimas décadas del siglo XIX, así como los audaces se animaban a vivir con en el campo con temor de los malones, también debían estar armados y precavidos, cuidándose constantemente de los bandoleros rurales.
Ninguna película norteamericana puede -y sin embargo se puede recurrir a ellas para intentar imaginar el vivir en una campaña-, describir el vivir en constante zozobra. Se conocen protagonistas famosos como fueron Juan Moreira y Guillermo Hoyo (quien pasaría la posteridad como el célebre gaucho “Hormiga Negra”), Manuel Pacheco apresado en Chivilcoy, Alfredo Barreria, un gaucho joven, telegrafista, instruido, pendenciero y armas llevar como el conocido Martín Amestoy.
Había y hay ejemplos para todos los gustos y sus andanzas engrosan los archivos de la Policía y del Servicio Penitenciario provincial. Es más, algunos son famosos porque sus vidas han sido relatadas en la historia, la literatura, el teatro, el periodismo y los medios audiovisuales, en un contar algunas veces no muy objetivo de su vida y sus andanzas.
Los atropellos y actos delictivos de “Hormiga Negra”, entre sangrientos entreveros de boliche y alcohol, cimentaron la fama de aquellos culpables o inocentes que habitaron las llanuras pampeanas, muchos de ellos laderos de algún político, hacedores del trabajo sucio y que después eran despedidos y perseguidos como forajidos. Los episodios están marcados con sangre y muerte y alrededor de ellos, se han creado historias –verdaderas o no-, donde el bandolero rural fuera de la ley fue el protagonista.
Como dijimos, en la mayoría de los casos, los boliches y almacenes de campo fueron el centro y escenario de reunión de toda esta gente. Dos grandes almacenes de pioneros alvearenses protagonizaron otras dos de estas historias documentadas.
Una fue en el almacén de José Rufino de Olaso, nombrado Marqués de Olaso, después dueño de la estancia “San Salvador del Valle”. Olaso tenía almacén en Lobos, tropa de carretas y también almacén en Navarro, lugar donde Juan Moreira hiere de muerte al policía que fallece a unos pocos metros del negocio, en los escalones de la parroquia y de ahí, Moreira huye a Lobos donde perseguido y mu**to por una partida de policía. De este hecho se escribieron libros, de diferentes autores y opiniones, ensalzando o defendiendo a un gaucho matrero, malhechor y pendenciero.
El otro hecho que hoy nos ocupa y del que mucho menos se ha hablado, sucede en el almacén “El Indio”, en el entonces pequeño pueblo de Veinticinco de Mayo, propiedad de Juan Francisco Ibarra Otaola, otro vasco dueño de “Santa Paula” en General Alvear y de “La Vizcaína” en Bolívar.
La historia tuvo como protagonista a una “gavilla de bandoleros” que se hizo famosa por sus fechorías: la banda de Berrinchín. Era capitaneada por el tal “Berrinchín”, y realizaba atroces delitos. Berrinchín” en realidad era Carlos González, muy difícil de rastrear por tener nombre y apellido tan conocido en la región. Contaba entre ellos a los chilenos Juan Alderete, Manuel Alderete y a un tal Luna. La banda era temida en toda la zona: actuaron en Veinticinco de Mayo, Bragado, Chivilcoy, Nueve de Julio, Tandil y demás poblaciones del centro de la provincia de Buenos Aires.
Trabajando como peones en las estancias y casas de campo, la banda había ”inspeccionado” cada una de ellas, y cuando les era necesario conseguir dinero, las asaltaban robando, matando e hiriendo despiadadamente a cualquiera que se les interpusiera en el camino. Conocían toda la zona y “Berrinchín” contrataba baqueanos que luego intentaba plegar a la banda. Sin piedad, cometían masacres a sangre fría y ultimaban hombres, mujeres y niños sin ningún miramiento.
Su apariencia bien distaba ya del criador, peón o hacendado, y buscar camorra era su constante hacer y más, si se tomaban algún trago de caña o unos cuantos vasos de vino; su nombre llamativo, era pronunciado con temor ya que parecía invocar sus ataques de furia descontrolada y sin razón, su proceder deshumanizado y feroz.
Si bien en la campaña hombres y mujeres eran rudos y hábiles en el uso de armas blancas y revólveres, nada tenía que hacer ante semejantes criminales sin alma. ¿Qué podía hacer un criador de ovejas, un ganadero, un peón de campo, esquiladores o cosechadores que quedar totalmente a merced de sus abusos y desmanes?
Nada puede contra la sinrazón descontrolada.
EL ASALTO AL CRIADOR DE OVEJAS TOMÁS MALDONADO
Cuenta la historia que un día, llegó el vecino Tomás Maldonado al almacén del vasco Ibarra, en 25 de Mayo. Maldonado era un criador de ovejas, un hombre fornido, de manos grandes y cara castigadas por el tiempo a la intemperie, el frío y el calor del campo, que venían de vender un lote importante de ovejas.
El almacén de Ibarra estaba situado frente a la plaza, donde actualmente se encuentra la Biblioteca “Juan Francisco Ibarra”, un alto edificio con muchas puertas y ventanas y esquina sin ochava.
Recibieron allí $17.000 m/n por la venta de los animales y como era época de verano, un hermano de Maldonado durmió en uno de los coches con tolda en el patio de la casa y Tomás, en las instalaciones del almacén. En la oscuridad, a eso de la medianoche, llega la banda de “Berrinchín”, maniatan a los moradores, cometen toda clase de atropellos y se alzan con el dinero producto de la venta de las ovejas.
A la mañana siguiente, se arma un revuelo enorme al descubrir el atraco, pero la Banda se había escurrido en la noche y no quedó rastros de ellos ante la impotencia de las autoridades policiales. El comisario Arévalo intenta encontrar rastros pero los indicios se pierden.
EL FIN DE LA BANDA DE “BERRINCHÍN”
Pero no mucho después llega la revancha. Fue un domingo en el boliche “La Paloma” camino a Bragado, en una carrera de caballos. Como en todas estas reuniones y a pesar de que los juegos de azar estaban prohibidos, la taba volaba de acá para allá entre la gritería generalizada, entusiasmada por las apuestas jugosas de un muchacho. Como sucedía en estas ocasiones, el juego terminó en una pelea generalizada con intervención de la policía y como el Alcalde desconfió de tanto dinero en juego, fue aprendido también este muchacho.
En rueda de averiguación, el muchacho reconoció que tenía 5.000$, -una fortuna para esa época-, y que pertenecía a la banda de Berrinchín. También confesó el nombre de todos sus componentes y la forma de “contrata” de “muchachos jóvenes para aleccionarlos en el delito” (González Rodríguez, 67).
De más está decir que con esta confesión y con las pesquisas que venía realizando el comisario Avendaño, la Policía capturó al “Bandolero Luna” y la banda quedó totalmente desbaratada.
Bandidos rurales. Un título que tuvo otras connotaciones en una canción de León Gieco, quizás idealizando a los vientos la figura de aquellos que se mueven por fuera de la Ley. Bandoleros rurales y de los otros, los de antes y los de ahora, difíciles de atrapar en tierras de nadie.
Bibliografía:
González, Rodríguez. Orígenes y crónica vecinal de 25 de Mayo. Talleres gráficos “La Verdad”. 25 de Mayo. Provincia de Bs. As. 1940.
Paladino Giménez. El Gaucho. Paisanos entrerrianos. Foto de F. Rimathe. Alcalde de pueblo. Aprox.1890. Foto: F. Ayerza.