13/10/2025
_TESTIMONIO ESCRITO UN 27 DE DICIEMBRE 2022._
Comienzo diciendo gracias.
Y mi gratitud está dirigida a la persona más importante de mi vida: la persona del Espíritu Santo, mi amada Paloma.
Mi agradecimiento público se relaciona con el testimonio que hoy comparto, aunque la gratitud verdadera nace cada día, en mi intimidad, cuando nadie me ve.
Este ha sido un año sumamente difícil. Al principio todo parecía ir bien. Incluso comenzamos dando testimonio en la iglesia. Mi esposo, Gabriel, se levantó a contar que faltaba muy poco para finalizar su tratamiento. Eso fue a comienzos de agosto, y el tratamiento terminaría en septiembre. Dimos gloria a Dios, porque no tenía síntomas y se encontraba sano.
La doctora que lo atendía decidió disminuir lentamente la medicación.
Para quienes no lo saben, mi esposo fue diagnosticado hace casi trece años con una enfermedad llamada Síndrome de Devic o Neuritis Óptica, una enfermedad neurológica, autoinmune, desmielinizante, crónica y sin cura. A lo largo de todos estos años hemos visto el poder de Dios y su amorosa compañía sosteniéndonos en todo momento.
Sin embargo, a fines de agosto, comenzó nuevamente con fuertes dolores en la columna que luego se extendieron hacia las piernas, lo que derivó en un nuevo brote —o supuesto brote—. Sus piernas se endurecían y tenía una sensibilidad tan alta que le resultaba imposible caminar con normalidad.
Fuimos al hospital, donde nos recibieron con una atención muy cálida. Agradezco a Dios por la ciencia, pero también por poner en nuestro camino personas con empatía y amor.
Comenzaron a administrarle medicación por vía intravenosa, varios pulsos de corticoides.
Mientras atendían a mi esposo, yo aguardaba en el pasillo, físicamente sola, pero acompañada por mi fiel amigo: el Espíritu Santo. En medio de esa espera comencé a sentirme mal, con mareos. Mi hermana me escribió y me sugirió que quizás estaba embarazada.
Esa misma tarde hice un test, y en menos de un minuto el resultado fue positivo.
No le dije nada a Gabriel en ese momento, porque él seguía muy débil. Más tarde, cuando regresamos a casa, le conté. Recuerdo perfectamente su rostro. Fue un instante lleno de emoción y, a la vez, de preocupación. Nuestros hijos estaban felices, me abrazaron con alegría, mientras él disimulaba el malestar físico que lo acompañaba.
Intentamos enfocarnos en la buena noticia, dejando atrás por un momento los pensamientos de enfermedad. Y lo logramos. Nos ilusionamos profundamente. Aun hoy, al recordarlo, las lágrimas me acompañan.
Nuestra iglesia, *Peña de Horeb* , oró fervientemente por nosotros. También se sumaron muchos hermanos de la fe a acompañarnos en oración.
Pasó casi un mes y comencé a tener pérdidas. Fui al médico, me indicaron reposo y una ecografía. Allí confirmaron que no había latidos.
Un día antes de esa noticia había sentido una gran angustia. Algo en mi interior me dijo que algo no estaba bien. Lloré, oré y comprendí lo que venía.
Aun así, aquel sábado me levanté en la iglesia a cantar. Dije:
“Hermanos, me duele lo que estoy viviendo, pero en esta tarde se lo dejo al Señor”.
Durante todo ese tiempo procuré disimular mi dolor para no preocupar a mi esposo ni a mis hijos. Hablé con Dios en soledad. Él guardó silencio, un silencio santo.
Y en ese silencio nació una fe nueva, una fe firme e inquebrantable.
Pasaron los días y debí repetir la ecografía. Vi nuevamente a mi pequeño embrión, que ya no mostraba signos de vida. Lloré profundamente. Recibí el consuelo de mis hermanos, mis cuñados y mis hijos. Fueron abrazos que jamás olvidaré.
Con Gabriel fuimos luego a la clínica, donde me indicaron un tratamiento para la eliminación natural. Lloramos juntos en silencio. Cruzamos la avenida tomados del brazo, sin palabras, solo con lágrimas.
Debíamos comprar la medicación, y mientras yo deseaba aferrarme al milagro, escuché claramente en mi corazón la voz de Dios que me dijo: “Esta vez, no”.
Fueron semanas muy duras. Algunos, con buena intención, me decían: “Pily, ya tenés dos hijos”. Y sí, es cierto. Son mi mayor bendición. Pero ese embrión también era mi hijo, y su pérdida fue un profundo dolor.
En ese proceso oré intensamente. A veces no había palabras, solo lágrimas.
Y en medio de la prueba también se escuchan las voces del enemigo:
“¿Dónde está tu Dios?”
“¿Y el milagro que esperabas?”
Pero Dios seguía ahí, sosteniéndome.
Fue entonces cuando se cruzó en mi camino Karen, una joven dulce que padecía cáncer. Nos abrazamos y lloramos juntas. Ella me dijo: “Te entiendo”, y esas palabras se grabaron en mi alma.
Tiempo después pude acompañarla en una de sus internaciones. Pasé con ella una noche entera. Hablamos mucho, oramos, nos reímos, y por momentos dormía profundamente.
En un momento me dijo:
“Pily, ¿recordás cuando Dios me habló? Yo creí que me sanaría del cáncer, pero me sanó el corazón. Lo que estaba enfermo era mi alma. Y hoy estoy en paz”.
Comprendí que ese fue su milagro verdadero: la sanidad interior.
Horas después, Karen partió a la presencia del Señor.
Pocos días más tarde, en una reunión en la iglesia, una hermana —que nunca antes había dado una profecía— me dijo:
“Porque preguntaste por qué estabas allí, fue mi voluntad. Mi Espíritu Santo te capacitó para estar donde hay dolor”.
Lloré al comprender que Dios me había respondido, después de tanto silencio.
A partir de entonces, mi esposo comenzó a mejorar. Los médicos confirmaron que no se trataba de un nuevo brote, sino de una secuela antigua. Gloria a Dios por ello.
Comprendí que mi pérdida, aunque dolorosa, fue pequeña al lado de la de Karen, y que aquel “no” de Dios fue, en realidad, una forma de protección.
Aprendí que los milagros no siempre ocurren como los imaginamos, pero el milagro siempre está. El mayor de todos es la salvación del alma.
Hay personas que gozan de buena salud física, pero tienen el corazón enfermo de rencor, ira o falta de perdón. La verdadera sanidad es la del alma y del corazón.
Hoy puedo afirmar, con una fe más firme que nunca:
“Nada tienes que darme para que te quiera, porque aunque lo que espero no esperara, lo mismo que te quiero, te quisiera”.
Les agradezco de corazón a todos los oraron por nosotros.
❤️🙌🏻