29/10/2016
A veces en las reuniones parecía que era mucho. Lo que pensamos. Lo que armamos. El despelote. Los temas. Las palabras. La juventud.
Hoy cuando entramos a un aula pequeña, en el primer piso de paredes que tienen más de cien años, entramos y estaba repleta de rostros jóvenes, algunos no tanto; estaba parado un amigo del Pueblo Comechingón de la Toma, hablando de memorias, y una chica con la guitarra y un atril preparaba algo. Cuando entramos, acompañados por un funcionario de la secretaría de DDHH de la provincia, que unos metros antes, en el pizarrón con las fotos de los (hasta ahora, que sepamos) 18 estudiantes desaparecidos del Carbó, se detuvo, leyó los nombres escritos con tiza, y con la voz quebrada y los ojos húmedos me dice “compartí la cárcel con Gustavo De Breuil, era un pibe, un chiquito”, cuando entramos y se presentó, le decimos querés quedarte en el taller?, por favor responde. Y se sentó, en esa aula pequeña, un viernes a la tarde, con la ventana que alguien abrió, porque eran muchos y hacía calor. Y bajamos, a medir con los chicos del centro de estudiantes los metros para plantar los árboles, caminando esos pasos largos de un metro. Y dejamos las tres cina cinas en sus lugares y luego nos encuentramos con hermanos, hijos, nietos de otros estudiantes. Y Silvia, una adorada Profe de la Facu de Filo, ex alumna del Carbó. Y Pasamos por los cursos invitando. Y la Murga se pintaba la cara y preparaba los trajes de celeste pirata, como el barrio. Y del taller salieron jóvenes a pintar 18 piedras, que serán cantero, hermanos de otros canteros que cuidan la vida y la memoria. Las pintaron en la calle, frente a la avenida colón, mientras terminaba el día. Y otros pibes pala en mano iban haciendo unos huecos. El Mati se metió al taller, ya había buscado los árboles. Y la Profe Laura renegaba con el sonido que no andaba, y la Directora leía un libro para encontrar la poesía para arrancar, y las estudiantes de pintorcito se iban sentando en las escaleras. Y compartimos chupetines.
Cuando entramos a esa aula de rostros de tierra, al rato, casi sin darnos cuenta, estábamos tirando puñaditos. Apisonando el suelo. De tierra. Memorias de la tierra y de la vida. Gritando 30000 compañeros desaparecidos presente ahora y siempre. Cuando entramos al aula pensabamos si era mucho. Lo que pensamos. Lo que armamos. El despelote. Los temas. Las palabras. La juventud. Era, quizás lo necesario. Para volver a cruzar la puerta de esa aula y sentir al menos que eramos diferentes. Que éramos más “nosotros”, toda esa diversidad de vidas, en el atardecer de un viernes, en la Inauguración del Paseo de la Memoria del Carbó.