24/08/2020
Hoy les cuento una anécdota de trabajo colaborativo, en primera persona.
Estaba cursando, como participante, en la especialización de Educación y Tic (2014) y nos encontramos que debíamos realizar un trabajo que consistía en preparar una actividad que comenzara en una asignatura y se transformara en un proyecto institucional, realizada por la comunidad de la escuela.
La especialización era totalmente virtual, a distancia. Los grupos de trabajos fueron previamente conformados por la tutora. Quedo en un grupo formado por docentes de distintos niveles, áreas y provincias. Recuerdo que había un profe de la provincia de Buenos Aires, de una escuela rural y que conocía bastante el manejo de herramientas tic, otra docente de la provincia de Entre Ríos, del área de lengua en instituto de enseñanza superior, otra docente de la provincia de Santa Fé de enseñanza media, y era secretaria docente en una escuela técnica. Y yo, de escuela media.
¿Cómo elegir desde que asignatura se trabajaría y de allí expandir la actividad para que abarque a la comunidad educativa? Luego de varios intentos y varios intentos fallidos no lográbamos encontrar el camino que resolviera la actividad. Ya llegaba ese estado de ánimo de deshauciados. Había llegado el domingo, la actividad había que enviarla el martes y ahí estábamos.
Se me ocurrió intercambiar realidades con la docente que era secretaria en una escuela técnica, y de esa charla constructiva surgió la idea de que a través de la asignatura de materiales de construcción, se realizara una indagación sobre los materiales con los que fue realizado el edificio escolar. Y así comenzar a expandir la inquietud hacia la comunidad, y aprovechar el aniversario de la inauguración del edificio, invitar a los ex alumnos y ex docentes a compartir fotografías del edificio y los materiales en que estaba construído.
Entonces hicimos un documento en googe doc, con los correos de los integrantes y se agregó el correo de la tutora, para que pudiera seguir los aportes de cada uno, a través del chat.-
Trabajamos de manera sincrónica, yo escribía las ideas en bruto, y ella iba redactando para que quedara mejor.
En total habré invertido una hora y media de trabajo. Y quedó bastante bien, mejor de lo que esperábamos, y de lo que ya habíamos hecho. Nos despedimos ese domingo, y pensando que por lo menos el martes al medio día cuando envíaramos el trabajo, al menos íbamos a zafar, y en el mejor de los casos nos lo devolveríamos para corregir y ver que sugerencias nos hacía la tutora.
El lunes estuve todo el día trabajando, y el martes a primerísima hora ingresé a google para ver el trabajo. OOOHHHH ¡qué sorpresa!!!! Los otros compañeros habían ingresado y le habían aportado lo mejor que tenían a ese trabajo. La compañera de Entre Ríos, redactó el trabajo desde la bibliografía y aportes de los autores, y el profe de la escuela rural, lo hermoseó, con cuadros y gráficos. Como decimos acá en Córdoba, un trabajazononón! Impresionante.
Con una calidad y profesionalidad que emocionaba… Por supuesto que aprobamos y hasta nos felicitaron.
Moraleja: cómo el trabajo colaborativo nos lleva a un todo, donde es primordial el aporte de cada uno, de lo mejor que tiene para dar. Y con el reconocimiento que de manera individual ninguno podría haber realizado semejante trabajo. El esfuerzo de cada uno fue relativamente poco. Y el “todo” alcanzado es muchísimo mayor que la suma de las partes.
Entonces, llevar al aula, aún en esta situacion de aula remota, el trabajo colaborativo, sobre todo para integrar heterogeneidades puede ser una herramienta transformadora de esta realidad.