11/09/2018
“Cuando yo iba a la escuela Plutón era un planeta, el Éverest era la montaña más alta del mundo, los murciélagos eran ciegos, los sabores eran cuatro y los sentidos eran cinco. Cinco eran, también, los continentes y el Norte estaba definitivamente arriba. Además, decir almóndiga estaba mal…Todo eso hoy está cuestionado. Saludablemente cuestionado, porque así avanza el conocimiento: refutando lo anterior.
Pero en la escuela no me ensañaron eso, no me dijeron que las cosas que me decían podían desdecirse en otro tiempo. Más bien me transmitieron la idea de saberes perpetuos… o eso entendí.Hoy miro los chicos pasar por las aulas y me pregunto cuánto de lo que les enseñamos será erróneo en treinta años. En veinte, en diez… ahora mismo.
¿Cuántas de estas “certezas” deben saber para aprobar una materia? ¿No será que estamos ofreciendo el saber equivocado? Un punto extra para el que tiene opinión propia, un “felicitado” para el que cuestiona y repregunta, hasta obligar al docente a estudiar otras respuestas. Un “sigue así” para el que pide una nueva explicación para él y para todos sus compañeros. Un diez para el docente que a fin de año le cuenta a sus alumnos aquello que aprendió con ellos, junto a ellos.
Si hacemos una escuela como sólida estructura de cemento, al resquebrajarse se nos caerá el techo en la cabeza. Porque una albóndiga ha de tener el mismo sabor que una almóndiga, después de todo. Pero preguntarse por qué algunos tienen cuatro en el plato y otros no tienen ni una, es algo que, sin dudas, les va a servir el resto de sus vidas” (A.P)