16/05/2026
https://chatgpt.com/s/m_6a08653eb4dc8191ba9a536e6aaa5cce
Mira esta imagen Mira lo que alguien creó con ChatGPT.
Somos un grupo de profesionales, artistas y estudiantes que nos dedicamos al estudio, práctica, y f
16/05/2026
https://chatgpt.com/s/m_6a08653eb4dc8191ba9a536e6aaa5cce
Mira esta imagen Mira lo que alguien creó con ChatGPT.
04/04/2026
Se mueve!!!
Nuevo libro del compañero Alfonso Lans
LANZMIENTO
ESQUIZOANÁLISIS: CLÍNICA Y FILOSOFÍA
El tiempo como materia viva
Acá está el trabajo de años sobre una clínica que se mueve. No es teoría de biblioteca; son herramientas para intervenir en la subjetividad, pensando el tiempo como materia viva y los agenciamientos como motor de cambio.
Si te interesa la clínica esquizoanalítica y querés ver por dónde viene la mano, te dejo el libro entero para que lo biches.
👉 BICHÁ EL LIBRO ACÁ (PDF):
https://drive.google.com/file/d/1-Em3WRgypMPRgEOsud8fV7hayE3yuErp/view?usp=drivesdk
Aporte a la producción independiente:
El acceso es libre. Si te sirve para tu práctica o tu formación y querés apoyar esta apuesta autogestionada, podés aportar lo que sientas y puedas:
Banco: Midinero
Cuenta: 11483792
Hacia una clínica de la multiplicidad
El deseo como producción de lo real: máquinas, agenciamientos y anti-Edipo
Uno de los desplazamientos más radicales introducidos por Gilles Deleuze y Félix Guattari —y quizás el más decisivo para la clínica esquizoanalítica— es su reconceptualización del deseo. Frente a las tradiciones dominantes del psicoanálisis, en particular las lecturas freudianas y lacanianas que entienden el deseo como falta, carencia o efecto de una ausencia estructural, Deleuze y Guattari proponen una tesis de una radicalidad ontológica: el deseo no carece, produce. Produce realidad. Produce lo real.
“Si el deseo produce, produce lo real. Si el deseo es productor, solo puede serlo en realidad y de realidad”. Esta afirmación no es una metáfora ni una provocación retórica: es un principio materialista. El deseo no es fantasía ni representación secundaria; no es un suplemento imaginario que vendría a compensar lo que falta. Es una potencia creadora inmanente, una fuerza productiva que conecta cuerpos, objetos, instituciones, signos, técnicas y territorios. En esta perspectiva, no son las necesidades las que originan el deseo, sino exactamente lo contrario: las necesidades son derivaciones del deseo. La carencia no es su fundamento, sino su contra-efecto, un vacío producido en lo real por ciertos modos históricos de organización del deseo.
Para dar cuenta de esta productividad, Deleuze y Guattari introducen en El Anti-Edipo el concepto de máquinas deseantes, entendidas como unidades de producción que operan mediante “síntesis pasivas que maquinan objetos parciales, flujos y cuerpos”. El deseo no fluye libremente como una energía indiferenciada, sino que maquina, corta y conecta. Produce siempre por acoplamiento: una boca con un pecho, una mano con una herramienta, un cuerpo con una institución, una voz con un territorio.
Más adelante, el concepto de agenciamiento reemplazará progresivamente al de máquina deseante, ampliando su alcance. No hay diferencia de naturaleza entre las máquinas deseantes y las máquinas técnicas o sociales: son las mismas máquinas, lo que cambia es su régimen, su escala, sus relaciones de tamaño. La fábrica, el hospital, la familia, el Estado, el cuerpo, el inconsciente: todos son agenciamientos productivos. Las máquinas deseantes tienen, además, una característica decisiva: funcionan averiándose. Se interrumpen, se descomponen, se desvían. La producción siempre se injerta en el producto; no hay cierre ni totalidad.
Desde esta perspectiva, El Anti-Edipo constituye una crítica devastadora al psicoanálisis tradicional. Deleuze y Guattari sostienen que el complejo de Edipo no es una estructura psíquica universal, sino una realidad social producida, reforzada y naturalizada por la propia práctica psicoanalítica. El Edipo funciona como un dispositivo de colonización del deseo: organiza, reduce y privatiza la producción deseante para hacerla compatible con el orden social dominante. El psicoanálisis, en su versión institucional, no se limita a interpretar; produce sujetos edípicos.
Reconocen que Sigmund Freud descubrió la productividad del deseo, pero afirman que luego la organizó según el modelo edípico, institucionalizándola y reprimiéndola. El inconsciente deja de ser fábrica para convertirse en teatro. Contra esta operación, Deleuze y Guattari rechazan toda separación entre una supuesta producción social de la realidad y una producción deseante de la fantasía. No hay dos escenas. “La producción social no es otra cosa que la propia producción deseante bajo condiciones determinadas”. Solo hay deseo y lo social, y nada más.
Esta tesis tiene consecuencias clínicas y políticas decisivas. El deseo no es exterior al campo social ni algo que deba ser liberado desde una interioridad reprimida. El deseo ya está ahí, cargando directamente las fuerzas productivas, sosteniendo instituciones, economías, formas de vida. De ahí la pregunta —heredera de Baruch Spinoza y Wilhelm Reich— que atraviesa todo El Anti-Edipo:
¿Por qué los hombres luchan por su servidumbre como si fuera su salvación?
Lo más inquietante no es que el deseo sea reprimido, sino que desee su propia represión. Las formas sociales más opresivas no se sostienen solo por coerción externa, sino porque son producidas deseantemente bajo ciertas condiciones históricas. El capitalismo no se limita a reprimir el deseo: lo captura, lo descodifica y lo reterritorializa, canalizando sus flujos hacia la lógica del mercado. Produce deseos, subjetividades, modos de ser. La moda, las redes sociales, la cultura del rendimiento y del consumo son ejemplos privilegiados de esta captura.
Sin embargo —y aquí reside la ambivalencia central del deseo— esa misma productividad lo vuelve potencialmente subversivo. El deseo no pertenece esencialmente al capitalismo. Su naturaleza conectiva y creadora permite imaginar otros agenciamientos, otras economías, otras formas de comunidad y de relación con el entorno. El capitalismo empuja permanentemente hacia un límite esquizofrénico —rompe códigos, disuelve territorios— pero al mismo tiempo reinstala territorialidades residuales y ficticias (la familia edípica, el Estado, la identidad) para contener los flujos que él mismo libera.
A diferencia de la Voluntad de Schopenhauer —centrada en el sufrimiento individual— y de la Voluntad de Poder de Nietzsche —extendida a todo lo viviente pero aún pensada desde la figura del individuo creador— Deleuze y Guattari radicalizan la cuestión: el deseo no es humano en sentido estricto. Es una fuerza impersonal, material, cósmica y molecular que opera a través de agenciamientos. No pertenece a la conciencia ni al yo. Produce directamente lo real. Esto descentra definitivamente al sujeto como fundamento de la clínica y de la acción.
De allí que el deseo no sea ni bueno ni malo, ni liberador ni represivo en sí mismo. Es un campo de batalla micropolítico. Puede ser capturado para producir subjetividades dóciles, o puede desbordar los límites que intentan contenerlo. El desafío clínico, ético y político del esquizoanálisis no es “liberar” el deseo en abstracto, sino acompañar sus conexiones más potentes, cartografiar sus capturas y favorecer composiciones que abran devenires no fascistas.
Esta concepción del deseo constituye el corazón mismo de la clínica esquizoanalítica: una clínica que no interpreta carencias, sino que trabaja con producciones; que no corrige desviaciones, sino que escucha agenciamientos; que no busca normalizar, sino potenciar la vida allí donde insiste.
02/01/2026
El Jardín de las Delicias: cartografía del deseo capturado
By Alfonso Lans
La obra conocida como El Jardín de las Delicias, de Hieronymus Bosch, ha sido leída durante siglos como una alegoría moral sobre el pecado, la lujuria y el castigo. Sin embargo, esa lectura resulta insuficiente, incluso ingenua, frente a la potencia simbólica que despliega el tríptico. Más que una advertencia moral, la obra funciona como una cartografía compleja de la conciencia, del deseo y de sus modos de captura. No describe una historia lineal —creación, caída, condena— sino una estructura que se repite, que coexiste, que insiste. El Bosco no pinta un pasado perdido ni un futuro escatológico: pinta un presente eterno.
Desde una perspectiva esotérica y gnóstica, el tríptico puede leerse como la representación de un mundo gobernado no por un Dios trascendente, sino por un principio organizador inferior, cercano a la figura del Demiurgo. En esta cosmología, el problema central no es el pecado sino el olvido: el olvido del origen, de la chispa espiritual, de la interioridad no capturada. Los Arcontes —potencias administradoras del mundo— no operan mediante la prohibición, sino a través de la saturación, la confusión y la proliferación sin sentido. El mal no se presenta como negación del goce, sino como su administración infinita.
El panel izquierdo del tríptico no representa simplemente el Edén bíblico, sino un estado de unidad previa a la captura. No hay allí culpa ni Ley, ni aún subjetividad escindida. Las figuras humanas no se experimentan como individuos separados, sino como parte de un campo continuo de vida. La divinidad aparece joven, casi andrógina, más cercana al principio gnóstico del Anthropos que al Dios patriarcal del dogma. No es un origen histórico, sino una posibilidad ontológica: un estado de potencia anterior a la fijación del deseo.
El panel central, tradicionalmente interpretado como una orgía de lujuria, es en realidad el núcleo conceptual de la obra. Allí no hay transgresión, porque no hay Ley; no hay culpa, porque no hay interioridad reflexiva; no hay vínculo, porque no hay alteridad. Los cuerpos se multiplican, se conectan, se penetran, se disuelven unos en otros sin producir subjetividad. El deseo circula, pero no se transforma. Desde el gnosticismo, este es un mundo plenamente arcóntico: un mundo donde todo está permitido, precisamente para que nada despierte. La sexualidad, despojada de eros, se convierte en pura excitación; el placer, no simbolizado, se vuelve repetición. No hay aquí celebración del cuerpo, sino su uso como superficie de descarga.
Esta lógica anticipa con sorprendente precisión la del capitalismo tardío y las redes digitales. El poder contemporáneo no reprime el deseo: lo traduce en atención, en tiempo de permanencia, en circulación cuantificable. El algoritmo cumple hoy la función del Demiurgo: no busca verdad ni sentido, solo optimización del flujo. Como los Arcontes, no prohíbe, no juzga, no castiga; administra. El feed infinito es el Jardín central actualizado: un espacio de hiperconectividad sin interioridad, de exposición constante sin elaboración simbólica. Nadie está solo, pero nadie está verdaderamente con otro. El goce es obligatorio, la visibilidad es mandato, el silencio se vuelve sospechoso.
Desde una lectura esquizoanalítica, en el sentido desarrollado por Gilles Deleuze y Félix Guattari, el error no consiste en desear, sino en desear dentro de máquinas que capturan y sobrecodifican ese deseo. El Jardín central es una máquina deseante hiperfuncional, donde todo fluye pero nada fuga. No hay represión, hay exceso de codificación. El deseo no se bloquea: se explota. La supuesta libertad se revela como una forma sofisticada de servidumbre.
El panel derecho, el llamado In****no, no representa un castigo impuesto desde afuera, sino el resultado lógico de ese circuito. El deseo, no transmutado, se fija; la energía, no simbolizada, se vuelve contra el sujeto. Instrumentos musicales convertidos en máquinas de tortura, cuerpos atravesados por dispositivos, figuras híbridas sostenidas por prótesis: todo indica un colapso de la subjetividad. El célebre Hombre-Árbol no sufre por haber gozado, sino por haber quedado vacío. Es un sujeto hueco, soporte de un sistema que ya no necesita conciencia para funcionar. El in****no no quema: desgasta.
Sin embargo, el Bosco no clausura toda posibilidad. Las líneas de fuga existen, pero no son heroicas ni visibles. No hay salvación colectiva ni iluminación espectacular. Las fugas verdaderas son menores, frágiles, casi imperceptibles. Están en las figuras que no participan del frenesí, en las miradas que no se entregan del todo, en los gestos suspendidos. Desde el gnosticismo, el despertar nunca es masivo; desde el esquizoanálisis, la fuga no es escapar sino interrumpir sin recaer inmediatamente en otra captura.
La línea de fuga más radical que propone el Bosco no está dentro del cuadro, sino fuera: en el efecto que produce sobre el espectador. La saturación visual, la ausencia de identificación cómoda, el exceso sin promesa generan distancia, agotamiento, reflexión. El cuadro no enseña cómo salir: obliga a sentir la asfixia de permanecer. En ese sentido, la fuga no es una solución, sino una decisión.
Hoy, en el contexto del capitalismo tardío y las redes, estas líneas de fuga se traducen en gestos clínicamente modestos pero políticamente radicales: recuperar una interioridad no exhibida, sostener un deseo no inmediatamente descargado, aceptar tiempos mu***os, silencios improductivos, vínculos que no se convierten en contenido. No como moral ni como ascetismo, sino como interrupción del circuito. Allí donde todo circula, lo que no circula resiste.
El Jardín de las Delicias no promete redención. Ofrece algo más incómodo: la posibilidad de no entregarse del todo. Esa posibilidad es mínima, inestable, siempre amenazada. Pero existe. Y quizá, como sugiere el Bosco, eso sea lo único que puede llamarse libertad.
21/08/2025
Acudir a psicoterapia operativa es un acto de profundo autoconocimiento y cuidado emocional. A través de este enfoque, no solo se trabajan síntomas superficiales, sino que se exploran las raíces inconscientes de pensamientos, emociones y comportamientos que muchas veces determinan nuestra vida sin que lo notemos. Esto permite comprender patrones repetitivos, conflictos internos y relaciones afectivas de manera más clara.
Los beneficios son múltiples: se promueve una mayor conciencia de uno mismo, se mejora la capacidad de manejar emociones, se fortalecen las relaciones personales y se adquiere herramientas para enfrentar dificultades de manera más saludable. Además se fomenta un cambio duradero, porque no se limita a “apagar el síntoma”, sino que busca transformar la manera en que nos relacionamos con nosotros mismos y con los demás. Animate, no te arrepentirás. 0598 99462061