28/10/2022
Estamos tan acostumbrados al mundo de las formas superficiales que vivimos identificados con el cuerpo, la imagen, lo que tenemos, lo que sabemos, nuestra historia, nuestros pensamientos, emociones y acciones, creyendo que nos definen o esperando a que nos den algún tipo de felicidad.
Nos olvidamos así de nuestra naturaleza, nos empequeñecemos y, aunque no nos damos cuenta, lo vivimos como limitación y dolor.
En las relaciones esperamos y a veces exigimos que los otros nos reconozcan en nuestra grandeza y amplitud. Es lo que más nos hace sufrir, encontrar en ellas el reflejo de cómo nos hemos disminuido a nosotros mismos.
Cuando alguien nos presta atención o nos admira, tenemos la sensación de que, al fin, nos están viendo en nuestra esencia. Esto nos conmueve tanto que todas nuestras energías se mueven hacia ese ser humano.
Tal vez sí haya tenido un atisbo de lo que somos y ese reconocimiento despierte en nosotros el recuerdo de esa profunda grandeza. Pero si no tenemos una conciencia acabada de nuestro ser, vamos a creer que proviene de ESA persona, a la que querremos seguir frecuentando con la esperanza de que nos vuelva a hacer sentir la conciencia viva de lo que somos.
Tratamos de explicar esa atracción de mil maneras diferentes. Creemos que lo que nos une son nuestros intereses en común, los atractivos de nuestros cuerpos, o nuestras historias parecidas. Como fenómenos de la superficie, nuestros gustos y afinidades van y vienen, no hay ninguna estabilidad.
Si entramos en una relación desde estas conciencias y un día descubrimos que se enfoca más en nuestras diferencias, en lo que no somos, podemos sentirnos defraudados, ya que sin darnos cuenta, esperábamos mucho más. Esto solo nos refleja nuestra propia limitación, la pobreza de nuestra propia percepción.
Esperar que el otro reconozca mi amplitud cuando yo no aprendí a reconocerla ni a honrarla, nos lleva inmediatamente a defendernos y a atacar.
Nuestro mayor anhelo es recuperar la conciencia de lo que somos. Cuando estamos solos no es tan fácil darnos cuenta. Pero cuando nos relacionamos con otro, el dolor y la confusión que nos causa es tan palpable que si vemos más allá, descubriremos que solo nos está mostrando nuestro mayor dolor: habernos olvidado de nuestra esencia. En contacto con ella, nada puede limitarnos.
Desde esta conciencia podemos contemplar al otro en su amplitud, su verdadera naturaleza, ese espacio abierto y compartido… la esencia que nos une.