15/09/2024
Una Hormiga, el Universo y yo
Salgo al patio de mi casa, feliz como quien anda distraído, a echarle un vistazo al universo. Mi patio es un oasis minúsculo empozado entre paramentos inmobiliarios que se levantan como gigantescos panales de hormigón en plena ciudad de Buenos Aires. En este espacio mínimo, arropado con una cálida bata azul, montado en unas cómodas pantuflas y con los pulmones rebosantes de domingo, comulgo con mis plantas. Con mi brazo izquierdo sostengo un termo. Con mi mano derecha empuño el infaltable mate. Con cada rezongo caliente y dulzón pongo en pausa el vértigo de la existencia para enfatizar cada instante de ocio. Mi vista se posa aleteando entre flores, ficus, cactus enanos, un limonero, una planta de quinoto, dos o tres pequeños mandarinos, entre otros plantines y macetas; cuando de pronto el mate rezonga estirando un signo de interrogación: ¿Qué hacen dos hormigas en un jardín que flota en este mar de cemento? ¿Qué naufragio empujó a estos insectos tan fuera de contexto? El mate rezonga desconcertado. Supongo que estas dos sabandijas planetarias vinieron como polizones en alguna de esas bolsas de tierra que trae Rufino, el hombre que periódicamente oficia de jardinero. El mate rezonga místico. Conjeturo que, para que esas dos mostacillas biológicas estén aquí, Dios tuvo que haber creado a todos sus ancestros, a todos sus predecesores evolutivos, y a todo el universo. O por lo menos a Rufino y sus sacos de tierra, lo que requiere de una operación no menos portentosa. Una de las hormigas, la de la izquierda, rápidamente desaparece detrás de una maceta. La otra, pasa a mi lado; y aunque yo podría aniquilarla, mi presencia parece no inquietarla. Atrevida y arrogante se acerca a una de mis pantuflas. Hace el ademán de subirse. Desiste. El mate rezonga impertinente. Su desfachatez me agrada. Hay algo en ella que me fascina. Me intereso en su comportamiento. El mate rezonga cautivado. La hormiga camina en su minúsculo silencio. Sin alarde. Su presencia se agiganta. Me interpela. Me propone analogías y paradojas que están fuera del perímetro habitual de mis reflexiones. El mate rezonga consustanciado con la Creación. Me recuerda que una hormiga no tiene un alma. O si la tiene, no ha sido -que yo sepa- acreditada por el Vaticano. Supongo que, si Dios existe, ella ya lo sabe y si no, a ella no le importa. El mate rezonga con rebeldía: ¿Por qué negarle un alma minúscula a esta hormiga? ¿Por qué privarla de una partícula divina devenida en un alma artrópoda? El mate rezonga con desafiante beatitud. Me propone dotarla de un almita hecha a su imagen y semejanza. Pero para ello debo dispensarle un momento bautismal y ungirla con un nombre de pila. El mate rezonga inspirado y virtuoso. Inmediatamente se desata un parloteo intenso entre mis dos hemisferios cerebrales: el Lógico y el Emocional. En pocos segundos proponen y descartan media docena de nombres: Antúnez, que contiene “antz” y es a la vez un nombre criollo, como corresponde a un insecto vernáculo… pero ese nombre suena a tunante y la pinta demasiado granuja. Luego siento que su determinación y manera altanera de caminar sugieren más bien un nombre de compadrito o de rústica comadre. Podría llamarse La Lujanera o Jacinto Chiclana. O acaso Sísifo. No, eso sería excesivamente alegórico. A ver… ¿Y Borges…, Beatriz…, Ulises…, Luz…? ¡Luz! ¡Eso es! Sí. Un nombre ágil, luminoso, monosilábico, que combina con su porte y actitud. Sí, Luz está bien. El mate rezonga hereje. Me advierte que Luz, hasta hace poco una indocumentada, es ahora una criatura con pasaporte al Cielo. Esto podría tener consecuencias de proporciones bíblicas: al bautizar a Luz, hemos inoculado una hormiga en el reino de Dios. Espero que no se multiplique y termine inaugurando un hormiguero en el mismísimo Jardín del Edén. Eso sería un in****no para sus plantas. ¡Vaya paradoja!
Luz, ahora un insecto devenido en mascota continúa su regio andar de punto y coma, sin dicha ni tristeza, sin orgullo ni vergüenza. Luz es pura inocencia, aun cuando le arranca la cabeza a otro insecto para proveer al hormiguero. El mate rezonga y reflexiona ¿Adónde va Luz?, camina decidida, sin rumbo, sin meta, pero totalmente segura de que por donde ella va, ése es el camino. Luz no sabe adónde va, hasta que llega. No sabe lo que busca, hasta que lo encuentra. Luz camina sin una estrategia o algo parecido a un plan. Pero no le importa. Ella es el Plan. El mate rezonga enérgico. Su vida transcurre exclusivamente en lo que hace, activándose al máximo, sin especulación alguna. En su mundo no hay promesas de premios ni amenazas de castigos. Tampoco busca reconocimiento ni aprobación. Cada paso que da es consecuencia del anterior. Simplemente sigue su marcha devota y ferviente atendiendo los mandamientos de la diosa Necesidad. El mate rezonga imparcial. Ella no calibra su actitud con un baremo del Bien y el Mal. Está libre tanto de la jactancia de sentirse útil como del oprobio de sentirse utilizada. Ella simplemente hace o deja de hacer sin motivos ni excusas. No los necesita. El mate rezonga y contempla. Con sus antenillas, fabuloso artilugio de diseño divino va tanteando, midiendo, y descifrando el universo. Luz camina por el mundo como si al mundo lo hubiesen creado para ella. No es inexacto afirmar que todo existe para justificar su presencia. Si el universo llegó hasta aquí, es por ella. Ella compendia y completa la Creación. En este momento siento que ella es el centro de la Creación, y yo, una consecuencia. Mientras el mate rezonga profundo, ella, con su marcha enajenada, indolente, sigue tirando de mis pensamientos. Luz solo sabe que al estar en movimiento mejora sus chances de permanecer viva. Acaso el estar en marcha sea el verdadero sentido del oficio de vivir. Emprender cualquier rumbo es mejor que paralizarse. El mate rezonga alerta. Luz, con su marcha recia y decidida, se acerca temerariamente a una telaraña. Si el bolillero de Dios, al que llamamos Azar, decreta la emboscada fatal, ella batallará sin cuartel. No otorgará ni pedirá clemencia. Tampoco la obtendría. Desde siempre supo que pretender escaparle a la muerte solo es otra manera de ir a su encuentro. El mate rezonga con angustia. No sé si debo o no intervenir. El v***r del termo me empaña los anteojos. Me los quito para limpiarlos y me los vuelvo a colocar. Me distraje apenas un instante y ya no veo a Luz. Me tranquiliza ver que no está atrapada en la telaraña. No sé dónde se metió. Simplemente desapareció. El mate rezonga empático. Debo aceptar, no sin cierta incomodidad, que estos últimos minutos he actuado bajo el influjo de su actitud ¿Bajo su hechizo? ¿Bajo su voluntad? No lo sé; pero de cualquier manera sé que he existido en función de ella.
El último mate rezonga un final. Yo un primate, ella un insecto, ambos descendientes de la misma molécula primordial, entrelazados en el tiempo y el espacio, compartimos una fuga de la eternidad: un instante. En adelante, Luz y yo seguiremos caminando como funámbulos sobre la tensa cuerda entre la vida y la muerte a la que llamamos resistir. Cuando pasen los milenios, los eones, cuando ya no exista ningún espécimen similar a mí o a Rufino hollando la tierra, algún descendiente de Luz asomará entre los escombros fosilizados de mi patio y retomará su marcha. Con actitud marcial y beligerante irá en busca de una brizna de pasto, o al encuentro fatal de una telaraña. ¿Se acordará de mí?
PD: Schopenhauer dijo “la vida, es tanto más feliz cuanto menos se la siente" y definió a mi hormiga.
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