28/08/2020
Encontré una entrevista que me hicieron para Música y Psicoanálisis, hace unos años. Aquí reproduzco una sola pregunta/respuesta:
Juan Falú: ¿Qué se pone en juego, para vos, a la hora de la creación musical, a la hora del fenómeno creativo de la composición y/o la interpretación? ¿Podrías decir algo de ese singular paisaje/territorio sonoro donde la música sucede para vos?
Dejo para el final esta pregunta, de difícil respuesta para mí.
En general, no soy muy amigo de poner en palabras lo que siento con la música o lo que la música significa.
Pero se me ocurre algo. Últimamente creo músicas que aparecen e, inmediatamente, desaparecen. Son fragmentos, como imágenes fugaces, que no los atrapo porque simplemente me dedico a disfrutarlos. En otros tiempos, esas frases podían actuar como disparadores de una obra entera, pero para que funcionara así, era necesario atraparla, aprehenderla, darle una forma, memorizarla y enlazarla con otras frases hasta armar ese discurso que es la composición acabada.
Ahora simplemente duran mientras suenan. A veces pretendo asirlas pero no puedo repetirlas porque al ser muchas y fugaces, o las agarro en el momento o tal vez nunca.
Me quedo entonces con el consuelo de que, de un modo u otro, esas ideas volverán en un tiempo en que esté más metodizado para aprovecharlas.
Pero, puesto a pensar, se me ocurren algunas ideas.
¿Será la expresión del más puro placer, carente de pensamiento, de organización, de especulación?
Eso me consuela, pero no tanto, pues siempre tendré la sensación de haber “desperdiciado” una idea que, en sí misma, es el embrión de una composición.
Voy para otro lado:
¿Será un modo de jugar entre lo finito y lo infinito? Esa línea es interesante, tanto, que lo mejor sería que la desarrolle otro con más “piense”.
Pero creo en la intuición y la intuición me dice que entre lo que perece y lo que permanece hay algún vínculo, como una suerte de relación entre los contrarios. Una idea mínima y fugaz se ha ido, pero siempre puede regresar, por lo tanto es eterna en su fugacidad.
De alguna manera, ya no componiendo, sino tocando, puedo comprobar que ese ida y vuelta es real, cuando viene una idea fuera de libreto y me ayuda a comunicar a veces mucho más que con la obra arreglada. No siempre ocurre, pero cuando ocurre siento que aquella fugacidad no fue un tiempo perdido. Y que, por hablar del tiempo, un sonido fugaz puede estremecernos para siempre.
(Esto agrego ahora): Siempre recuerdo que en algunas músicas había un instante que me conmovía, me provocaba un deseo de llorar o el llanto mismo. Me pasó en la niñez, la adolescencia y la adultez. En todos los casos sentía que un instante me revelaba cómo la música podía adentrarse en lo profundo de mí. Era el alumbramiento de una vocación en el púber y una confirmación de un vínculo en el adulto. Por esas vivencias, defiendo esa instantaneidad, y la siento como una permanencia.
Recuerdo que en el grupo Tarancón de Sao Paulo, había un artista que pintaba un cuadro en cada recital, en una tela enorme. En las giras, solíamos alquilar un teatro de jueves a domingo y Félix, el pintor, pintaba y borraba con pintura blanca su cuadro diario. Eran preciosas obras de arte, borradas, porque su tiempo de vida era el tiempo que duraba la música. Y, para mí, son eternas. Esas músicas, esas pinturas, esa gente, ese tiempo del exilio en la gigante de cemento que albergaba estos juegos de artistas sensibles y poco pretenciosos. Sin dudas, hay escuelas de filosofía por las calles y las vidas.