Español para extranjeros en Buenos Aires

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Aprenda español rioplatense con profesora nativa En esta página intentaremos proporcionar algunas herramientas útiles concernientes a la lengua española.

También ofreceremos elementos de la cultura rioplatense.

02/12/2016

Origen de la palabra "cortesana"



En la Europa medieval, las mujeres más hermosas de una región no podían, si no eran nobles, casarse con los señores, que se emparentaban con las hijas de sus iguales para aumentar así sus dominios. Pero como la belleza no se desprecia, y algunas aldeanas eran realmente muy hermosas, igualmente se les reservaba un lugar en la corte para que los señores pudieran contar con sus favores.

Eran las cortesanas, nombre que funcionaba como un delicado eufemismo para disimular el papel de las prostitutas de lujo, que habían encontrado en la corte un atajo para estar cerca de los poderosos a través de la profesión más antigua, un artilugio que ha perdurado a través de los siglos y de las civilizaciones para llegar intacto al siglo XXI.

23/11/2016

Aprender un idioma diferente al materno siempre otorga ventajas en el entorno laboral. Aunque no es la única ventaja puesto que el estudiar un idioma te permite abrir la mente hacia un panorama más amplio, ya que al formarse en un idioma se debe conocer detalles otras culturas y tradiciones completamente distintas a las propias.

El aprender otro idioma además conlleva ventajas directas al funcionamiento del cerebro. Entre las ventajas se encuentran: mejor flexibilidad cognitiva, agilidad mental durante más tiempo, las palabras se ven de forma diferente de como lo hacen los monolingües, los niños resuelven mejor los problemas, el cerebro cambia de tarea con más facilidad, la capacidad de pensar en otra lengua ayuda a tomar decisiones más razonadas.

Alrededor del mundo se hablan infinidad de idiomas. Actualmente los diez idiomas que más se utilizan en el mundo son el italiano, el portugués, el japonés, el alemán, el ruso, el árabe, el francés, el chino mandarín, el español y el inglés.

Pero, ¿cuál es la mejor forma para aprender otros idiomas?

1. Ser realista

Una traductora alemana llamada Judith Matz, recomienda fijar una meta simple y alcanzable al inicio de manera que se evite la sobrecarga y el sentirse abrumado. "Tome 50 palabras de un idioma y empiece a usarlas; luego empiece lentamente a perfeccionar la gramática".

2. Cambia tu estilo de vida

Elisabeth Buffard, una maestra de inglés con 27 años de experiencia recomienda cambiar tú estilo de vida a través del aprendizaje de un idioma. Buffard afirma que lo que separa a los estudiantes más exitosos del resto es la consistencia.


3. Hacer el idioma parte de la vida cotidiana

Cuanto más se conviva con un idioma extranjero en la vida cotidiana, más el cerebro lo considerará algo digno de recordar. La traductora rusa Olga Dmitrochenkova , recomienda usar cada oportunidad de tener exposición al idioma, por ejemplo se puede etiquetar objetos en su casa en el idioma, leer libros para niños escritos o ver la televisión o cine en ese idioma.


4.Deja que la tecnología te ayude

Otra de las ideas que aporta Olga Dmitrochenkova es dejarse ayudar por la tecnología, por ejemplo, cambiar el idioma en el teléfono inteligente, para aprender palabras de inmediato. Otra idea puede ser buscar algunas páginas de aprendizaje más estructuradas en línea. El traductor holandés Els De Keyser recomienda Duolinguo por su enfoque de la gramática.


5. Aprender un idioma puede ser un distractor

Para Sebastián Betti, un traductor español, aprender un idioma siempre lo ha relacionado con la cantidad de cosas que puede aprender del nuevo idioma. Betti transforma cualquier oportunidad para aprender algo de otro idioma.


6. Hacer nuevos amigos

Interactuar con el idioma que se está estudiando es clave, ya que te puede ayudar a expresar tus ideas de manera intuitiva, en lugar de tener que traducir lo que quieres decir desde el idioma madre. Busca otras personas que hablen como idioma principal el idioma que quieres aprender o busca a personas en línea que estén dispuestos a ayudar con conversaciones.

7. No te preocupes por los errores

Una de las barreras más comunes que detiene a las personas que buscan aprender un idioma es el miedo a cometer errores. Pero contrario a lo que parece, los que escuchen que estás haciendo un esfuerzo por comunicarte, apreciarán el gesto y te ayudarán a mejorar.

18/11/2016

Origen de la palabra "mensaje"

mensaje

Esta palabra está registrada en nuestra lengua desde los tiempos del Cid Campeador. Mensaje es, ya desde sus orígenes latinos, 'algo que es enviado'. En efecto, se formó a partir del latín missus, el participio pasivo del verbo mittere, uno de cuyos significados era 'enviar' (ver misa). En francés antiguo, missus adquirió la forma mes 'enviado' y se unió al sufijo -age, dando lugar a message. Esta grafía llegó al castellano como mesaje, antes de adoptar la forma actual.

14/11/2016

¿Redundancia?

P: ¿Sería redundante el uso de la palabra ‘mes’ en expresiones como: «... saldré de vacaciones en el mes de enero», cuando ya la palabra enero es un mes en sí mismo?

R:

Es redundante pero no incorrecto. Muchas redundancias se emplean con intención expresiva o enfática. Lo vi con mis propios ojos. El día martes vendrán mis tíos de visita. En el hemisferio norte, el mes de abril marca el inicio de la primavera. La claridad del día permitía apreciar la blanca nieve en la cúspide.

14/11/2016

No confundamos apodos colectivos con gentilicios

por Carlos Alemán Ocampo

En algunos casos, personas ilustres, que no son de menos, confunden los gentilicios con los apodos colectivos. Como principio metodológico, establezcamos que los apodos colectivos no se han incluido, como categoría denominativa, en las clasificaciones de los nombres, propios o comunes, ni en las formas adjetivas en la gramática española. Pero en cierta ocasión don Gregorio Salvador me brindó en Madrid una brillante y completa explicación del asunto, que me sirvió de base para este trabajo.

Veamos aquí algunos criterios y una breve cita a los "apodos colectivos" en Centro América.

Los gentilicios "designan características geográficas, étnicas, políticas y religiosas" anota la Gramática Descriptiva.

Los gentilicios son palabras derivadas en las que participan la raíz con el nombre del lugar y el componente morfológico, de diferente composición, que indica pertenencia a un lugar. Los estudios morfológicos establecen una cantidad respetable de morfemas utilizados en lengua española, muchos de los cuales son de uso corriente en Nicaragua. Incluido el -ense de origen directamente latino, usado para nuestro gentilicio nacional: nicaragüense.

Cuando me refiero a la existencia o no de un gentilicio, me refiero al uso que le da corrientemente la gente y no a las pretensiones de profesores de gramática que, con afán normativo, inventan gentilicios donde no los hay.

Los apodos, de acuerdo también con la Gramática Descriptiva son "nombres que indican una nota particular en un individuo", nosotros agregamos, además "grupo de individuos", que puede ser más o menos numeroso, por ejemplo: tan grande como yanki o gr**go para referirnos a los norteamericanos o estadounidenses. Igualmente reducido para los abundantes apodos familiares que se usan en Nicaragua y que con frecuencia se explican por el abuelo, o bisabuelo, que fue quien tuvo esa "nota particular" que originó el apodo.

Los apodos puede ser cariñosos, ofensivos, despectivos, pero siempre se originan a partir de rasgos particulares. En algunos casos se los cargan los vecinos del otro lado de la frontera y en otros se los cargan los mismos que los llevan. Y que no tiene el aspecto morfológico requerido para que gramaticalmente conformen las reglas establecidas para que se integre un gentilicio.

El Diccionario de la Academia, que en algunos casos trae complicaciones con la doctrina, en este caso define gentilicio en dos acepciones:

Adjetivo. Perteneciente a las gentes o naciones.

Relativo al linaje familiar

El Diccionario de la Academia igualmente define apodo como algo perteneciente a cualidades o defectos personales.

Los pobladores de cada país centroamericano tienen su propio apodo que los involucra por la nacionalidad, casi por el sentido clánico que tienen los habitantes de Centro América.

A estos apodos, dicho con la intencionalidad de señalar defectos o virtudes, llamamos "apodos colectivos".

Para los guatemaltecos, en la época colonial existió el apodo de chapín, posiblemente se debió a la relación con la capital del Reino de la Capitanía General de Guatemala. Chapín se le llamaba a un tipo de zapato usado por españoles semejantes a los zuecos; era de corcho y provocaba una forma peculiar de caminar. Los naturales centroamericanos asociaron este forma a los que se llenaban de niguas, que también adquirían un modo peculiar para caminar y que se les llamaba, posiblemente por asociación figurativa, chapines. El vocablo chapín hasta muy entrado el siglo XX, tenían connotación despectiva en el resto de Centro América.

Al resto de los centroamericanos los de la Capital de la Capitanía general, es decir los habitantes de la ciudad de Santiago de los Caballeros de Guatemala, les llamaban guanacos, pero con el tiempo este apodo quedó en desuso y quedó exclusivo para los salvadoreños, quienes también se llaman a sí mismo cuzcatlecos, por el noble origen del vocablo. El vocablo guanaco, casi en desuso, tenía connotación de tonto, o tonto circunstancial, aunque no se usa con ese sentido para referirse a los salvadoreños actuales.

Para los hondureños se usa el de catrachos el cual viene del siglo XIX, de las tropas de Florencio Xatruch. Al regreso de Nicaragua, los soldados hondureños orgullosos vencedores, como parte del ejército centroamericano, contra William Walker, se decían entre sí, Xatruches, pero la velar sonora /x/, se hizo sorda y se convirtió en /katruches/ y de allí que, la tendencia al uso del masculino, los hizo catrachos. Posiblemente son los únicos que guardan orgullosos su apodo.

A los nicaragüenses en Honduras, El Salvador y Guatemala, les llaman mucos, por la falta de pronunciación de la /s/ al final de sílaba (sibilante en situación implosiva). En Costa Rica nos llaman simplemente nicas, lo cual, aunque sea un apócope de nicaragüense, no deja de ser un apodo, pues no cumple con las reglas del gentilicio. En el aeropuerto de la ciudad de México escuché el curioso nicos, para referirse al nicaragüense de s**o masculino. Al nicaragüense le gusta llamarse pinolero, por ser el pinol, nuestro bebida ancestral y preferida, que nos da cierto sentido de identidad. En algunos sectores de los otros países centroamericanos también lo usan como apodo para el nicaragüense. Principalmente en las justas deportivas. Un apodo que, al parecer está quedando un tanto rezagado, es chocho, debido a nuestra constante zafada exclamativa, dentro de esa sabrosura que es el habla nicaragüense.

Para los costarricenses existe el tico, el cual viene de la redundancia en el uso de diminutivos. Formas que van un poco más allá, es decir, los diminuto los hacen más "pequeños" todavía. De chiquito, chiquitico y así por el estilo. La otra forma de llamar a los costarricenses, también ligada al diminutivo es el popular

30/09/2015

¿EL HAMBRE o LA HAMBRE?

Hambre es un sustantivo femenino. Eso no quiere decir que debamos decir La hambre, porque el artículo femenino es la, ciertamente, pero tiene una variante el que no debemos confundir con el artículo masculino; el, cuando decimos el hambre, es una forma del artículo femenino que se adopta por razones fonéticas, de eufonía (para que suene bien).

Así lo explica el Manual de la Nueva Gramática de la Lengua Española de 2009:

2.1.1.c No existe discordancia de género en secuencias como el alma dormida o el agua embalsada. El artículo femenino presenta la variante el, que precede a los sustantivos que comienzan con /a/ tónica. En las mismas condiciones, también el artículo indeterminado un y los cuantificadores algún y ningún pueden combinarse con sustantivos femeninos: {un - algún - ningún} arma.

Por eso es incorrecto decir: Tengo mucho hambre, porque hambre es femenino; la confusión viene de interpretar que el artículo el presente en el agua es masculino, cuando en realidad es variante del femenino.

27/09/2015

Julio Cortázar
(1914-1984)

Una flor amarilla
(Final del juego, 1956)

Parece una broma, pero somos inmortales. Lo sé por la negativa, lo sé porque conozco al único mortal. Me contó su historia en un bistró de la rue Cambronne, tan borracho que no le costaba nada decir la verdad aunque el patrón y los viejos clientes del mostrador se rieran hasta que el vino se les salía por los ojos. A mí debió verme algún interés pintado en la cara, porque se me apiló firme y acabamos dándonos el lujo de la mesa en un rincón donde se podía beber y hablar en paz. Me contó que era jubilado de la municipalidad y que su mujer se había vuelto con sus padres por una temporada, un modo como otro cualquiera de admitir que lo había abandonado. Era un tipo nada viejo y nada ignorante, de cara reseca y ojos tuberculosos. Realmente bebía para olvidar, y lo proclamaba a partir del quinto vaso de tinto. No le sentí ese olor que es la firma de París pero que al parecer sólo olemos los extranjeros. Y tenía las uñas cuidadas, y nada de caspa.
Contó que en un autobús de la línea 95 había visto a un chico de unos trece años, y que al rato de mirarlo descubrió que el chico se parecía mucho a él, por lo menos se parecía al recuerdo que guardaba de sí mismo a esa edad. Poco a poco fue admitiendo que se le parecía en todo, la cara y las manos, el mechón cayéndole en la frente, los ojos muy separados, y más aun en la timidez, la forma en que se refugiaba en una revista de historietas, el gesto de echarse el pelo hacia atrás, la torpeza irremediable de los movimientos. Se le parecía de tal manera que casi le dio risa, pero cuando el chico bajó en la rue de Rennes, él bajó también y dejó plantado a un amigo que lo esperaba en Montparnasse. Buscó un pretexto para hablar con el chico, le preguntó por una calle y oyó ya sin sorpresa una voz que era su voz de la infancia. El chico iba hacia esa calle, caminaron tímidamente juntos unas cuadras. A esa altura una especie de revelación cayó sobre él. Nada estaba explicado pero era algo que podía prescindir de explicación, que se volvía borroso o estúpido cuando se pretendía —como ahora— explicarlo.
Resumiendo, se las arregló para conocer la casa del chico, y con el prestigio que le daba un pasado de instructor de boy scouts se abrió paso hasta esa fortaleza de fortalezas, un hogar francés. Encontró una miseria decorosa y una madre avejentada, un tío jubilado, dos gatos. Después no le costó demasiado que un hermano suyo le confiara a su hijo que andaba por los catorce años, y los dos chicos se hicieron amigos. Empezó a ir todas las semanas a casa de Luc; la madre lo recibía con café recocido, hablaban de la guerra, de la ocupación, también de Luc. Lo que había empezado como una revelación se organizaba geométricamente, iba tomando ese perfil demostrativo que a la gente le gusta llamar fatalidad. Incluso era posible formularlo con las palabras de todos los días: Luc era otra vez él, no había mortalidad, éramos todos inmortales.
—Todos inmortales, viejo. Fíjese, nadie había podido comprobarlo y me toca a mí, en un 95. Un pequeño error en el mecanismo, un pliegue del tiempo, un avatar simultáneo en vez de consecutivo, Luc hubiera tenido que nacer después de mi muerte, y en cambio... Sin contar la fabulosa casualidad de encontrármelo en el autobús. Creo que ya se lo dije, fue una especie de seguridad total, sin palabras. Era eso y se acabó. Pero después empezaron las dudas, por que en esos casos uno se trata de im***il o toma tranquilizantes. Y junto con las dudas, matándolas una por una, las demostraciones de que no estaba equivocado, de que no había razón para dudar. Lo que le voy a decir es lo que más risa les da a esos im***iles, cuando a veces se me ocurre contarles. Luc no solamente era yo otra vez, sino que iba a ser como yo, como este pobre infeliz que le habla. No había más que verlo jugar, verlo caerse siempre mal, torciéndose un pie o sacándose una clavícula, esos sentimientos a flor de piel, ese rubor que le subía a la cara apenas se le preguntaba cualquier cosa. La madre, en cambio, cómo les gusta hablar, cómo le cuentan a uno cualquier cosa aunque el chico esté ahí muriéndose de vergüenza, las intimidades más increíbles, las anécdotas del primer diente, los dibujos de los ocho años, las enfermedades... La buena señora no sospechaba nada, claro, y el tío jugaba conmigo al ajedrez, yo era como de la familia, hasta les adelanté dinero para llegar a un fin de mes. No me costó ningún trabajo conocer el pasado de Luc, bastaba intercalar preguntas entre los temas que interesaban a los viejos: el reumatismo del tío, las maldades de la portera, la política. Así fui conociendo la infancia de Luc entre jaques al rey y reflexiones sobre el precio de la carne, y así la demostración se fue cumpliendo infalible. Pero entiéndame, mientras pedimos otra copa: Luc era yo, lo que yo había sido de niño, pero no se lo imagine como un calco. Más bien una figura análoga, comprende, es decir que a los siete años yo me había dislocado una muñeca y Luc la clavícula, y a los nueve habíamos tenido respectivamente el sarampión y la escarlatina, y además la historia intervenía, viejo, a mí el sarampión me había durado quince días mientras que a Luc lo habían curado en cuatro, los progresos de la medicina y cosas por el estilo. Todo era análogo y por eso, para ponerle un ejemplo al caso, bien podría suceder que el panadero de la esquina fuese un avatar de Napoleón, y él no lo sabe porque el orden no se ha alterado, porque no podrá encontrar se nunca con la verdad en un autobús; pero si de alguna manera llegara a darse cuenta de esa verdad, podría comprender que ha repetido y que está repitiendo a Napoleón, que pasar de lavaplatos a dueño de una buena panadería en Montparnasse es la misma figura que saltar de Córcega al trono de Francia, y que escarbando despacio en la historia de su vida encontraría los momentos que corresponden a la campaña de Egipto, al consulado y a Austerlitz, y hasta se daría cuenta de que algo le va a pasar con su panadería dentro de unos años, y que acabará en una Santa Helena que a lo mejor es una piecita en un sexto piso, pero también vencido, también rodeado por el agua de la soledad, también orgulloso de su panadería que fue como un vuelo de águilas. Usted se da cuenta, ¿no?.
Yo me daba cuenta, pero opiné que en la infancia todos tenemos enfermedades típicas a plazo fijo, y que casi todos nos rompemos alguna cosa jugando al fútbol.
—Ya sé, no le he hablado más que de las coincidencias visibles. Por ejemplo, que Luc se pareciera a mí no tenía importancia, aunque sí la tuvo para la revelación en el autobús. Lo verdaderamente importante eran las secuencias, y eso es difícil de explicar porque tocan al carácter, a recuerdos imprecisos, a fábulas de la infancia. En ese tiempo, quiero decir cuando tenía la edad de Luc, yo había pasado por una época amarga que empezó con una enfermedad interminable, después en plena convalecencia me fui a jugar con los amigos y me rompí un brazo, y apenas había salido de eso me enamoré de la hermana de un condiscípulo y sufrí como se sufre cuando se es incapaz de mirar en los ojos a una chica que se está burlando de uno. Luc se enfermó también, apenas convaleciente lo invitaron al circo y al bajar de las graderías resbaló y se dislocó un tobillo. Poco después su madre lo sorprendió una tarde llorando al lado de la ventana, con un pañuelito azul estrujado en la mano, un pañuelo que no era de la casa.
Como alguien tiene que hacer de contradictor en esta vida, dije que los amores infantiles son el complemento inevitable de los machucones y las pleuresías. Pero admití que lo del avión ya era otra cosa. Un avión con hélice a resorte, que él había traído para su cumpleaños.
—Cuando se lo di me acordé una vez más del Meccano que mi madre me había regalado a los catorce años, y de lo que me pasó. Pasó que estaba en el jardín, a pesar de que se venía una tormenta de verano y se oían ya los truenos, y me había puesto a armar una grúa sobre la mesa de la glorieta, cerca de la puerta de calle. Alguien me llamó desde la casa, y tuve que entrar un minuto. Cuando volví, la caja del Meccano había desaparecido y la puerta estaba abierta. Gritando desesperado corrí a la calle donde ya no se veía a nadie, y en ese mismo instante cayó un rayo en el chalet de enfrente. Todo eso ocurrió como en un solo acto, y yo lo estaba recordando mientras le daba el avión a Luc y él se quedaba mirándolo con la misma felicidad con que yo había mirado mi Meccano. La madre vino a traerme una taza de café, y cambiábamos las frases de siempre cuando oímos un grito. Luc había corrido a la ventana como si quisiera tirarse al vacío. Tenía la cara blanca y los ojos llenos de lágrimas, alcanzó a balbucear que el avión se había desviado en su vuelo, pasando exactamente por el hueco de la ventana entreabierta. «No se lo ve más, no se lo ve más», repetía llorando. Oímos gritar más abajo, el tío entró corriendo para anunciar que había un incendio en la casa de enfrente. ¿Comprende, ahora? Sí, mejor nos tomamos otra copa.
Después, como yo me callaba, el hombre dijo que había empezado a pensar solamente en Luc, en la suerte de Luc. Su madre lo destinaba a una escuela de artes y oficios, para que modestamente se abriera lo que ella llamaba su camino en la vida, pero ese camino ya estaba abierto y solamente él, que no hubiera podido hablar sin que lo tomaran por loco y lo separaran para siempre de Luc, podía decirle a la madre y al tío que todo era inútil, que cualquier cosa que hicieran el resultado sería el mismo, la humillación, la rutina lamentable, los años monótonos, los fracasos que van royendo la ropa y el alma, el refugio en una soledad resentida, en un bistró de barrio. Pero lo peor de todo no era el destino de Luc; lo peor era que Luc moriría a su vez y otro hombre repetiría la figura de Luc y su propia figura, hasta morir para que otro hombre entrara a su vez en la rueda. Luc ya casi no le importaba; de noche, su insomnio se proyectaba más allá hasta otro Luc, hasta otros que se llamarían Robert o Claude o Michel, una teoría al infinito de pobres diablos repitiendo la figura sin saberlo, convencidos de su libertad y su albedrío. El hombre tenía el vino triste, no había nada que hacerle.
—Ahora se ríen de mí cuando les digo que Luc murió unos meses después, son demasiado estúpidos para entender que... Sí, no se ponga usted también a mirarme con esos ojos. Murió unos meses después, empezó por una especie de bronquitis, así como a esa misma edad yo había tenido una infección hepática. A mí me internaron en el hospital, pero la madre de Luc se empeñó en cuidarlo en casa, y yo iba casi todos los días, y a veces llevaba a mi sobrino para que jugara con Luc. Había tanta miseria en esa casa que mis visitas eran un consuelo en todo sentido, la compañía para Luc, el paquete de arenques o el pastel de damascos. Se acostumbraron a que yo me encargara de comprar los medicamentos, después que les hablé de una farmacia donde me hacían un descuento especial. Terminaron por admitirme como enfermero de Luc, y ya se imagina que en una casa como ésa, donde el médico entra y sale sin mayor interés, nadie se fija mucho si los síntomas finales coinciden del todo con el primer diagnóstico... ¿Por qué me mira así? ¿He dicho algo que no esté bien?
No, no había dicho nada que no estuviera bien, sobre todo a esa altura del vino. Muy al contrario, a menos de imaginar algo horrible la muerte del pobre Luc venía a demostrar que cualquiera dado a la imaginación puede empezar un fantaseo en un autobús 95 y terminarlo al lado de la cama donde se está muriendo calladamente un niño. Para tranquilizarlo, se lo dije. Se quedó mirando un rato el aire antes de volver a hablar.
—Bueno, como quiera. La verdad es que en esas semanas después del entierro sentí por primera vez algo que podía parecerse a la felicidad. Todavía iba cada tanto a visitar a la madre de Luc, le llevaba un paquete de bizcochos, pero poco me importaba ya de ella o de la casa, estaba como anegado por la certidumbre maravillosa de ser el primer mortal, de sentir que mi vida se seguía desgastando día tras día, vino tras vino, y que al final se acabaría en cualquier parte y a cualquier hora, repitiendo hasta lo último el destino de algún desconocido mu**to vaya a saber dónde y cuándo, pero yo sí que estaría mu**to de verdad, sin un Luc que entrara en la rueda para repetir estúpidamente una estúpida vida. Comprenda esa plenitud, viejo, envídieme tanta felicidad mientras duró.
Porque, al parecer, no había durado. El bistró y el vino barato lo probaban, y esos ojos donde brillaba una fiebre que no era del cuerpo. Y sin embargo había vivido algunos meses saboreando cada momento de su mediocridad cotidiana, de su fracaso conyugal, de su ruina a los cincuenta años, seguro de su mortalidad inalienable. Una tarde, cruzando el Luxemburgo, vio una flor.
—Estaba al borde de un cantero, una flor amarilla cualquiera. Me había detenido a encender un ci******lo y me distraje mirándola. Fue un poco como si también la flor me mirara, esos contactos, a veces... Usted sabe, cualquiera los siente, eso que llaman la belleza. Justamente eso, la flor era bella, era una lindísima flor. Y yo estaba condenado, yo me iba a morir un día para siempre. La flor era hermosa, siempre habría flores para los hombres futuros. De golpe comprendí la nada, eso que había creído la paz, el término de la cadena. Yo me iba a morir y Luc ya estaba mu**to, no habría nunca más una flor para alguien como nosotros, no habría nada, no habría absolutamente nada, y la nada era eso, que no hubiera nunca más una flor. El fósforo encendido me abrasó los dedos. En la plaza salté a un autobús que iba a cualquier lado y me puse absurdamente a mirar, a mirar todo lo que se veía en la calle y todo lo que había en el autobús. Cuando llegamos al término mino, bajé y subí a otro autobús que llevaba a los suburbios. Toda la tarde, hasta entrada la noche, subí y bajé de los autobuses pensando en la flor y en Luc, buscando entre los pasajeros a alguien que se pareciera a Luc, a alguien que se pareciera a mí o a Luc, a alguien que pudiera ser yo otra vez, a alguien a quien mirar sabiendo que era yo, y luego dejarlo irse sin decirle nada, casi protegiéndolo para que siguiera por su pobre vida estúpida, su im***il vida fracasada hacia otra im***il vida fracasada hacia otra im***il vida fracasada hacia otra...
Pagué.

27/09/2015

Nuestro idioma ha tardado 12 siglos en llegar hasta hoy en día... tú tan solo tardas 20 segundos en escribir un post: no destroces en tan poco tiempo lo que tantos siglos ha costado crear.

16/01/2015

ELOGIO DE LA SOMBRA

La vejez (tal es el nombre que los otros le dan)
puede ser el tiempo de nuestra dicha.
El animal ha mu**to o casi ha mu**to.
Quedan el hombre y su alma.
Vivo entre formas luminosas y vagas
que no son aún la tiniebla.
Buenos Aires,
que antes se desgarraba en arrabales
hacia la llanura incesante,
ha vuelto a ser la Recoleta, el Retiro,
las borrosas calles del Once
y las precarias casas viejas
que aún llamamos el Sur.
Siempre en mi vida fueron demasiadas las cosas;
Demócrito de Abdera se arrancó los ojos para pensar;
el tiempo ha sido mi Demócrito.
Esta penumbra es lenta y no duele;
fluye por un manso declive
y se parece a la eternidad.
Mis amigos no tienen cara,
las mujeres son lo que fueron hace ya tantos años,
las esquinas pueden ser otras,
no hay letras en las páginas de los libros.
Todo esto debería atemorizarme,
pero es una dulzura, un regreso.
De las generaciones de los textos que hay en la tierra
sólo habré leído unos pocos,
los que sigo leyendo en la memoria,
leyendo y transformando.
Del Sur, del Este, del Oeste, del Norte,
convergen los caminos que me han traído
a mi secreto centro.
Esos caminos fueron ecos y pasos,
mujeres, hombres, agonías, resurrecciones,
días y noches,
entresueños y sueños,
cada ínfimo instante del ayer
y de los ayeres del mundo,
la firme espada del danés y la luna del persa,
los actos de los mu**tos,
el compartido amor, las palabras,
Emerson y la nieve y tantas cosas.
Ahora puedo olvidarlas. Llego a mi centro,
a mi álgebra y mi clave,
a mi espejo.
Pronto sabré quién soy.

(Jorge Luis Borges)

26/08/2014

BORGES HABLA SOBRE CORTÁZAR

Yo me encontré con Cortázar en París, en casa de Néstor Ibarra. Él me dijo: "¿Usted se acuerda de lo que nos pasó aquella tarde en la diagonal Norte?". "No", le dije yo. Entonces él me dijo: "Yo le llevé a usted un manuscrito. Usted me dijo que volviera al cabo de una semana, y que usted me diría lo que pensaba del manuscrito". Yo dirigía entonces una revista, Los Anales de Buenos Aires (una revista ahora indebidamente olvidada), que pertenecía a la señora Sara de Ortiz Basualdo, y él me llevó un cuento, Casa tomada; al cabo de una semana volvió. Me pidió mi opinión, y yo le dije: "En lugar de darle mi opinión, voy a decirle dos cosas: una, que el cuento está en la imprenta, y dentro de unos días tendremos las pruebas; y otra, que ya le he encargado las ilustraciones a mi hermana Norah". Pero, en esa ocasión, en París, Cortázar me dijo: "Lo que yo quería recordarle también es que ése fue el primer texto que yo publiqué en mi patria cuando nadie me conocía". Y yo me sentí muy orgulloso de haber sido el primero que publicó un texto de Julio Cortázar. Y luego nos vimos un par de veces en la UNESCO, donde él trabaja. Él está casado -o estaba casado- con la hermana de un querido amigo mío, Francisco Luis Bernárdez. Bueno, como le decía, nos vimos creo que dos o tres veces en la vida, y, desde entonces, él está en París, yo estoy en Buenos Aires; creo que profesamos credos políticos bastante distintos: pero pienso que, al fin y al cabo, las opiniones son lo más superficial que hay en alguien; y además a mí los cuentos fantásticos de Cortázar me gustan.

(Fernando Sorrentino: Siete conversaciones con Jorge Luis Borges, Buenos Aires, El Ateneo, 1996)

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