22/05/2026
Hay personas que no rechazan el abrazo.
Simplemente nunca aprendieron a recibirlo.
Hace años entendí eso… y me cambió completamente la forma de vincularme con los demás.
Yo no crecí en una familia donde el abrazo fuera algo cotidiano. Mis padres me dieron muchísimo, pero no eran personas demasiado demostrativas. Y probablemente ellos tampoco habían recibido eso de chicos.
Entonces me pasó algo curioso: tuve que aprender a abrazar de grande.
Y cuando digo aprender, lo digo literalmente.
Durante años abracé medio torpe. Con cierta distancia. Con ese pequeño miedo a incomodar al otro. A que el abrazo no fuera bien recibido.
Hasta que un día observé a una mujer que trabajaba con nosotros en IAFI.
Ella abrazaba distinto.
No era el típico abrazo social y automático. Había algo muy humano en su manera de abrazar. La gente parecía descansar ahí unos segundos.
Y me acuerdo que pensé:
“Yo quiero aprender eso.”
Un día le pregunté cómo hacía para abrazar así.
Y me respondió algo muy simple:
“Axel, todo el mundo necesita un abrazo.”
Pero después vino la frase que me cambió completamente la mirada.
Le pregunté:
“¿Y no te da miedo que alguien rechace tu abrazo?”
Y ella me respondió:
“Cuando alguien rechaza un abrazo, muchas veces no es que no lo quiera. Es que no sabe cómo recibirlo.”
Uf.
Eso me atravesó.
Porque entendí algo importante:
hay personas que no rechazan el cariño… rechazan la incomodidad que sienten frente al cariño.
No porque no lo necesiten.
Sino porque quizás nunca aprendieron a recibirlo.
Desde ese momento empecé a abrazar más.
Y descubrí algo muy simple:
El abrazo no solo cambia al que lo recibe.
También cambia al que lo da.
Porque un abrazo sincero nos obliga a estar presentes.
Vivimos llenos de mensajes, redes, audios y notificaciones… pero cada vez más personas se sienten solas.
Nos mandamos emojis de abrazo.
Pero a veces nos olvidamos del abrazo real.
Y no hablo de abrazar por obligación.
Hablo del abrazo humano.
Del abrazo sincero.
Del abrazo que dice sin palabras:
“Estoy acá.”
“No estás solo.”
“Te veo.”
Porque a veces creemos que las personas necesitan grandes consejos… cuando en realidad necesitan sentirse sostenidas.
Y sí… también entendí algo más:
Que las personas más frías muchas veces son las que más necesitaron un abrazo.
Por eso quería escribir esto.
Para que no subestimemos algo tan simple.
Porque a veces, cuando las palabras no alcanzan, el cuerpo todavía sabe cómo hablar.
Y un abrazo puede convertirse, simplemente, en una forma profunda de amor.
ÚLTIMA REFLEXIÓN
¿A quién le estás debiendo un abrazo?
— Axel Persello