12/10/2023
Milagro
Analfabeta, sordomuda, poco más que una niña, Oo nunca había creído que entre ella y los cientos de cráneos que tapizaban, enfilados sobre altísimas estanterías, las paredes del sótano que estaba encargada de limpiar, hubiera parentesco o parecido alguno; ni siquiera los números que lucían las calaveras y los que ostentaba su propio guardapolvo -aquellos en rojo, sobre la comba de los huesos frontales, y estos en hilo negro, bordados sobre la suave loma de los senos recién crecidos-. Después de todo, también había números sobre el pecho de los demás empleados del Museo de La Plata, y sobre cada uno de los fósiles en exposición, y sobre los restos de antiguos templos y los ríos de cartón con pájaros embalsamados en la orilla; y aun allá afuera, en el Bosque de la Ciencia, tenían número las jaulas del zoológico, y los telescopios del Observatorio Astronómico, y más allá las calles de esa ciudad geométrica tenían también número, y acaso también lo tuvieran las tumbas del cementerio en el que ella, obviamente, carecía de razones para entrar.
Y eso, ¿de qué le servía? Desde que sus padres habían mu**to en el mismo Museo, demasiado tempranamente para que ella los recordase, Oo se había sentido invariablemente sola, o no, no, mucho peor que cualquiera que esté solo: porque un solitario tiene al menos el consuelo de saberse un eslabón, y ella, a lo sumo, se hubiera dicho el primer eslabón de una cadena que Dios había iniciado y se olvidó de continuar. Los visitantes y los naturalistas que la veían pasar velozmente escaleras arriba, rumbo al cuartito de la terraza en donde le habían permitido vivir entre escobas y baúles, solían decirse que nunca habían visto a nadie más parecido a una india pura, y que, por lo tanto, no podían imaginar nadie más digno de vivir aquí. Pero Oo hubiera huido de igual modo de los "indios puros", como un pájaro que buscara refugio en una tormenta, una tormenta ya tan larga como su propia memoria. Y es cierto que al amanecer solían descubrirla mirando fijamente una vitrina, como tantas de las mucamas jovencitas que se arreglaban mirándose cada tanto en los reflejos; pero Oo miraba más adentro que cualquiera, miraba un caracol de millones de años seccionado al medio, en una de cuyas celdas había hallado refugio un parásito fósil; ignorante de la antigüedad de aquella pieza, Oo creía quizás que esa co**ha con sus celdas adosándose en espiral era la maqueta del propio Museo, y que ese parásito en que nadie reparaba era su retrato o su símbolo: la única certeza de que alguien había deseado su presencia en el mundo.
Hasta que una mañana de lluvia, mientras Oo, cumplidas ya sus pocas tareas, dormitaba en el sótano con el mentón apoyado en el mango del lampazo, la figura iracunda del Perito había aparecido en la entrada y había gritado un número -un número que ella no pudo oír pero cuya existencia intuyó enseguida, porque tan pronto el viejo encendió la luz comenzó a buscarlo en la frente de las calaveras-. Oo, perpleja, no atinó a hacer nada. Pero él, después de unos minutos de impaciencia, cuando por fin comprendió que Oo no podía oírlo y que no sabía quizás reconocer las cifras, le ordenó fastidiado que sostuviera una bolsa de arpillera y se subió a la escalera rodante, a rebuscar en los estantes más altos y entre los cráneos más viejos. Tampoco a él las calaveras parecían mirarlo, reflexionó Oo, pero en la calva, en el brillo de su transpiración de viejo obeso, había a la vez un parecido y una superioridad con los mu**tos, como si fuera el Dios que un día los había sacado de la nada y les había impuesto, sí, a cada uno su número. Por lo demás, el Perito manipulaba huesos con una familiaridad que ninguna mucama se permitía, como si ellos mismos fueran otros sirvientes, y Oo ya hubiera podido sacar alguna conclusión de esta nueva correspondencia: pero estaba demasiado abrumada por cumplir bien su tarea, y todavía tuvo que pasar un largo rato hasta el momento de la comprensión. Por fin, el viejo gritó allá arriba algo como un ¡Eureka!, rescató entre telarañas una calavera pequeña y amarronada, se la mostró como si ella pudiera entender algo y haciéndole un gesto para que la atajara la lanzó, como una catapulta, al fondo de la bolsa. "¡Calfucurá!", gritó, exagerando las vocales como para que ella comprendiera. "¡Calfucurá!" Y alegre como un chico, pero agotado como un anciano que era, le indicó que lo siguiera portando la bolsa con el cráneo. Y ella la cargó dejando que le golpeara el vientre a cada paso, inquieta como si hubiese quedado fecundada por su propia obsesión.
"¿Calfucurá?", se preguntaba Oo, "¿y ése quién sería?". Pero en verdad su vida, dispersa y oscura como era, empezó a iluminarse y a reunirse cuando llegaron al vestíbulo del Museo y ella comprobó que el destinatario de aquella calavera era un niño debilísimo al que escoltaban de dos curas, tan consumido el pobre que se notaba la silueta de los huesos bajo el rostro lívido. "Mira lo que te trae tu hermana", pareció decirle uno de los curas señalándola a Oo, que todavía no abrió la bolsa, y se dice que Ceferino Namuncurá, al mirarse en los ojos de la chica, pareció reconocerla o confundirla con alguna de las indias que había dejado allá en la Patagonia. Pero ella, aunque temblara por la certeza de que algo importante pasaría, todavía lo juzgaba tan diferente de sí como cualquier niño de escuela, y sólo cuando por timidez desvió la vista y miró por costumbre la vitrina del caracol y reflejados en su cristal los vio a los dos, Oo y Ceferino, temerosos e idénticos, recordó aquella palabra, hermana; y de inmediato, cuando el Perito Moreno le arrebató la bolsa y le dio al niño la calavera y él, después de un largo rato de incredulidad, pareció a punto de desmayarse, por fin ella comprendió.
Aclaremos: es imposible que haya comprendido que ese cráneo era el del mismísimo Cacique Calfucurá, abuelo del niño, y primo hermano y antiguo jefe de Inacayal, el padre de Oo, que había sido traído a este museo a ser expuesto por su "perfección anatómica" y que aquí había mu**to "de locura y furias malas". Lo que entendió Oo era algo mucho más importante, algo tan antiguo que no podemos esbozar aquí sino contando lo que resta de esta historia, pero algo tan fuerte, sí, que cuando volvió avergonzada dentro del sótano, de pronto le pareció que todas las calaveras la miraban diciéndole "hija mía".
Dicen que Oo ya casi no volvió a su cueva en lo alto del Museo: cada vez más liberada de sus terrores, cada vez más eficiente en sus tareas y orgullosa de sí, con ese orgullo sin petulancia ni satisfacción de quien conoce su lugar en el mundo, en cuanto podía huía del Museo y del Bosque y de la Ciudad Geométrica hacia el campo raso y más allá, hacia el borde del río, un río tan ancho que no podía verse la otra orilla, y por donde sabía que un barco había llevado a su hermano indio. Y aunque sería bueno asegurar que Oo había quedado enamorada de él y que estaba allí esperándolo, como pensaban los marineros que veían a tantas otras mujeres mirando fijamente el horizonte de agua, la realidad es que Oo sólo quería ver, como esos malones que integraban Calfucurá y su padre y que no había visto nunca, la sucesión natural de las bandadas y de las nubes, y de los camalotes pasando largamente rumbo a la desembocadura, y de los peces que nadaban entre sus pies hundidos y de las olas que arrojaban periódicamente caracoles abigarrados y parásitos tan vivos como ella misma en el corazón del mundo y del Misterio.
Oo nunca aprendió a leer ni a descifrar los números, es cierto, pero ¿quién de los muchos que la contemplaban, como a un ídolo, desde los botes y las tabernas costeras, podía decir que ahora no estaba leyendo, así, en el Libro de Dios, como leen los sabios leen en sus confusos museos? ¿Quién podía decir que no se sentía ya ella misma un eslabón más, como los otros, siempre enfrentada al Silencio, siempre gozosa de él, en la larga cadena de las generaciones? Porque alababa al Orden y en él alababa a Dios, agradeciendo esa forma, más esencial y más profunda, de la memoria humana.
Esta no es la historia de Oo, sino la historia de Ceferino. Pero si acaso tuviéramos, como los viejos hagiógrafos, que ponerle ahora un título, tanto en la historia de ella como la de él la llamaríamos con un mismo nombre: el milagro primero.
Leopoldo Brizuela 2002