14/08/2026
Hay procesos que necesitan tiempo.
Y quizás lo más hermoso de esta experiencia fue justamente eso: detenernos.
Salir un rato de la velocidad de la rutina y entrar en otro tiempo.
El del barro, las manos, la espera, el fuego.
Preparamos piezas, para la gran transformación.
Capullos, pequeños mundos cerrados donde algo iba a mutar en silencio.
Me pregunté qué más estábamos poniendo ahí dentro: deseos, miedos, preguntas, partes nuestras, en esa crisálida de barro preparada para la metamorfosis ignea.
Al cargar el horno, ya no supimos qué era de quién.
Y eso lo cambió todo:
Cuidar todo como propio.
Festejar lo ajeno como si fuera nuestro.
Lo íntimo se volvió colectivo.
Hay algo primario y ancestral en esto de la ronda alrededor del fuego.
El horno respiró y nos regaló una llamarada azul en su cúspide.
Espiamos por cada endija descifrando enigmas.
Disfrutando del resplandor.
El domingo.
Abrir los capullos fue como abrir pequeños tesoros.
Marcas, colores, huellas del fuego, lo inesperado y también lo anhelado.
Porque el fuego nunca devuelve lo mismo.
Y quizás por eso la cerámica nos enseña sobre el cambio, la espera, el riesgo, lo que no controlamos.
Y sí, quizás también nosotr@s somos a veces "capullo"
Para protegernos, callar, transformarnos.
Pasar por nuestro propio fuego y salir distint@s, Sin borrar lo que fuimos.
Y sin olvidar que no siempre la metamorfosis se atraviesa sol@.
El taller se vuelve refugio, campo de juego, un pequeño mundo suspendido.
Me quedo con todo lo vivido, como algo que todavía sigue decantando y resignificándose.
Gracias por estar, por el cuerpo, las manos, la curiosidad, el cuidado, el asombro...
💜 El asombro 💜
Y Por hacer de este fuego algo compartido.