23/08/2024
CAPITULO 138 MARZO DE 1938
EL MILAGRO DE LA VIRGEN
No solo suelen ser milagrosas las vírgenes de Luján o de Lourdes en su célebre gruta de Massavielle, que Ayacucho también las ha tenido. Nosotros más modestos o menos especuladores que los vecinos de Luján o Lourdes (he aquí la diferencia) no hemos sabido explotar el hecho en su debido tiempo, ya sea alzando capillas, iglesias y altares magníficos, o ya fuentes milagrosas y campanarios con flechas de piedra, para provocar la llegada de peregrinos.
He aquí cómo a pesar de todo y del transcurrido tiempo llega en detalle a nuestro conocimiento el milagro estupendo:
Juan Biasco, hombre trabajador y honesto a carta cabal, se encontraba desesperado hace 58 años, porque ese día vencía la última tregua para levantar un vencimiento en el Banco Comercial, que regenteaba el Sr. Acosta y establecido en el local ocupado hoy por el Sr José Calvo casa de Hargoúes.
Todas las puertas habíanse cerrado. El plazo fatal expiraba y la desesperación se apoderaba de Biasco. Desilusionado de los hombres, taconeaba el piso de su dormitorio y gesticulaba contra el habido y por haber. A la sazón, no sabemos porque impulso de inspiración divina atinó a alzar la vista hacia la virgen que pendía a la cabecera y exclamó con voz desalentada y quejumbrosa:
Madonna mía aiutami o facciami mangiare della terre.
Como de pronto la virgen no atendiera sus suplicas, cogió el cuadro con sus manos que la desesperación movía y lo sacudió con violencia.
Y ocurrió el milagro.
No había terminado de zarandear a la santa cuando sus ojos atónitos vieron caer bajo sus pies un rollo de billetes de banco, verdaderos, legítimos, sin superchería alguna.
Sin tiempo material para expandir su sentimiento de admiración por ese prodigio de la milagrosa estampa o de potestad creadora, llegó al Banco Comercial a solventar su deuda a punto que las puertas se cerraban.
Poco después, celebrando el inaudito acontecimiento con los amigos y con sendos copetines en un despacho de bebidas contigo al Banco , hoy escritorio del almacén Curuchet, con ojos no menos atónitos que los de momentos antes vióse interpelado por su esposa doña Rosalia Pandolfo, que al llegar le espetó con voz tonante, en justa defensa de sus varios años de ahorro:
- Dammi ¡pezzi, que sono miei!
- Ma che pezzi; se me dia dato la madonna.
Contesto Biasco, que no sabemos si por ingenuidad o por malicia, no encontró razón humana que le convenciera que todo ello no fuera un estupendo milagro de la virgen.
Nota de autor: hecho rigurosamente histórico como todos los que venimos publicando, ocurrido en 1880. Los protagonistas don Juan Biasco y doña Rosalía Pandolfo, personas que gozaban de gran estimación en el vecindario, eran los padres de nuestros apreciables vecinos doña María Vda. De Pintos y don Nicolás Biasco y abuelos de los Carbone.
Hermenegildo Italiano. Recuerdos de Antaño.