21/06/2026
Lo que nunca se tuvo, no hace falta.
Hoy es el Día del Padre, un día lleno de publicaciones, abrazos y llamadas. Es un día en el que se celebra la presencia. Sin embargo, yo prefiero escribirle hoy a otra realidad: a la de los padres ausentes. Y no me refiero a aquellos que la muerte se llevó temprano, sino a los que decidieron no estar, a los que nunca nos criaron.
El mío se fue cuando yo tenía cinco años. De hecho, dudo que en esos primeros cinco años estuviera realmente allí. Hoy, a mis 53 años, me doy cuenta de que nunca en mi vida he tenido la oportunidad de decir "Feliz día, papá".
Durante mucho tiempo he escuchado los relatos de otros: el dolor del abandono, el vacío, la sombra de lo que debió ser. Pero mi experiencia ha sido muy distinta, y creo que es una realidad poco compartida pero muy humana: como nunca lo tuve, nunca me hizo falta.
Para mí, tener un padre no fue una pérdida; fue, simplemente, un concepto desconocido. No se puede extrañar el sabor de un fruto que jamás se ha probado, ni se puede añorar una presencia que nunca formó parte de tu paisaje cotidiano. La vida se construyó con lo que había, y lo que había fue suficiente para crecer, para avanzar y para ser fuerte. Lo que uno no tiene, jamás se convierte en una necesidad.
Es verdad que el tiempo pasa y la madurez nos hace mirar las cosas con otra luz. Al rondar los cincuenta, admito que me asaltó una curiosidad tardía. Una tarde cualquiera pensé que me habría gustado tener un padre, aunque fuera solo por el gesto sencillo de llamarlo y felicitarlo hoy. No nació del dolor ni de la carencia, sino de una pausa reflexiva en el camino, un "cómo habría sido".
Pero esa ráfaga de curiosidad no cambia mi realidad ni mi paz.
Este escrito no nace desde el rencor ni desde el reproche, porque no se puede odiar lo abstracto. Nace para dar voz a quienes crecimos sin una figura paterna y descubrimos que la vida no se detiene por eso.
A los padres que eligieron la ausencia: no les guardo deuda ni reclamo. Y a quienes, como yo, crecieron con ese espacio en blanco, les recuerdo que no estamos incompletos. Se puede caminar con paso firme por el mundo sabiendo que hay ausencias que, simplemente, nunca llegaron a doler.
Solange Rodríguez.