08/12/2026
La congregación no necesita tu chiste sobre el café..... ya pastor es hora de predicar el texto
La congregación no necesita otro chiste para romper el hielo.
Esta semana alguien enterró a su padre.
Alguien recibió papeles de divorcio.
Alguien tiene un hijo que ya no contesta sus llamadas.
Alguien guarda en su teléfono un resultado médico que todavía no se atreve a abrir.
Alguien llegó al culto con una sonrisa en el rostro y un alma deshecha por dentro.
Y todos ellos se sentaron frente a un púlpito esperando escuchar una palabra que no proceda simplemente de la creatividad del predicador, sino de la boca de Dios.
Quizá pasaron de largo por varias iglesias para llegar hasta allí.
No necesitan que los entretengas.
Necesitan saber si hay una Palabra del Señor para el culpable, para el quebrantado, para el que tiene miedo de morir, para el matrimonio que agoniza, para el padre que llora, para la conciencia acusada y para el pecador que necesita reconciliarse con Dios.
Así que abre el Libro.
No porque las anécdotas sean siempre pecaminosas.
No porque el humor sea incompatible con la santidad.
No porque una ilustración jamás pueda servir a la verdad.
Sino porque ninguna de esas cosas puede resucitar mu***os.
La Palabra de Dios sí.
No subas al púlpito confiando en tu carisma.
No descanses en tu elocuencia.
No conviertas el sermón en una actuación cuidadosamente diseñada para mantener la atención de una audiencia.
“Predica la palabra; insta a tiempo y fuera de tiempo” (2 Timoteo 4:2).
Predica recordando que no eres dueño del mensaje, sino heraldo.
Que no has sido llamado a inventar una verdad, sino a anunciar la que Dios ya ha hablado.
Que el púlpito no te pertenece.
Que la iglesia fue comprada por sangre.
Que Cristo es el Señor de su pueblo.
Y que quienes enseñan recibirán un juicio más estricto.
Predica, entonces, con temor de Dios.
Predica como quien tendrá que dar cuentas de su ministerio.
Predica como Pablo, que pudo decir que no había rehuido anunciar “todo el consejo de Dios” (Hechos 20:27).
Predica con lágrimas cuando el texto llora.
Con advertencia cuando el texto advierte.
Con esperanza cuando el texto promete.
Con gracia cuando el texto ofrece gracia.
Con la cruz en el centro, con Cristo como tesoro y con la gloria de Dios como fin.
Porque delante de ti no hay consumidores religiosos.
Hay almas eternas.
Personas que un día estarán delante de Dios.
Personas para quienes este domingo podría ser el día en que el Señor use su Palabra para quebrantar su orgullo, sostener su fe, corregir su camino, consolar su corazón o llevarlas por primera vez a Cristo.
Por eso, abre el Libro.
Explica el Libro.
Sométete al Libro.
Y ruega al Espíritu Santo que haga con esa Palabra lo que ningún predicador, por talentoso que sea, puede hacer por sí mismo.
El púlpito no es un escenario.
Es el lugar donde un hombre débil, bajo la autoridad de una Palabra perfecta, señala a pecadores necesitados hacia un Salvador suficiente.
Predica como alguien que sabe que la voz verdaderamente necesaria en la iglesia no es la suya.
Es la de Dios.