03/03/2026
Hoy, 2 de marzo de 2026, a las 8:10 de la mañana, mientras la mayoría apenas comenzaba su jornada, la Maestra Perla Estupiñan Montes tomó una decisión extrema: dejar de comer hasta ser escuchada.
Frente a la Técnica 47, acompañada por algunos compañeros que no quisieron dejarla sola, inició una huelga de hambre que no nace del capricho, sino del desgaste. Del silencio institucional. De la sensación de que, cuando las puertas se cierran una y otra vez, el cuerpo se convierte en el último recurso de protesta.
Perla no está pidiendo privilegios. Está exigiendo transparencia.
Su demanda es clara:
1. Que se inicie una investigación formal sobre la administración del actual director, Mtro. Luis Antonio García Gardea.
2. Que el director y su pareja sentimental sean removidos del centro de trabajo para evitar posibles conflictos de interés.
3. Que se realice una auditoría al manejo de los recursos económicos de la escuela.
4. Que se convoque a una reunión con el personal para limpiar su nombre tras la desacreditación que, asegura, ha sido promovida desde la dirección.
Detrás de cada punto hay algo más profundo: dignidad.
Una maestra que ha dedicado su vida a formar jóvenes hoy se ve obligada a poner en riesgo su salud para defender su honor y exigir rendición de cuentas. No está pidiendo favores; está pidiendo que las reglas sean claras y que la autoridad actúe con imparcialidad.
Cuando una docente llega al límite de una huelga de hambre, no es solo un conflicto administrativo. Es una señal de que algo no está funcionando.
La comunidad educativa observa. Los alumnos miran. Los padres preguntan. Y mientras tanto, una maestra permanece firme, esperando que alguien del otro lado tenga la voluntad de escuchar antes de que su cuerpo pague el precio de la indiferencia.
La pregunta ya no es si la maestra será escuchada.
La pregunta es cuánto tiempo más tendrá que resistir para que eso ocurra.