16/09/2026
https://www.facebook.com/share/p/19KKFzL1qU/
Compré el piano que soñaba desde joven, y mi hija me dijo que a mi edad debería pensar en otras cosas
Me llamo Concepción, tengo 69 años y vivo en Murcia. Mi marido, Ginés, murió hace casi tres años después de cuarenta y un años de matrimonio. Durante los primeros meses hice muy pocas cosas aparte de las necesarias. Iba al supermercado, veía a mis hijos, alguna vez tomaba café con una vecina y volvía a casa. Incluso comprarme ropa me parecía absurdo porque casi no salía.
Ginés y yo nunca fuimos ricos, pero fuimos ordenados con el dinero. Pagamos nuestro piso, ayudamos a nuestros dos hijos cuando pudimos y conseguimos guardar unos ahorros. Después de su muerte me volví todavía más prudente. Miraba los precios de todo, esperaba las rebajas y durante casi tres años lo más caro que compré para mí fueron unos zapatos buenos porque me dolían los pies.
Pero había algo que llevaba mucho tiempo queriendo hacer. Aprender a tocar el piano.
De joven estudié durante unos años. En casa de mis padres había un piano viejo y yo podía pasarme una hora intentando sacar canciones sencillas. Lo dejé cuando empecé a trabajar. Después llegaron el matrimonio, los niños, la hipoteca y todas esas cosas que parecen temporales hasta que descubres que han ocupado treinta años.
Un día vi en una tienda de Murcia un piano digital. Entré simplemente para mirar. El dependiente me dejó probarlo y me sentí ridícula porque apenas recordaba nada. Aun así, aquella tarde volví a casa pensando en él.
Costaba bastante dinero. Podía pagarlo sin tocar los ahorros que necesitaba para vivir, pero tardé semanas en decidirme. Incluso hablé con mi gestor para asegurarme de que no estaba haciendo una tontería.
Finalmente lo compré.
El problema fue que Lorena, mi hija, se enteró antes de que llegara. Había pasado por la tienda con una amiga y el vendedor, que nos conocía de vista, le comentó que pronto me entregarían el piano.
Aquella noche me llamó.
«Mamá, ¿es verdad que te has comprado un piano?».
Le dije que sí.
Preguntó cuánto había costado. No quise decírselo, pero insistió y acabé respondiendo.
Entonces soltó la frase.
«Mamá, a tu edad ya deberías pensar en otras cosas».
Sentí algo muy desagradable.
Le pregunté qué eran exactamente «otras cosas».
Lorena empezó a explicar que no sabía cuánto dinero podría necesitar en el futuro, que quizá algún día necesitaría ayuda en casa, una residencia o gastos médicos. Todo aquello era razonable. Precisamente por eso me dolió tanto.
Yo tenía 69 años y mi hija estaba hablando de mis ahorros como si todo lo que quedara de mi vida tuviera que reservarse para mi deterioro.
Le dije que no estaba gastando el dinero de la comida ni vendiendo mi casa. Había comprado un instrumento.
«¿Y para qué lo necesitas ahora?», preguntó.
Aquella pregunta terminó de enfadarme.
«Para tocarlo ahora».
Estuvimos varios días sin hablar.
El piano llegó un jueves. Los repartidores lo instalaron junto a una pared del salón donde antes había una cómoda que pertenecía a Ginés. Cuando se fueron, me senté delante y apenas supe qué hacer con las manos.
A la semana siguiente busqué una profesora.
Se llama Laura y tiene treinta y siete años. Al principio me daba vergüenza equivocarme delante de alguien mucho más joven. Después descubrí que no le importaba mi edad. Me preguntaba únicamente si había practicado.
Dos meses después Lorena vino a casa con mi nieta.
El piano seguía allí.
Mi nieta se sentó inmediatamente y empezó a tocar teclas. Lorena me preguntó si de verdad estaba dando clases. Le enseñé un ejercicio que había aprendido.
No era gran cosa.
Pero cuando terminé vi que mi hija estaba llorando.
Me contó que de pequeña recordaba verme tocar en casa de mis padres durante las Navidades. Había olvidado completamente que yo sabía hacerlo.
Entonces dijo algo que no esperaba.
«Creo que pensé en ti como mamá durante tanto tiempo que se me olvidó que habías sido alguien antes de ser nuestra madre».
No necesitaba que se disculpara de una manera más grande.
Ahora llevo casi un año tocando. Soy mediocre y probablemente siempre lo seré. Algunas piezas sencillas me cuestan semanas. Pero cada mañana después del desayuno practico media hora.
El dinero que gasté sigue pareciéndome mucho.
Y volvería a gastarlo.
Porque ahorrar para el futuro es sensato. Pero si todo nuestro dinero, nuestro tiempo y nuestros deseos se guardan exclusivamente para el día en que ya no podamos disfrutarlos, no sé muy bien qué futuro estamos intentando proteger.
¿Creéis que los hijos tienen derecho a opinar sobre cómo gastan sus padres sus propios ahorros cuando empiezan a hacerse mayores, o mientras una persona pueda decidir por sí misma nadie debería pedirle que deje de cumplir sus sueños?
Si esta historia os ha tocado, compartidla con vuestros seres queridos.