14/01/2019
¡BUENAS TARDES, JUVENTUD!
Fue un bello momento, de esos que se recuerdan con el alma abierta a los cuatro vientos. Estábamos en el patio principal del colegio –que por entonces quedaba a espaldas de la Municipalidad- ambientando el lugar para nuestra primera noche de baile. Armábamos el circuito eléctrico para las luces sicodélicas.
Transcurría el 14 de agosto de 1975. Hacer un baile social en plena fiesta patronal, era un medio para agenciarse de fondos que hicieran realidad el viaje de promoción. Algunas promociones anteriores lo habían hecho con éxito; nosotros haríamos lo propio.
Quizá haya sido las 4 de la tarde. Lo vimos ingresar con mucha seguridad, caminando hacia el centro del patio, en donde estábamos nosotros. Su voz retumbó varonil:
- ¡Buenas tardes, Juventud!
Vestía un terno claro, elegante. Nos miró a todos, luego alrededor y agregó:
- ¡Soy el nuevo Director del Colegio!... Mi nombre es Gilmer Sánchez Velásquez.
Lo saludamos complacidos. Desde que Angel Andrews Calderón (el popular “Foreman”), sucesor de Hernán Chávez Álvarez, en 1971, dejó el cargo a fines de julio de 1975, nos habíamos sentido un tanto huérfanos de dirección, aunque felices de cierta manera.
Gilmer Sánchez era un tipo agradable. Inspiraba una espontánea e inmediata confianza, lo mismo que respeto. Sus ojos parecían escudriñarnos con un cariño de padre expectante, tierno, pero no sobreprotector. Su voz era en sí misma un claro signo de autoridad. Sus pasos se desplegaban con la firmeza de quien sabe por dónde y a dónde va. Intuimos que se iniciaba una nueva era para el colegio… ¡Lástima que ya éramos Promoción!
Después del saludo, se fue con “Cuatoski” Delgado, el Auxiliar, a recorrer las aulas, mientras nosotros apurábamos el ritmo, dada la cercanía de la noche.
A partir de aquel momento, lo vimos presente en cuanta actividad realizara el colegio, con ese entusiasmo contagiante de líder, con ese aliento incansable, propios del verdadero maestro, con esa fe inmutable en el potencial transformador de las nuevas generaciones.
Fue un maestro de la Filosofía. Pregonaba la ética, resaltaba la importancia de la moral para el avance de la civilización, su papel clave en el proceso de humanización del hombre. “La hominización no basta en sí misma para civilizar al hombre –decía-; hay que humanizarlo”.
Decía que el sentido de la vida está en lo trascendente, y que una vida trasciende cuando, de alguna manera, aporta al progreso de la humanidad. Su lógica era la lógica de la felicidad: o sufres tus circunstancias, o hallas en ellas lo suficiente para disfrutarlas; ser feliz es una decisión, donde quiera que te encuentres.
Fue un maestro en el aula, en la calle, en la vida. Fue un arquitecto constructor de sueños, inspirador de muchos destinos. Seguramente alguna vez se equivocó, porque era humano; pero tenía un empeño casi divino.
Y esa es la imagen que quedó en nosotros, la que vive en el fondo del alma. Desde allí, su voz se levanta enhiesta, para decirnos una vez más, y de modo especial en fechas como ésta, con esa su voz amiga, plena de eternidad e infinito: ¡Buenas tardes, Juventud!
Esa voz resonará entre los cerros que lo vieron llegar y partir, y su eco ha de llegarnos limpio al corazón. Qué importa si nuestra piel se adorna ya con los surcos de la experiencia y nuestras cabezas van tributando dotes de blancura a la vida, o si aún se es un capullo de juventud, que presto verá pasar los lustros y la sombra de los siglos.