26/05/2026
EL OBJETO SEGURO: ese abrazo silencioso que acompaña a nuestros hijos.
Hay cosas que para los adultos parecen simples juguetes, peluches, cobijas o figuras de apego… pero para un niño significan mucho más.
Son calma.
Son refugio.
Son seguridad emocional.
En casa está “Galleta”, el objeto seguro de Victoria, y “Azul” o “Pancho”, el caballo inseparable de mi hijo. Duermen con ellos, viajan con ellos, los abrazan cuando tienen miedo y durante mucho tiempo incluso los llevaban a la escuela. Hoy, antes de salir, los dejan en la sala “esperándolos” y cuando regresan del colegio lo primero que hacen es correr a buscarlos. Y aunque desde afuera podría parecer algo pequeño, en realidad estamos viendo algo profundamente importante para su desarrollo emocional.
La psicología llama a esto “objeto transicional” u “objeto seguro”. Es un elemento al que el niño le otorga un valor afectivo especial porque representa protección, estabilidad y tranquilidad. No es solo un peluche: es un puente emocional entre el mundo interno del niño y el exterior.
Cuando un niño abraza su objeto seguro, muchas veces está regulando emociones que todavía no sabe expresar con palabras. Lo hace cuando siente miedo, ansiedad, cansancio, inseguridad o incluso felicidad. Ese objeto se convierte en una especie de “ancla emocional” que le recuerda que está a salvo.
Por eso, minimizarlo o ridiculizarlo puede ser doloroso para ellos. Frases como:
“Ya estás grande para eso”
“Es solo un muñeco”
“Déjalo, no pasa nada”
pueden hacer que el niño sienta vergüenza de algo que en realidad le ayuda emocionalmente.
Eso no significa que debamos permitir todo sin límites. También es importante enseñarles que existen espacios donde a veces su objeto seguro no puede acompañarlos. Y poner límites no significa invalidar su emoción. Significa acompañarlos a tolerar poco a poco la separación, entendiendo que crecer también implica desarrollar nuevas formas de seguridad.
Lo hermoso es que muchos niños aprenden gradualmente a dejar ese objeto por momentos, pero sabiendo que sigue ahí esperándolos. Exactamente como hacen Victoria y mi hijo Santiago al dejar a Galleta y a Azul en la sala mientras van a la escuela. Ese pequeño ritual les enseña confianza, permanencia y regulación emocional.
Y hay algo todavía más importante: los objetos seguros no desaparecen con la edad… solo cambian de forma.
En la adolescencia quizá ya no sea un peluche, pero puede convertirse en una sudadera favorita, una canción, una pulsera, una persona, un aroma o incluso una rutina. Y en la adultez seguimos teniendo objetos seguros aunque muchas veces ni siquiera nos demos cuenta.
Hay adultos que no pueden dormir sin cierta almohada.
Otros necesitan llamar a alguien específico cuando están mal.
Algunos usan siempre el mismo reloj, la misma chamarra o cargan un objeto con valor sentimental.
Otros encuentran seguridad en su automóvil, en su café favorito, en una fotografía o en un lugar específico.
Todos, de alguna manera, seguimos buscando espacios, personas u objetos que nos hagan sentir protegidos emocionalmente.
Así que antes de juzgar el objeto seguro de un niño, quizá deberíamos preguntarnos:
¿Cuál es el mío?
Porque al final, todos necesitamos algo que nos recuerde que estaremos bien.
Post de Sexólogo/Psicólogo Jesuita Velázquez Calderón