25/07/2026
Ayer nos preparábamos para una velada de adoración en la iglesia.
Empaqué mi manto para danzar, convencida de que ese sería mi momento para adorar con todo mi ser.
Pero Dios tenía otros planes.
Cuando comenzó la adoración, mis hijos tenían mucho sueño y no dejaban de llorar. Solo podían descansar si yo permanecía con ellos. En ese instante sentí frustración. Pensé que ese momento que tanto había esperado ya no sucedería como lo había imaginado.
Mientras sostenía a mis hijos dormidos en una oficina oscura, con mi manto guardado y sin poder estar en el altar, el Espíritu Santo habló a mi corazón:
“Aquí estoy, aún en medio de la maternidad.”
Entonces comprendí que la verdadera adoración no nace de lo que hacemos delante de las personas, sino de la intención con la que nos rendimos delante de Dios.
Sin música.
Sin danza.
Sin levantar mis manos.
Sin cantar a todo volumen.
Simplemente rendí mi corazón.
Y allí, en el silencio, mientras abrazaba a mis hijos, Su presencia llenó aquel lugar. Sin ningún esfuerzo humano, Él vino hasta donde yo estaba, como un Padre lleno de amor, recordándome que la maternidad no me aparta de Su presencia; también puede convertirse en un altar de adoración.
Mi manto seguía guardado… pero mi corazón estaba completamente postrado delante de Él.
“Como un pastor que cuida su rebaño, recoge los corderos en sus brazos, los lleva junto al pecho y guía con ternura a las recién paridas.”
Isaías 40:11
Hoy entendí que Dios también visita a las madres en las noches largas, en el cansancio y en los momentos donde parece que no podemos hacer “lo espiritual”. Porque para Él, un corazón rendido siempre será el acto de adoración más hermoso. ❤️