Constructores de Palabras

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Ideas, hallazgos y procesos para mentes curiosas. Del dato que inspira al proyecto con sentido. De la emoción al descubrimiento.

Porque aprender también es recorrer laberintos de pensamiento, emociones y creación. ¿Te unes a explorar y compartir? Constructores de Palabras es un espacio para quienes disfrutan pensar, recordar y sentir como parte de un mismo viaje. Aquí encontrarás laberintos de ideas, emociones y hallazgos compartidos: reflexiones, datos curiosos y procesos de pensamiento que pueden ser punto de partida para

24/04/2026

¿🅀🅄🄴 🄷🄰🅈 🄳🄴🅃🅁🄰🅂 🄳🄴 🅀🅄🄴🅁🄴🅁 🅂🄴🅁 “🄴🄻 🄼🄴🄹🄾🅁”?

El día de ayer conmemoramos el día internacional del Libro y los derechos de autor.

Hoy te propongo un viaje por dos historias, una americana y otra europea que parten de la misma observación señalada en el título. Cabe mencionar que el mapa de motivos para querer ser mejor que los demás, es inmenso, por eso sólo nos detendremos en un par de recodos que quizá no sean tan visibles a simple vista.

¿Me acompañas? Te cuento:

Allá en alguna parte de Argentina, surgió durante el auge de los ingenios azucareros, la leyenda de El familiar. Según se cuenta, los dueños de los ingenios que querían que sus producciones y sus ganancias fueran mayores a las de los otros, hacían un trato con una criatura mística a la que le llamaron El familiar. Esta criatura les cumplía el deseo a cambio de la vida de algunos trabajadores. Se cuenta que cuando algún trabajador se accidentaba y perdía la vida, se debía a que la criatura había reclamado a su víctima y por tanto aquel año, las ganancias serían significativas. Por supuesto que todo esto les era indiferente a los dueños, una persona más, una menos, era irrelevante siempre que el flujo del dinero y el negocio no decayera.

Esta leyenda no intenta explicar el comportamiento moral o ético de los dueños, sin embargo, podemos posicionarnos desde ese lugar y plantearnos las siguientes preguntas, que vistas desde diferentes ángulos, nos brindan cierto panorama al respecto de los deseos de superioridad de los dueños:

¿Existe fuera del individuo que anhela ser el mejor respecto de lo que sea, alguna balanza que justifique sus deseos? Si existe una balanza invisible que incline sus platillos, ¿Es moral o de otro tipo? ¿qué la haría inclinarse hacia un lado u otro? Dicho de forma más ambiciosa: ¿podemos, como sociedad y como especie, vivir sin la competencia que somete o destruye al otro consciente o inconscientemente?

Desconozco si existe una respuesta precisa ya que, el fenómeno es demasiado grande para precisarlo y caben muchos puntos de vista. Pero probemos algunas cosas:

¿Qué motiva a los dueños a sostener el trato con la criatura sin saber con toda precisión si los atacará o se conformará con otras personas?

Para algunas personas alcanzar una posición es una constante batalla contra el temor de pérdida dicho estatus, contra la humillación de ser superado, contra la invisibilidad en el mapa del poder.

La psicología social lo llama "ansiedad de estatus": no es el terror al in****no ni a la criatura, sino el pánico a descender en la jerarquía. Ese miedo no detiene la mano; la acelera. Prefieren arriesgarse a un ataque incierto de la criatura que a la certeza de no ser los primeros.

En segundo lugar, opera lo que la economía política denomina "externalización del riesgo". El dueño no pone su vida en juego; pone la de otros. El trato con El Familiar es, visto fríamente, una operación financiera de riesgo calculado: la probabilidad de que la criatura lo ataque a él es baja porque el pacto estipula que la moneda son los peones. Mientras él cumpla con el flujo de víctimas, el sistema se mantiene estable. El riesgo lo corren los trabajadores; la ganancia, él. Esta asimetría es la misma que permite a una corporación contaminar un río: el costo lo pagan otros, el beneficio se privatiza. Según la fría estadística del pacto, la criatura no lo atacará a él mientras cumpla con el flujo de víctimas. Así que no teme: ni a la criatura, ni al castigo moral o social, porque el daño no deja evidencia que pueda relacionarse con su persona.

En tercer lugar, desde la psicología cognitiva, hay un sesgo que blinda su decisión: el "sesgo de confirmación". Una vez que el primer año el pacto funciona —la zafra es excelente, la criatura se llevó a un peón y no a él—, su cerebro toma eso como evidencia definitiva. Las dudas iniciales se disuelven. Cada año exitoso refuerza la creencia: "La criatura cumple su parte. Yo cumplo la mía. Estoy a salvo". No necesita saber con "toda precisión" lo que hará la criatura; le basta con la regularidad estadística. La incertidumbre residual la administra con soberbia.
Finalmente, hay un motor más profundo que la filosofía política y la sociología de las élites han estudiado: la lógica de la distinción.

No se trata solo de tener dinero; se trata de tener más que los otros. El otro dueño de ingenio no es un colega; es un espejo que le devuelve la medida de su propio valor. Si el vecino prospera y él no, su identidad se desmorona. La criatura es un atajo para salir victorioso de esa comparación perpetua. El deseo de ser mejor no es un capricho; es una necesidad psicológica de validación que, en ciertas configuraciones de personalidad (narcisismo, maquiavelismo), se vuelve más imperiosa que la prudencia.

¿Qué te ha parecido mirar esta leyenda bajo esta lupa?

Te tengo otra historia que espero te sea igual o más interesante que la anterior. Se llama “El gran dios Pan, del autor galés, Arthur Machen.

Esta historia narra el deseo del doctor Raymond de demostrar una hipótesis que nadie más ha podido demostrar. Piensa que los seres humanos no podemos acceder a la realidad con nuestro cuerpo, que tenemos un velo mental que nos impide verlo, pero que él había descubierto el sitio preciso del cerebro que debía intervenirse para romper ese velo y acceder a la realidad tal como es. Para comprobarlo, recurre a una joven llamada Mary, a quien había rescatado de la miseria cuando era niña, quién accede a la intervención ante los ojos expectantes del Señor Clarke.

La intervención dejó a Mary hospitalizada, sumida en un estado de idiotez irreversible tras no poder soportar la intervención. Lo que para el doctor Raymond termina siendo la comprobación de su éxito ya que la mujer no pudo soportar el choque con la realidad. Y una vez satisfecho, decide retirarse con la sensación de triunfo experimentada.

Mientras tanto, el señor Clarke de una u otra manera comienza a recopilar información al respecto de eventos extraños de personas influyentes fallecidas por causas extrañas o que terminaron en locura. Su búsqueda acaba al descubrir que estos hechos estaban asociados a una figura femenina que acompañaba a una criatura diabólica semejante al dios Pan. Tal mujer de nombre Helen resulta ser, según se revela al final, la hija sobrenatural que Mary concibió a raíz del experimento al entrar en contacto con una criatura mítica, identificable con el dios Pan.

¿𝐓𝐢𝐞𝐧𝐞𝐧 𝐚𝐥𝐠𝐨 𝐞𝐧 𝐜𝐨𝐦𝐮́𝐧 𝐞𝐬𝐭𝐚𝐬 𝐡𝐢𝐬𝐭𝐨𝐫𝐢𝐚𝐬?

Podemos notar que tanto el caso del Dr. Raymond, como el de los dueños de los ingenios azucareros argentinos, se trata de búsqueda de superioridad. Pero el Dr, Raymond nos muestra una superioridad de otro tipo, la intelectual interna. Sin embargo, esto no significa que no recurra a una constatación externa ya que pudimos leer que el señor Clarke es testigo de su experimento, dejándonos en claro que también presenta el matiz de validación externa, aunque esta sea más selecta.

Intentemos observar esta búsqueda de superioridad intelectual interna:

1. El doctor se aisla.
Raymond no realiza su experimento frente a una academia de ciencias o una audiencia pública para ganar aplausos. Se retira a una casa aislada en el campo, lejos de la sociedad londinense. Esto sugiere que no busca la fama popular (superioridad externa masiva), sino la satisfacción de saberse poseedor de una verdad que el resto del mundo es "demasiado estúpido" o "demasiado débil" para comprender.

2. La validación del "testigo"
Aunque su motivación es interna, invita a Clarke para que sea testigo del experimento. Esto revela que necesita que al menos una mente capaz reconozca su triunfo. Es una forma de superioridad intelectual proyectada: no necesita que todo el mundo lo sepa, solo necesita que la "élite" intelectual (representada por Clarke) admita que él ha logrado lo imposible.

3. El desprecio por la humanidad (Misantropía)
Raymond desprecia profundamente la percepción humana común. Su búsqueda es interna porque nace de una convicción personal casi religiosa. Él se siente como un explorador que ha encontrado un continente nuevo:

Si la operación tiene éxito, se convierte en un semidiós que ha descifrado el código del universo. Si fracasa (como sucede), no culpa a su teoría, sino a la "fragilidad" del sujeto.

4. La "Gnosis" (Conocimiento prohibido)
Su ambición se parece más a la de los antiguos alquimistas o gnósticos: la búsqueda de una iluminación personal que lo sitúe por encima de la moral y de la biología humana. Su satisfacción es la del control sobre la realidad misma. Al operar a Mary, está jugando a ser un creador, y esa sensación de poder es una recompensa puramente interna y narcisista.

Dicho de otra manera, nos presenta una superioridad de autopercepción. Raymond quiere sentarse en su laboratorio y mirar hacia afuera sabiendo que él es el único hombre en la Tierra que conoce la "terrible verdad", mientras el resto de la humanidad vive en una ignorancia mediocre y segura.

𝐋𝐚 𝐦𝐚́𝐬𝐜𝐚𝐫𝐚 𝐝𝐞 𝐥𝐚 𝐠𝐫𝐚𝐭𝐢𝐭𝐮𝐝: 𝐞𝐥 𝐩𝐨𝐝𝐞𝐫 𝐪𝐮𝐞 𝐬𝐞 𝐯𝐢𝐬𝐭𝐞 𝐝𝐞 𝐯𝐢𝐫𝐭𝐮𝐝

Hasta ahora hemos visto al dueño del ingenio y al doctor Raymond como figuras que externalizan el daño y se autoengañan para no verlo. Pero en la práctica del poder real, hay un paso más. No basta con no ver el daño; hay que construir una imagen pública que lo niegue activamente. Y aquí entra la falsa gratitud y la falsa humildad.

Pensemos en el patrón del ingenio. No es un salvaje que azota peones en la plaza pública. Es un hombre que, en las fiestas patronales, ofrece un discurso: "Sin ustedes, mis queridos trabajadores, nada de esto sería posible mientras hace una donación generosa al gremio santoral. Esta cosecha es de todos". Los peones aplauden. El patrón sonríe. La escena es conmovedora. Pero al día siguiente, el Familiar sigue cobrando su cuota, y el capataz sigue anotando "fuga" en el libro.

¿Qué ocurre aquí? La psicología social lo llama "disonancia moral estratégica": el agradecimiento público no es una emoción, es una herramienta de gestión. Reduce la fricción, desactiva la queja, hace que el explotado se sienta visto, aunque no lo esté. Es un costo operativo bajísimo que rinde enormes beneficios en estabilidad.

La filosofía tiene un nombre para esto: mala fe sartreana aplicada a la esfera pública. El patrón no miente al trabajador; se miente a sí mismo a través del trabajador. Usa el acto de agradecer como un espejo que le devuelve una imagen tolerable: "Soy un hombre bueno, reconozco a los míos, no soy como esos otros patrones que ni saludan". El agradecimiento no es para el peón. Es para el espejo.

La sociología lo lee como ritual de clase. El poderoso que agradece está reforzando la jerarquía mientras finge disolverla. Es la humildad del rey que se inclina ante el súbdito precisamente para recordarle que la suya es la única inclinación voluntaria, y que mañana volverá a estar erguido mientras el otro sigue arrodillado.

Raymond, el doctor de El gran dios Pan, no escapa a esto. Él no da discursos a multitudes, pero tiene su propia versión de la máscara. Recoge a Mary como pupila, la trata con amabilidad, quizá hasta le dice "gracias" antes de operarla. Cuando Clarke presencia el experimento, Raymond no actúa como un carnicero; actúa como un anfitrión, un caballero de la ciencia. Su cortesía es el equivalente al discurso del patrón: un velo que cubre la asimetría radical de lo que está a punto de hacer.

¿Por qué esta máscara inclina la balanza aún más?

Porque no solo externaliza el daño, sino que externaliza la culpa y la sospecha. La falsa gratitud hace que el daño sea más difícil de señalar. ¿Cómo acusas de explotador a un hombre que acaba de darte las gracias con lágrimas en los ojos? ¿Cómo denuncias a un científico que habla de "sacrificio necesario por el bien de la humanidad" mientras acaricia la cabeza de su víctima?

Esta es la trampa más fina del poder. La máscara no solo protege al poderoso del juicio externo; protege su autoengaño. Porque si él se creyera un monstruo, quizá el horror lo paralizaría. Pero al creerse un benefactor agradecido, puede seguir operando sin fricción interna. La gratitud falsa es el aceite que lubrica la maquinaria de la externalización.

La neurología nos dice que este acto tiene recompensa cerebral: los circuitos de recompensa se activan cuando realizamos un acto que nuestra narrativa personal cataloga como "bondadoso". El cerebro del patrón se inunda de dopamina durante el discurso. No es cinismo puro (aunque también); es un sistema que ha aprendido a obtener placer de la propia máscara.

¿Qué hay detrás de la máscara?

No hay miedo, decíamos. No hay comprensión ecológica. Hay, en el fondo, un vacío ontológico. Una inseguridad tan radical que necesita ser constantemente rellenada con el reconocimiento ajeno y con la autoafirmación de la propia bondad.

El poderoso que agradece de dientes para afuera no está en paz. Está en un estado de vigilancia narrativa permanente. Necesita que su relato de sí mismo no se quiebre. Y para eso necesita a los otros, no como sujetos, sino como utilería. Los peones que aplauden, la pupila que confía, el colega que asiente. Todos son espejos que le confirman que él no es el villano de la historia.

Esta es la forma más elaborada del autoengaño: no solo ignoro el daño, sino que lo convierto en prueba de mi virtud. Y esta conversión es la que hace tan difícil que la balanza se equilibre. Porque no hay castigo externo que rompa una narrativa interna blindada con gratitud y humildad.

𝐄𝐥 𝐡𝐨𝐫𝐢𝐳𝐨𝐧𝐭𝐞: 𝐥𝐚 𝐠𝐫𝐚𝐭𝐢𝐭𝐮𝐝 𝐪𝐮𝐞 𝐧𝐨 𝐞𝐬 𝐦𝐚́𝐬𝐜𝐚𝐫𝐚

La gratitud existe también en su forma verdadera. No es una ilusión ni una condición.

Ocurre, regresando al ejemplo de los equipos de médicos en aquellos que reconocen el esfuerzo y la preparación compartida antes, durante y después de una cirugía, sin que exista gestion de imagen, sino porque saben que sin el otro no habrían podido salvar la vida que estaba en sus manos. Ocurre en la cooperativa campesina que celebra la cosecha y nombra, uno por uno, a quienes la hicieron posible. Esa gratitud es la constatación de una interdependencia real y seguramente en muchos otros ámbitos sociales.

Esa es la comprensión ecológica hecha acto. No es un discurso. Es un reconocimiento de que la unidad no se manifiesta sin el conjunto. Y cuando esa comprensión se instala, la máscara no es necesaria, porque no hay nada que ocultar. El logro no es un trofeo que me distancia de los demás; es un regalo que recibo de ellos y que devuelvo a ellos.

El patrón que agradece de dientes para afuera está solo, aunque lo rodeen mil peones. El médico más especializado, que reconoce a su equipo está acompañado, aunque esté en la trinchera más remota. La diferencia no está en el acto externo de agradecer, sino en el tejido de vínculos que ese acto expresa. La máscara es el síntoma de un tejido roto. La gratitud verdadera, el síntoma de un tejido vivo.

La máscara y el horizonte no se distinguen por el grado de saciedad interior, sino por la dirección de la mirada. El patrón y Raymond miran al otro como espejo que confirma una narrativa. En el ejemplo del equipo médico y la cooperativa campesina, miran al otro como parte de un tejido que los constituye. Ambos pueden sentir inseguridad, fragilidad y vacío. Pero los primero intenta llenarlo acumulando reflejos; los segundos, compartiendo sostén. La comprensión ecológica no exige estar lleno; exige estar dispuesto a reconocer que la propia excelencia es un regalo que otros han hecho posible.

𝐋𝐢𝐬𝐭𝐨

Hemos recorrido un camino: del miedo como dique, al autoengaño como velo, a la falsa gratitud como máscara. Y al fondo, como un horizonte que ya está aquí en las prácticas de quienes sostienen el mundo sin aspavientos, la comprensión ecológica de la identidad. Esa que sabe que ninguno de nosotros es mejor que todos nosotros juntos.

La balanza invisible existe. La inclinan la externalización y la opacidad. Pero lo que puede equilibrarla no es el castigo ni el miedo, sino la lucidez de saberse parte. Esa lucidez no es idílica: es frágil, artesanal, local. Pero es lo único que ha demostrado ser capaz de sostener la vida humana sobre la tierra.

Te invito a leer las historias propuestas y espero que hayas disfrutado de los planteamientos que me inspiraron a esta reflexión.

¡𝐅𝐞𝐥𝐢𝐜𝐞𝐬 𝐥𝐞𝐜𝐭𝐮𝐫𝐚𝐬 𝐲 𝐞𝐬𝐜𝐫𝐢𝐭𝐮𝐫𝐚𝐬!

19/01/2026

***𝔽𝕣𝕒𝕔𝕥𝕒𝕝𝕕𝕠𝕣𝕚𝕥𝕒 𝕖𝕟 𝕝𝕒 𝕔𝕚𝕦𝕕𝕒𝕕: ℙ𝕣𝕠𝕞𝕖𝕤𝕒𝕤, 𝕤𝕚𝕞𝕓𝕠𝕝𝕠𝕤 𝕪 𝕣𝕚𝕥𝕦𝕒𝕝𝕖𝕤***

"E͟l͟ t͟r͟e͟s͟ y͟ e͟l͟ n͟u͟e͟v͟e͟, t͟r͟a͟d͟i͟c͟i͟o͟n͟e͟s͟ y͟ e͟n͟i͟g͟m͟a͟s͟ e͟n͟ l͟a͟ F͟e͟r͟i͟a͟ d͟e͟ R͟e͟y͟e͟s͟"

La calma regresa a la ciudad y, mientras tanto, en mi cabeza persiste una palabra. La escuché tiempo atrás cuando alguien dijo que le gustaba ver pasar a las nonas, y yo imaginé aquellas nonas como un conjunto de mujeres, quizá nueve, como la figura del sereno que anunciaba el fin de la faena. Durante años pasé por alto esa imagen. La palabra solo regresaba a mi memoria cada enero, sin pedir mayor atención.

Hace un par de días volvió a surgir en una charla: las nonas. Ese misterio al que mi mente, casi sin pensar, le había dado forma de musa griega. Nueve, como ellas. Pienso en el pasado, cuando el ruido de la algarabía llegaba de madrugada a mi casa y creía que la causa se debía a la fiesta extendiéndose por pura euforia hasta el amanecer. Nada más lejos de lo que ahora empiezo a ver.

Esa charla desveló lo que mi mente había completado por su cuenta. Las nonas no eran nueve mujeres. Eran nueve promesas. Promesas hechas tiempo atrás y sostenidas ahora por generaciones de familias enteras. Nueve, como los días de un novenario católico surgidos de la primera novena narrada en la Biblia; nueve y curiosamente nueve como los estratos del inframundo maya.

Pero reducir nona simplemente al número nueve es solo una parte del misterio recién descubierto. Aquella algarabía que yo escuchaba bien entrada la madrugada era parte de esas “nonas”.
Las “nonas” llegan al coso taurino cerca de las 3:00 a.m., una hora particularmente llamativa porque es opuesta a la hora nona en los relatos de la crucifixión, donde se señala la novena hora tras el amanecer como el momento del sacrificio consumado de Jesucristo, hoy correspondiente con las tres de la tarde.

La simetría me resultó demasiado perfecta para ser casual. Es como si se hubiera tomado el eje sagrado del día —la muerte a las tres de la tarde— y se hubiera colocado en el punto opuesto del reloj: el momento del día que, en otras narrativas, se considera tormentoso y peligroso, que el cine y las leyendas llaman “la hora del diablo”, en el que se cuenta que estamos sometidos a la máxima vulnerabilidad espiritual, asociada a despertares intempestivos, recurrentes y misteriosos.

Y, sin embargo, la comunidad no se repliega. Sale jubilosa, unida, preparada. Toma el nombre de esa hora cargada de sentido —nona— y la traslada al territorio para preparar lo que vendrá, un buen destino en las faenas del día siguiente, liberando el sitio de todo mal, con el fin de proteger a todo aquel que se presente en su suelo, tal como lo revela la tradición y como me lo han compartido quienes me han compartido estos saberes.

Me pregunto si el ritual, al elegir ese instante y ese nombre, no estará haciendo algo más complejo que un simple festejo. ¿Estarán usando el poder simbólico de la “hora nona” cristiana —la del sacrificio de Jesucristo—, pero aplicándolo como un escudo preventivo? ¿Convirtiendo la actividad en un acto, sí, de purificación, a manera de exorcismo?

Y es que el acto mismo, según escuché, consiste en rodear el coso taurino caminando en sentido contrario a las manecillas del reloj. Este giro, que en tantas tradiciones se asocia con oponerse al curso natural del movimiento del sol, posee una magia capaz de desatar o liberar energías. Si lo pensamos de este modo, queda claro que no estamos ante un simple paseo: estamos ante una purificación hecha y derecha con cantos y música, horas antes de que ese mismo espacio se llene del riesgo ritualizado de la corrida 12 horas después.

Mas el misterio continúa. Una estructura geométrica e inevitable surge de él. Las visitas de los prometedores, en el transcurso de un mismo día, son tres. Según alcancé a comprender: primero, la nona purificadora de la madrugada; luego, la coronación y bendición pública de la tarde; finalmente, el cierre y la acción de gracias tras el espectáculo. Tres actos. Tres movimientos que dibujan un círculo completo, inquebrantable en el coso taurino. Tres, como los Reyes Magos a quienes todo esto se ofrece, tres como las figuras de la Santísima Trinidad y también tres como los niveles del cosmos maya.

Ahí, entre el número tres y las nueve promesas, estas dejan de ser números azarosos. Son el tres llevado a su plenitud, multiplicado por sí mismo, como los nueve dones de Dios. Quizá, si el tres es la estructura, el nueve sea el ciclo completo, la totalidad alcanzada. Las nueve musas que abarcan todo el arte y la ciencia; los nueve estratos del inframundo que marcan la profundidad absoluta. El nueve que culmina los caminos y sella su tránsito.

Así, este ciclo de nueve corridas de promesa se me aparece como una novena monumental y material. No son nueve días de oración íntima, como los novenarios a los Santos Reyes Magos, sino nueve ofrendas públicas donde la fe se ha transmutado en organización social, en gasto económico, en esfuerzo, trabajo y gozo. La plegaria, traducida a los términos concretos y comunitarios del mundo.
Esto nos coloca frente a la razón de la existencia de un coso taurino, ese sitio donde se lidia principalmente con un toro, quien es objeto de sometimiento y muerte, no así los caballos o las vaquillas. La pregunta inevitable: ¿por qué el toro pasa por todo esto? ¿Será que este animal, su fuerza, su lidia, es el vehículo elegido para saldar una deuda con lo divino?

Mi mente me lleva a Pamplona y sus encierros, y el camino se abre. Descubro que, en el Mediterráneo antiguo, en Creta, en Roma, el toro ya había sido elegido siglos antes como núcleo de símbolos: fuerza vital, fertilidad, renovación. Siento sacrificado en rituales como el taurobolio en ceremonias justamente de purificación y renacimiento.

La revelación de mi rompecabezas personal es esta: cuando esa práctica cruzó el océano, traía su lenguaje simbólico ya codificado. Y aquí encontró quienes lo entendieron a la perfección. Encontró la ceiba, ese árbol-axis del mundo, plantado en el centro del ruedo, transformando el coso en un modelo del universo, traslapándose con la devoción católica de la promesa.

Quizá no hubo un choque, sino una conjunción. El toro se volvió el puente, el significante poderoso donde confluyeron todas estas voces. Su fuerza es la moneda, su lidia es el contrato y su sangre —en el nivel más simbólico— es quizá la tinta con la que se firma, una y otra vez, un pacto antiquísimo. No es un sacrificio en el sentido antiguo, pero el gesto persiste, reconfigurado. El individuo ejecuta, la comunidad sostiene, el sentido se acomoda.

Sólo queda observar las fechas en que estas nonas terminan, surgiendo como un nuevo inicio, tal como mencionamos líneas arriba, como el anunciamiento de un renacimiento, siendo que las nonas acaban muy cerca de la fiesta del Bautismo de Jesucristo, cierre de las festividades navideñas del calendario litúrgico, presagiando el inicio del tiempo ordinario. Una parte más de este rompecabezas.

Al final, lo que empezó como la imagen errónea de nueve mujeres a la medianoche, anunciando la culminación del día, se transformó en una reflexión sobre los patrones de un conjunto de tradiciones del mundo y las conexiones que una mente curiosa puede tejer entre ellas. Tal vez el tres y el nueve no sean números especiales en sí, sino formas recurrentes, arquitecturas que inventamos, en culturas y épocas distantes, para reconocer que algo ha terminado de gestarse, que un ciclo ha alcanzado su plenitud.

Y a lo que está completo —como el triángulo, pues no hay figura cerrada con menos de tres vértices—, instintivamente le otorgamos peso: lo sacralizamos, lo convertimos en rito, le damos sentido.

La feria de los Reyes Magos se apaga. El silencio vuelve. El misterio, hilvanado a ratos como tela de araña, a ratos como un hilo desparramado, queda resonando más hondo que cualquier charanga en mi mente: ¿qué otras estructuras invisibles, qué números repetidos, laten debajo de las tradiciones que creemos conocer, organizando el caos del mundo en un patrón que, en el fondo, todos compartimos?

¿Hay nonas en tus celebraciones patronales? ¿Por qué y para qué son?. Cuéntame, te leo.

08/01/2026

Por un 2026 con más de lo bonito, con más paz, con más cariño, con más por explorar.

Con mirada atenta de animismo poético, de imaginación simbólica, de pareidolia narrativa y de percepción mito-poética que enriquezcan tus días, que te cubran de asombro, que expandan tu imaginación y liberen tus límites.

Por un grandioso 2026 para tí, para mí y los nuestros.

24/12/2025

Último apapacho navideño. Que esta noche te encuentres cobijad@ de aquello que más quieras y necesites.

¡Feliz noche buena!

¡Feliz Navidad!

24/12/2025

Entre esos diciembres en que los planes resultan poco favorables, confusos y demás surgió hace un año esta breve historia y al encontrarla de nuevo volví a ese dolor de panza que suele darme cuando los nervios me traicionan porque...

Temporada decembrina llena de matices.

Aquí te la comparto con cariño:

"Soledad Navideña"

Había una vez una niña que contaba los días para que llegara diciembre, ese mes mágico en el que las calles se llenaban de luces, los villancicos resonaban por doquier y el aire olía a pino y galletas. Era la época del año en que toda la familia se reunía en casa de los abuelos. Allí, junto a sus primos, ella reía, corría y soñaba en grande mientras el mundo se envolvía en la magia de la Navidad. Una vez, una de sus tías le enseñó cómo encender las luces del árbol. "Mira, si aprietas aquí, todo brilla", le dijo, y ese momento quedó grabado en su memoria, como muchos otros donde se compartían experiencias.

Con los años, esa niña creció. Y con el crecimiento llegaron las responsabilidades, las prisas y los protocolos. La Navidad, antes llena de risas y juegos, se transformó en un desfile de sonrisas fingidas, reclamos velados y decoraciones que parecían competir con las de los vecinos. Ah, los vecinos, esos eternos rivales del “mi inflable de Santa es más grande que el tuyo”. En más de una ocasión, miraba esas competencias y se preguntaba qué pensarían aquellos que decoraban con tanto afán. Pero ella, con su corazón rebosante de recuerdos felices, soñó con crear su propio espacio donde la Navidad volviera a significar algo más que un compromiso social.

Así que organiza junto a su esposo e hijos "La Gran Aventura Familiar"

La organización de la visita fue una odisea en sí misma, con recordatorios por WhatsApp que se convertían en debates acalorados sobre la logística del viaje. Finalmente, la fecha fue establecida, y la niña, ahora adulta, se preparó para emprender el viaje con su esposo y sus hijos. Regalos en mano y el espíritu navideño a tope, partieron hacia la casa de la familia extendida un par de días antes de Navidad.

El viaje comenzó en el auto, con los niños peleando por el asiento junto a la ventana y el esposo intentando programar el GPS sin perder la paciencia. “¿Por qué no puede simplemente funcionar?”, murmuró, mientras Soledad le respondió: “Tal vez el GPS también necesita vacaciones”. Los niños, por su parte, preguntaban cada cinco minutos: “¿Cuánto falta?”, como si el tiempo fuera a reducirse por arte de magia. A mitad del camino, uno de ellos descubrió que había olvidado su juguete favorito en casa. “¡No podemos seguir sin mi peluche!” clamó desesperado, mientras ella intentaba convencerlo de que el peluche también necesitaba unas vacaciones en casa.

Finalmente, llegaron a la casa de la familia extendida, siendo recibidos con rostros apresurados. “¡Qué gusto verlos! Pasen rápido, estamos algo ocupados”, dijo su tía, intentando cerrar la puerta antes de que todos pudieran entrar. Una vez dentro, notaron que la decoración era mínima, como si alguien hubiese sacado las luces del sótano a último minuto. “Miren, niños, decoración minimalista”, bromeó su esposo, sacudiendo un par de luces medio apagadas.
El almuerzo fue un evento express. “Bueno, aquí tienen sus platos. Coman rápido que tenemos mucho que hacer”, dijo la abuela, sirviendo comida como si fuera una competencia de velocidad. Entre bocados apresurados y charlas cortantes, apenas hubo tiempo para respirar. Los niños, curiosos, hicieron preguntas sobre los adornos y las anécdotas familiares, pero solo recibieron respuestas monótonas y miradas de “¿en serio, te interesa esto?”. Sin embargo, en un rincón de la sala, Soledad vio una vieja caja con fotos familiares. Mientras todos hablaban, tomó una y la observó: era ella de niña, junto al árbol de Navidad, riendo con sus primos. Por un instante, sonrió.

De repente, una tía mayor se acercó con una sonrisa forzada:
—Hola, qué gusto verte... ¿Cómo es que te llamabas?
—Soy Soledad, tu sobrina.
—Bienvenida, Soledad—dijo la tía, no muy convencida, le dio un breve abrazo y se alejó rápidamente.

Durante la comida, una prima rompió el incómodo silencio:
—Qué bueno que viniste... ¿Cómo está tu mamá?
—Bien, bien. Algo resfriada por el invierno, pero bastante bien.
—Oh, vaya, al menos estás enterada... Por cierto, ¿cómo se llama tu mamá?
—Dolo…—Soledad, voy a salir un momento—interrumpió su esposo, que intentaba encontrar señal para responder un correo urgente, agregando—“Ah, la magia de la Navidad”, ¿no es así, prima?—murmuró con sarcasmo.

El clímax del almuerzo llegó cuando su tío, mirando el reloj, anunció:
—Bueno, ¿ya nos vamos, no? Que tengan buen viaje.
Comenzaron a recoger platos y a empujar a la familia hacia la puerta. “Feliz Navidad, no olviden sus abrigos”, añadió una tía mientras miraba a Soledad con curiosidad. Justo antes de cerrar la puerta, preguntó:
—¿Y dónde van a pasar la Navidad? ¿Ya visitaste a tu mamá?
Soledad apenas tuvo tiempo de balbucear una respuesta mientras la puerta se cerraba rápidamente tras de ellos, diciendo: ¡Que tengan buen viaje!

De Regreso a Casa
De regreso en su hogar, llegaron un día antes de lo planeado. En la soledad de su sala, contempló el árbol de Navidad que habían decorado a medias. Las luces parpadeaban como si intentaran animarla, pero solo lograban acentuar el silencio. Buen trabajo, luces. Un diez por el esfuerzo.

“Que mis hijos lo terminen”, pensó mientras se hundía en el sofá. Ya no había energía para seguir fingiendo alegría. Sus hijos se acercaron curiosos:

—¿Qué pasa, mamá? ¿No vamos a terminar el árbol?

—Claro, pueden poner lo que quieran—respondió con una sonrisa forzada.

Puso una película navideña, una de esas donde todo se resuelve con un abrazo y un discurso inspirador. La trama retrataba reencuentros familiares llenos de anécdotas graciosas. Pero en su experiencia, hasta su nombre y parentesco habían olvidado. Cerró los ojos, intentando borrar las imágenes de rostros familiares que ahora se sentían extraños.

Esa noche, mientras las luces del árbol seguían encendidas, se quedó mirando el vacío. De repente, escuchó risas y pequeños pasos: sus hijos habían terminado de decorar el árbol. Uno de ellos colocó la estrella en la punta y corrió hacia ella, diciendo:

—Mamá, ahora sí está completo.

Por primera vez en días, Soledad sonrió de verdad. Quizás las luces del árbol no podían iluminar todo lo que se había perdido, pero las risas de sus hijos sí podían encender algo en su corazón. Fue el único brillo auténtico en toda la noche. Y eso, aunque el mundo entero la haya olvidado, por ahora, era suficiente.

Tania Vázquez
2024

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