14/11/2025
Hay algo que siempre me incomoda…
Ese empeño del mundo por decirles a los niñ@s quiénes pueden ser.
Como si nacer trajera un instructivo pegado en la frente: Ellos de azul. Ellas de rosa. Ellas a la cocina. Ellos arreglando cosas y sin llorar.
Y lo peor es que muchos lo repiten sin pensar, como si esas frases no pesaran, como si no marcaran vidas enteras.
Pero yo sí lo pienso. Y me enojo. Porque sé el daño que hace crecer con una identidad prestada, con un rol impuesto, con un “esto te toca porque eres niña” o un “eso no se permite porque eres niño”.
Yo no quiero eso para mis hijas.
No quiero que el mundo las haga pequeñas, obedientes, silenciosas.
No quiero que crean que su valor está en servir, agradar o encajar.
Tampoco quiero que ningún niño se trague su llanto para “ser fuerte”, como si sentir fuera una vergüenza.
En mi casa, estamos rompiendo esas reglas viejas.
No por rebeldía, sino por amor.
Porque el amor verdadero no etiqueta: libera.
No acomoda a los niñ@s en cajitas: les abre puertas.
No les dice quién ser: l@s acompaña a descubrirlo.
Estoy criando niñas que sepan elegir su camino sin pedir permiso, que entiendan que los colores no tienen dueño, que la casa se sostiene entre todos, y que la sensibilidad también es fuerza.
Si el mundo quiere limitar, que lo intente.
Aquí, en este pequeño hogar, les enseñamos a romper moldes y a caminar con el corazón libre.
Porque la identidad no se impone. Se construye.
Y yo estaré aquí, luchando cada día, para que mis hijas puedan hacerlo sin miedo.
Porque la libertad empieza en casa.
Y yo quiero que ellas crezcan libres.