18/08/2025
Muchos me preguntan: “Profa, ¿qué consejo nos darías para los que estamos próximos a irnos de foráneos a la sierra?”
Lo primero que les digo es que ser maestr@ foráne@ no es un trabajo, es una misión de vida. No se trata solo de impartir clases, se trata de dejar huella y, al mismo tiempo, permitir que esa experiencia también los transforme a ustedes.
Van a llegar a un lugar lejos de casa, donde no hay la comodidad de los servicios básicos ni el ritmo acelerado de la ciudad. Estarán rodeados de montañas, caminos de terracería, comunidades pequeñas y, muchas veces, olvidadas. Y ahí, entre esa aparente lejanía, descubrirán una cercanía más profunda: la de la gente que te recibe con un plato de comida, que se preocupa si ya cenaste, que te comparte su lengua y su cultura, y que poco a poco te hace sentir parte de ellos.
Claro, van a extrañar a su familia, sus amigos, la comida de mamá, las rutinas de su vida anterior. Y sí, habrá días difíciles en los que se pregunten: “¿Qué hago aquí?”. Pero también habrá momentos que les recordarán la respuesta: la sonrisa de un niño que aprende a leer, el brillo en los ojos de una niña que logra resolver un problema, el abrazo sincero de un padre de familia que te agradece sin palabras, y las lecciones de vida que la misma comunidad te va enseñando.
Y no les voy a mentir: por las noches también habrá luchas internas. Habrá ansiedad, habrá tristeza, y en algunos momentos sentirán que la depresión les pesa. Se preguntarán si realmente vale la pena todo esto. Ahí es donde deben pedirle a Dios sabiduría, paciencia y fuerza. Porque Él será quien les recuerde que nada es en vano y que cada sacrificio tiene un propósito.
Mi consejo es que vayan con el corazón abierto y con humildad. No pretendan llegar a cambiar todo, sino a aprender primero, a escuchar, a respetar y a valorar lo que esas comunidades ya saben y han cuidado durante generaciones. Sean maestros, sí, pero también alumnos de la vida, de la cultura y de la sabiduría indígena.
Recuerden algo muy importante: todo es temporal. No estarán ahí toda la vida, y justamente por eso, el tiempo que estén aprovechen para dejar huella, para dar lo mejor de ustedes, para sembrar semillas que un día crecerán aunque ya no estén presentes.
Ser maestro foráneo en la sierra es una prueba de resiliencia, paciencia y fe. Pero también es un regalo: el de descubrir que enseñar no es solo dar conocimiento, sino compartir humanidad. Y cuando un día regresen a casa, se darán cuenta de que no solo dejaron huella en sus alumnos, sino que la sierra también dejó una huella imborrable en ustedes.
Atentamente
MaetaAnitaEnLaMontaña
Tomado de la red.