03/07/2025
jaziel y el misterio del cuadro..
Jaziel era un niño lleno de energía. Le encantaba correr, saltar, trepar árboles y, sobre todo, andar en bicicleta. Su pequeña bici roja era su orgullo: la había decorado él mismo con calcomanías de rayos,coches y superheroes.
Una tarde soleada, mientras pedaleaba a toda velocidad por el parque, decidió intentar una nueva acrobacia que había visto en un video: levantar la rueda delantera mientras bajaba por una pequeña pendiente.
—¡Mira esto! —gritó.
Y entonces... ¡cataplum!
La rueda se trabó en una piedra, y Jaziel salió volando. Cayó de costado con un golpe seco, y cuando intentó levantarse, sintió un dolor agudo en el tobillo.
—¡Auch! ¡Mi pie! —se quejó con los ojos apretados.
Lo llevaron al médico, quien le dijo que tenía un esguince leve, pero debía guardar reposo durante unos días. Nada de bici. Nada de juegos bruscos. Solo descanso.
—¡Qué aburrido! —murmuró Jaziel desde su cama, rodeado de almohadas, su perro Luka, y su montaña de libros y juguetes.
Los primeros días fueron tranquilos. Jaziel leía un poco, veía caricaturas y jugaba videojuegos. Pero el tercer día, algo raro ocurrió.
Mientras miraba alrededor de la sala desde el sofá donde pasaba la mayor parte del día, notó algo extraño en la pared.
—¿Dónde está el cuadro de la señora con sombrero? —se preguntó en voz alta.
Era un cuadro antiguo, con una mujer de vestido largo sentada en un jardín. Siempre había estado colgado entre el reloj y la repisa. Pero ahora… no estaba.
—¿Mamá? —llamó—. ¿Quitaste el cuadro?
—¿Cuál cuadro, hijo?
—El de la señora con sombrero, el que estaba aquí.
—¿Cuál señora con sombrero? —preguntó su mamá, extrañada—. Nunca ha habido un cuadro ahí.
Jaziel frunció el ceño. Estaba seguro de haberlo visto mil veces.
—¡Pero si hasta el marco era dorado! —insistió.
Su mamá le sonrió con dulzura.
—Tal vez lo soñaste, cielo. A veces la mente nos juega bromas cuando estamos quietos mucho tiempo.
Pero Jaziel sabía lo que había visto.
Esa noche, mientras trataba de dormir, algo lo despertó. Luka, su perro, estaba mirando fijamente la pared vacía. Gruñía bajito, con las orejas en alerta.
Jaziel sintió un escalofrío.
Al día siguiente, pidió que lo ayudaran a sentarse con su cuaderno de dibujos. Hizo un boceto de lo que recordaba: el cuadro, el jardín, el sombrero de la señora. Luego, lo llevó con su abuela, que vivía al fondo de la casa.
—Abu… ¿tú recuerdas este cuadro? —le preguntó, mostrándole el dibujo.
La abuela abrió los ojos, sorprendida.
—¡Claro que sí! Ese cuadro era de tu bisabuela. Estuvo colgado aquí por muchos años. Pero un día desapareció. Nadie supo qué pasó con él.
—¡Entonces no lo imaginé! —exclamó Jaziel—. ¿Crees que todavía esté en la casa?
La abuela lo miró con cariño.
—Tal vez. Esta casa guarda muchos secretos.
Jaziel se quedó pensando. Si el cuadro había desaparecido sin que nadie lo notara, tenía que estar escondido en algún lugar. Y como él no podía caminar bien, tendría que usar su otra gran habilidad: observar.
Desde el sofá, comenzó a mirar todo con atención. Las paredes. Las esquinas. Las sombras.
Y entonces lo vio.
Una pequeña línea en la pared, justo donde antes estaba el cuadro. No era una grieta… parecía el borde de algo. Una puerta secreta.
—¡Mamá! ¡Pásame una regla y una linterna!
Después de unos minutos de investigación y golpecitos suaves, Jaziel descubrió que había una tabla suelta. Su mamá le ayudó a moverla con cuidado… y detrás de ella, dentro de un hueco en la pared, estaba el cuadro.
Envuelto en una manta vieja, polvoriento, pero intacto.
Cuando lo sacaron, todos se quedaron boquiabiertos.
—¡Pero si aquí está la firma de la bisabuela! —dijo su mamá.
—¡Y hay algo más! —gritó Jaziel, sacando un sobre pegado detrás del cuadro.
Era una carta escrita a mano por la bisabuela, dirigida a la familia. En ella explicaba que había escondido el cuadro para protegerlo durante una época difícil, y que quien lo encontrara tendría el deber de “recordar siempre la historia de los que vinieron antes.”
Esa noche, colgaron el cuadro otra vez en su lugar. Y Jaziel, desde su sillón, lo miró con orgullo.
Se dio cuenta de que, aunque estaba herido y no podía correr ni andar en bici, su curiosidad lo había llevado a resolver un misterio familiar.
—Tal vez descansar no es tan aburrido después de todo —sonrió—. Solo hay que mirar con más cuidado.
Y el cuadro, al parecer, sonrió también.
autor: Los cuentos de Iker
todos los derechos reservados.
Mi niño hermoso, mi Chelito, recuperare pronto. extraño verte correr por la casa.
te amo.
atte: tu papá.