Trayectorias que marcan

Trayectorias que marcan Comunidad de egresados que plasman su trayectoria como un medio de comunicación y motivación.

Una forma de informar de actividades promovidas por la academia de Técnico Laboratorista Químico del CBT Jaime Keller Torres, Huehuetoca.

23/02/2026

Mujeres que tuvieron un papel decisivo en la identificación de los elementos químicos, no son muchas. Y eso ya dice algo incómodo sobre cómo funcionó históricamente la ciencia (exclusión institucional, falta de reconocimiento, etc.). Estas son las más relevantes:

07/12/2025
Una Genio del arte de vivirhttps://www.facebook.com/share/1GHUswUqa1/?mibextid=wwXIfr
06/12/2025

Una Genio del arte de vivir

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Tenía doce hijos y un doctorado en ingeniería.
Cuando su marido murió, inventó el cubo de basura con pedal… y revolucionó la manera en que funcionan nuestras cocinas.
Algunas personas ven problemas. Lillian Moller Gilbreth veía posibilidades.

Nació en 1878, en Oakland, California, la mayor de nueve hermanos en una familia victoriana acomodada.
Tímida, brillante, más cómoda con las ideas que con el ruido social.
Y, desde pequeña, excepcional.

Después de un recorrido académico impecable, tuvo que convencer a su padre de que la dejara ir a la universidad — algo que, en la década de 1890, muchos consideraban inútil para una mujer.
Al final, él cedió.

En 1900, Lillian se graduó en la Universidad de California, Berkeley. Fue la primera mujer autorizada a pronunciar un discurso de graduación.
Y aquello fue solo el principio.

Obtuvo una maestría. Luego, animada por el hombre que se convertiría en su esposo, se lanzó a por un doctorado — no en literatura, sino en psicología.
En 1904 se casó con Frank Gilbreth, un contratista y genio autodidacta de la eficiencia.
Juntos formarían una de las parejas intelectuales más influyentes del siglo XX.

Inventaron los estudios de “tiempo y movimiento”.
Analizaban tareas humanas filmando a los trabajadores y descomponiendo cada gesto en unidades mínimas.
A esos movimientos los llamaron therbligs (Gilbreth al revés).
Frank cronometraba.
Lillian observaba algo que él no veía: el rostro humano.

— ¿Está cómodo?
— ¿Está agotado?
— ¿Cómo podemos hacer este trabajo más digno y menos duro?

Para ella, la eficiencia no era velocidad. Era bienestar.

Su reputación creció. Fábricas, hospitales, oficinas: todos querían su asesoría.
Escribieron libros, dieron conferencias, innovaron sin descanso.

Y entre estudio y estudio, tuvieron hijos.
Doce.
Una casa llena de amor, ruido, caos y experimentos científicos cotidianos.
Dos de sus hijos narrarían más tarde esa infancia en el célebre libro Cheaper by the Dozen.

Pero en 1924, la historia se quebró.

Frank murió repentinamente de un infarto. Tenía 55 años.
Lillian tenía 46, once hijos aún en casa — el menor en primaria, el mayor con 19.
Y, en una sola noche, perdió a su esposo, su compañero de trabajo… y la mayor parte de sus ingresos.

Las empresas cancelaron contratos.
No querían a “una mujer” como consultora. Aunque tuviera un doctorado. Aunque gran parte del trabajo hubiese sido suyo.
A nadie le interesaba.
Era viuda, madre, mujer — en un tiempo en que eso era casi una sentencia laboral.

Lillian tenía dos opciones: renunciar o reconstruirse.
Eligió lo segundo.

Si las empresas no querían contratarla en la industria, ella aplicaría la ingeniería donde la sociedad “permitía” que una mujer brillara: el hogar.

Estudió miles de cocinas. Observó a miles de mujeres trabajar.
Descubrió algo evidente y a la vez brutal: las cocinas habían sido diseñadas por hombres que no cocinaban.

Así que las rediseñó.

Creó la cocina en forma de L, reduciendo movimientos entre fregadero, fogón y nevera.
Ajustó alturas de superficies para evitar dolores de espalda.
Mejoró batidoras, abrelatas, electrodomésticos.
Inventó estantes en la puerta del refrigerador.

Y luego creó algo tan simple — y tan revolucionario — que hoy es invisible por cotidiano:
el cubo de basura con pedal.

Un gesto sin manos. Más higiene. Menos contaminación cruzada. Más eficiencia.
Una idea pequeña con impacto enorme.

En 1929 presentó en Nueva York su Kitchen Practical, una cocina racional y ergonómica que se convertiría en modelo de la cocina moderna.
Su carrera resurgió con fuerza.
Fue consultora de General Electric, Macy’s, Johnson & Johnson.
Asesoró al gobierno durante la Gran Depresión y la Segunda Guerra Mundial.

En 1935, a los 57 años, se convirtió en la primera profesora de ingeniería en la Universidad de Purdue.

Y siguió trabajando hasta los 80 años.

Diseñó cocinas para personas con discapacidad.
Enseñó en MIT.
Escribió libros.
Formó generaciones de ingenieros.

Recibió más de veinte doctorados honoris causa y numerosos reconocimientos:

• Primera mujer elegida para la National Academy of Engineering (1965)
• Segunda mujer admitida en la American Society of Mechanical Engineers (1926)
• Primera mujer en recibir la Hoover Medal (1966) por servicio a la humanidad

La llamaban “la madre de la gestión moderna” y “un genio del arte de vivir”.

Murió a los 93 años, tras haber visto cómo las mujeres conseguían derechos, independencia y un lugar en profesiones que antes les estaban prohibidas.
Vio cómo sus ideas se convertían en estándar universal.

Pero lo más importante es esto:

Cada vez que abres la puerta del refrigerador, cuando usas un pedal para tirar la basura, cuando trabajas en una cocina cómoda, segura y lógica…
estás usando la ingeniería de Lillian Gilbreth.

Y sin embargo, muchos no conocen su nombre.
Conocen Cheaper by the Dozen, pero no a la mujer que transformó silenciosamente la dignidad del trabajo doméstico y profesional.

Lillian Moller Gilbreth tuvo doce hijos, un doctorado, una mente brillante y un corazón incomparable.
No aceptó que la eficiencia fuera enemiga de la humanidad.
No aceptó que el hogar fuera un espacio sin ingeniería.
No aceptó que ser mujer fuera una limitación.

Ella veía posibilidades — y las convertía en inventos que hacían la vida más humana.

Eso sí que enamora 💜
02/11/2025

Eso sí que enamora 💜

27/10/2025

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Con los pies descalzos
27/10/2025

Con los pies descalzos

La graduada que llegó descalza

Cuando salí de casa a las cuatro de la mañana, el cielo todavía estaba oscuro como boca de lobo. Mamá me había planchado el vestido blanco la noche anterior, el único que teníamos medio decente, y lo guardé doblado en una bolsa de plástico para que no se ensuciara en el camino. Mis pies ya conocían cada piedra, cada hueco del sendero de tierra que bajaba desde el cerro.

—¿Estás segura, mija? —me había preguntado mamá con los ojos brillantes—. Son muchos kilómetros.

—Segura, mamá. He caminado más para ir a clases todos estos años. Hoy no va a ser diferente.

Mentía. Hoy sí era diferente. Hoy me graduaba de la universidad.

Los zapatos se me habían roto hacía dos semanas. Las suelas se despegaron como bocas hambrientas, y por más que intenté pegarlas con lo que encontré, no resistieron. Pensé en pedirle prestados a mi hermana, pero ella los necesitaba para ir a trabajar. Pensé en no ir. Pero después de seis años caminando esos dieciocho kilómetros de ida y dieciocho de vuelta, tres veces por semana, después de estudiar con velas cuando se iba la luz, después de todo lo que mamá había sacrificado... no podía faltar.

El sol comenzó a salir cuando llevaba dos horas de camino. Sentía los pies ardiendo, cada piedrita se me clavaba como un recordatorio de todo lo que había costado llegar hasta aquí. Me crucé con don Eusebio, que iba con su b***o al pueblo.

—¿A dónde tan temprano, muchacha?

—A mi graduación, don Eusebio.

Se quedó callado un momento, mirándome los pies descalzos y llenos de polvo.

—Suba, yo la acerco un trecho.

—No, gracias. Quiero llegar por mi propio pie.

Sonrió. Creo que entendió.

Llegué al auditorio de la universidad cuando ya estaban entrando los últimos graduados. Me limpié los pies como pude con el pasto de afuera, me puse el vestido blanco en los baños y me peiné con los dedos. En el espejo vi a alguien que no reconocía del todo: una mujer con título universitario. La primera de mi familia. Escrito por Gisel Dominguez.

Cuando entré al auditorio, algunos compañeros me miraron los pies. Escuché murmullos. Sentí las mejillas calientes, pero mantuve la cabeza en alto. Había llegado. Eso era lo que importaba.

La ceremonia transcurrió entre discursos sobre el futuro, sobre las oportunidades, sobre el éxito. Palabras bonitas que sonaban distintas cuando tus pies descalzos tocaban el suelo frío. Cuando dijeron mi nombre, caminé hacia el estrado. Cada paso retumbaba en mi pecho. El rector me extendió el diploma con una sonrisa formal.

—Felicidades, señorita Ramírez.

—Gracias, señor rector.

Pero cuando fui a regresar a mi asiento, su voz me detuvo.

—Espere un momento, por favor.

Me giré, confundida. El rector se había agachado y se estaba quitando los zapatos. Zapatos de cuero brillante, de esos que cuestan más de lo que mamá gana en un mes.

—Señorita Ramírez —dijo frente a todos, con el micrófono todavía cerca—, cuando vi que había llegado descalza, me dijeron que usted caminó dieciocho kilómetros para estar aquí hoy. ¿Es cierto?

El auditorio quedó en completo silencio. Tragué saliva.

—Sí, señor. Pero los he caminado durante seis años para llegar a sus aulas. Hoy no fue diferente.

Se acercó a mí con los zapatos en las manos. Sus ojos, detrás de esos lentes de marco dorado, estaban húmedos.

—Estos zapatos han caminado por alfombras, por oficinas, por lugares cómodos —dijo en voz alta para que todos escucharan—. Pero nunca han caminado por el camino que usted recorrió. Estos zapatos no han ganado el derecho de pisar donde usted pisa. Por favor, acéptelos. No como un regalo, sino como un reconocimiento.

Mis ojos se llenaron de lágrimas. Quise decir algo, pero las palabras se me atascaron en la garganta.

—Usted nos enseña hoy lo que significa la palabra "esfuerzo" —continuó—. Nos enseña que la educación no es un privilegio que se compra, sino un derecho que se conquista. Nos enseña que el verdadero mérito no está en partir de arriba, sino en llegar desde abajo.

Tomé los zapatos con manos temblorosas. Eran pesados, elegantes, suaves. Tan diferentes a todo lo que había conocido.

—Gracias —susurré—. Pero si me permite, señor rector, no me los pondré ahora.

Me miró sorprendido.

—Quiero terminar este día como lo empecé. Con los pies que me trajeron hasta aquí. Estos zapatos me los pondré mañana, cuando empiece mi primer día de trabajo como profesora. Cuando empiece a abrir caminos para otros que vienen detrás de mí, descalzos, caminando desde lejos.

El auditorio explotó en aplausos. Algunos lloraban. El rector me abrazó, y sentí que algo cambiaba en ese momento. No solo para mí, sino para todos los que vendrían después.

Cuando salí de la universidad esa tarde, con mi diploma en una mano y los zapatos del rector en la otra, miré el largo camino de regreso a casa. Mis pies todavía estaban descalzos, todavía dolían, pero ahora caminaban diferente. Caminaban con propósito.

Porque había aprendido algo importante: no importa si empiezas descalza. Lo que importa es que sigas caminando.

Créditos a la escritora Gisel Dominguez vayan y sigan Su Página es De Mucha Bendición a Ella debemos está excelente Istoria

Sonríe, trabaja más fuerte y deja que el tiempo responda por ti
19/10/2025

Sonríe, trabaja más fuerte y deja que el tiempo responda por ti

“Sabía que quería actuar desde el momento en que dejé de ser solo un bailarín… quería que me escucharan.” 🎬✨

Crecí en Dallas, donde los reflectores nunca parecían hechos para niños de mi barrio. A los 6 años, estaba en una compañía de ballet internacional, girando por el mundo mientras muchos de mi edad apenas daban sus primeros pasos. Fue fascinante, pero también solitario: pasaba de puntillas ante focos y cámaras, sin imaginar que ese sería solo el primer ensayo de mi vida. 🩰💭

A los 11 años, logré entrar a la televisión en For All Mankind, y poco después llegó el papel que me cambiaría: The Black Phone. Interpreté a Finney, un niño atrapado en una historia oscura y emocionalmente intensa. No solo actué el miedo… lo sentí. Era la primera vez que entendía que la vulnerabilidad también podía ser fuerza. 😰🎥

Hoy sigo aprendiendo en cada paso, preparándome para interpretar a Hiccup en How to Train Your Dragon. Pasé de los escenarios de ballet a los sets de Hollywood, pero nada de eso fue fácil. Detrás de cada logro hubo rechazo, agotamiento y dudas. Lo que me sostuvo fue recordar por qué empecé: porque amaba contar historias. 🐉🔥

“Si estás luchando por un sueño y te dicen que eres demasiado joven, demasiado tarde o demasiado diferente… sonríe, trabaja más fuerte y deja que el tiempo conteste por ti.” 💪🌟
– Mason Thames

16/10/2025
16/10/2025

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