11/09/2025
Leo y me atraviesan todos los post sobre lo ocurrido ayer en Iztapalapa. Me conmueve la humanidad que aún resiste: tantas personas poniendo el cuerpo, las manos y el corazón para acompañar en medio de la tragedia. Pero también me arde la indignación, la rabia que crece al mirar de frente la pregunta que nos persigue: ¿quiénes son responsables? ¿los políticos? ¿las empresas? ¿la corrupción que los enlaza a costa de nuestras vidas?
Y luego me topo con los juicios: los que reprochan que no salgamos a marchar, que no gritemos, los que culpan a quienes van a los conciertos del Zócalo, los que nos señalan como un pueblo de “memoria corta”. Y pienso: ¿en serio no vemos el sistema que nos inmoviliza? Yo escribo estas palabras en el metro, camino al trabajo. Lo mismo, seguramente, hacen familiares de las personas afectadas: cumplir con la rutina, porque “la vida no para”, porque si faltas te descuentan el día, porque alguien incluso podría perder su empleo. ¿De qué memoria hablamos si apenas nos dejan respirar?
Lo digo con rabia, pero también con amor: no dejemos de exigir justicia, de nombrar y señalar a los verdaderos responsables. Pero no caigamos en la trampa de lanzarnos tierra entre nosotras y nosotros, como si alguna superioridad moral nos salvara. En estos momentos necesitamos empatía radical, necesitamos abrazarnos en lugar de dividirnos. Nuestra lucha no es contra la gente que sobrevive como puede: es contra quienes lucran con nuestras vidas y nos condenan a la precariedad y al dolor.